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Adiós a Maradona: entre lágrimas, descontrol y balas de goma

Abrazos, fotos, llantos, risas y cánticos: así la multitud despidió al astro argentino 

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27 de noviembre de 2020 a las 05:04

Un adolescente de 16 años lloraba en los brazos de su madre. Un niño, diez o doce años menor, era sacudido en brazos por su padre. Alrededor, miles de hinchas gritaban por una misma causa: despedir a su Dios, despedir a Diego Armando Maradona que, aún muerto, parecía no tener descanso.

Primero llegó la 12, la barra brava de Boca, que, de atropello y sin preguntar, tiñó la Plaza de Mayo de azul y oro y a las horas participó del velatorio íntimo al que solo entraban familiares y allegados. Con Rafael Di Zeo a la cabeza, los homenajes pintaban quedar en propiedad del imperio boquense, que ya había dado el primer golpe y no quería ceder la posta.

No había hinchas de Argentinos Juniors. Tampoco fanáticos de Gimnasia. Mucho menos simpatizantes de River. Pero el furor Maradona prometía más: había sonado Live is Life en Holanda, durante el calentamiento del Ajax por la Champions League, más tarde había aparecido debajo del puente de Manhattan, en Estados Unidos, un popular culto con su cara. Y recién después llegaron más hinchas de Boca, esta vez a cantar en las afueras de La Bombonera, donde, incluso, se toparon con un hincha de River. ¿El remate? Abrazos, fotos, llantos, cantos y risas. Del otro lado del continente, paz.

El Sevilla iluminaba el Sánchez Pizjuán con los colores de Argentina, Napoli acechaba con la noticia del cambio de nombre a su estadio y la figura de un mural agigantaba, entre velas y camisetas, la importancia de Maradona en esa ciudad. Mientras tanto, la Casa Rosada se poblaba, y los fanáticos, enterados de que el cuerpo de su ídolo ya estaba allí, esperaban ansiosos el homenaje.

Al día siguiente el panorama era distinto: la nostalgia maradoneana se hacía sentir a tal punto que a las 6:22 de la mañana, con unos minutos de retraso, las puertas de la sede de gobierno abrían y los hinchas, en algunos casos con pocas intenciones de perdonar la impuntualidad, empujaban hasta dejarse a ellos mismos apretados contra las vallas. Botellas lanzadas contra periodistas, contra oficiales de policía, a quienes empujaban, y barreras que eran sorteadas de un salto resumían los inicios de una despedida que ya anticipaba ser distinta a todas.

Después de las visitas de famosos, desde Guillermo Cóppola, su exrepresentante, Carlos Tévez, Rolando Schiavi hasta Marcelo Gallardo y excompañeros de selección, llegó el turno de los simpatizantes. Los primeros observaban el cajón, ese cajón que de entrada estuvo cubierto por una camiseta de Boca y otra de Argentina con una bandera del país debajo, al que más tarde el presidente Alberto Fernández agregó la de Argentinos Juniors. Los segundos en entrar, ya cantando, ambientaban una escena que opacaba la brillosa copa del mundo del Mundial de México 1986 y un ramo de flores sobre el féretro de Maradona. Féretro que, horas más tarde, quedó irreconocible entre camisetas, pelotas y flores.

Todos seguían hablando de él en un clima de paz mientras se conocía que sería sepultado junto a sus padres, mientras se hacían públicas las palabras del expresidente José Mujica recordándolo y mientras el actual, Luis Lacalle Pou, decía que prefería a Enzo Francescoli, que en ese entonces se presentaba en Casa Rosada. Atrás de ese exjugador de fútbol había miles de palabras en Internet y más de 30 cuadras que esperaban por su adiós, por el último adiós a Maradona.

Pero hubo una noticia que cambió las sonrisas y las lágrimas por insultos y empujones: el funeral terminaría a las 16 y eso bastó para que la policía perdiera el control de los aficionados. Empezaron a aumentar los forcejeos, los enfrentamientos, y aparecieron los gases lacrimógenos, las balas de goma, los primeros heridos. ¿Cuál era el problema? Las autoridades habían cortado las filas y miles de simpatizantes no aceptaban que se perderían el ingreso a la Casa Rosada, entonces la respuesta fue dispersarlos con balazos de goma y gases lacrimógenos.

Eran las 15:30 y la multitud, lejos de disminuir, seguía a la espera de su ídolo. Faltaba menos para el cierre y el anuncio en falso del gobierno, que prometió ampliar la ceremonia hasta las 19 horas, se derrumbaba por orden de familiares de Maradona. Aumentaba el enojo. 

Hasta que las puertas de la casa de gobierno se abrieron. No por orden presidencial, mucho menos por decisión de las autoridades. Los propios hinchas habían violentado la entrada y, ya metidos en el hall interior, enardecían. Había hinchas de Boca, San Lorenzo, Independiente, Argentinos, River cantando, buscando meterse a la sala de Maradona. Pero para la televisión estatal no pasaba nada: prefirieron dejar de transmitir.

Desde la otra parte, Napoli vivía su homenaje. Sus once jugadores se metían a la cancha con la camiseta número 10 y un silencio de un minuto daba pie al primer partido del exequipo de Maradona. Argentina vivía lo contrario: habían retirado su féretro por prevención y el camino hacia el cementerio Bella Vista, donde enterrarían sus restos junto a sus padres, se hacía cada vez más largo para la policía, pero más corto para los fanáticos que seguían cantando por él.

En el día de su velatorio, a Maradona se le cumplieron todos los sueños. Si bien contó dos durante su vida —"jugar en el mundial" y "salir campeón"— quizás el tercero era vivir una despedida así. Rodeado de hinchas que empujaban la camioneta del cortejo fúnebre y acompañado de motos, autos y bicicletas, así fue, sin descanso, su último adiós.

 

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