Estar a cientos de kilómetros del resonador magnético más cercano o tener que viajar, sí o sí, a la capital a fin de averiguar si tiene cálculos en los riñones es parte de la realidad de la mayoría de los uruguayos que viven en el interior del país. Aunque han escuchado varias veces aquello de que cuando se trata de salud “no hay ciudadanos de primera y de segunda”, los habitantes de los restantes 18 departamentos saben –o deberían saber– que en la eventualidad de sufrir un infarto de miocardio y precisar una intervención de urgencia, su suerte estará librada a la velocidad que pueda alcanzar el chofer de la ambulancia en el trayecto hacia la capital.
A la vuelta del obelisco
La descentralización de la salud es, al menos en lo que refiere a equipos médicos de alto porte, una utopía: casi toda la tecnología se concentra en pocas cuadras