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Adriana Peña: la jefa serrana que coquetea con la altura

La intendenta de Lavalleja lleva siete años en su cargo y en el Partido Nacional la relojean como una mujer con proyección

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20 de agosto de 2017 a las 05:00

"¿Alfajorcitos?". Una montaña de dulces intenta provocar a los tres interlocutores hombres que la intendenta de Lavalleja, Adriana Peña, tiene del otro lado de su escritorio. Los alfajores de las Sierras de Minas cubiertos de nieve son los clásicos del departamento pero no los únicos. Yemas. Damasquitos. Serranitos. Dulce latte. "Ahhhh. Las espumitas, el merenguito bañado en chocolate, ¡son exquisitos, una delicia!", enumera la jefa comunal cuando se le pregunta sobre los productos locales. Si se la deja sigue y todo lo que tiene que ver con Lavalleja se convierte en una hipérbole: la Salus, "la mejor agua del mundo", "la mejor cerveza: la Patricia", el arroz, la leche del norte, la miel y hasta el aceite de oliva. Y si no le aceptan lo que ofrece, insiste: "¿Alfajorcitos? Miren que están ricos".

Una pantalla dividida en cuadrantes muestra a Peña lo que está pasando en 10 lugares distintos de la intendencia. El hall del edificio. Los mostradores. Si el guardia de seguridad está o no está en su puesto de trabajo. Si hay cola de gente esperando en la entrada o si falta algún trabajador que atienda al público. "Che, ¿tienen algún problema con la computadora?", pregunta con el tubo del teléfono en la mano al ver que una hilera de personas se amontona en la planta baja. Desde su celular monitorea otros edificios de la comuna: cuando está ya en su casa mira las cámaras del Parque Rodó y de las ciclovías.

Hace siete años que es la intendenta del departamento. Es la única mujer que ocupa ese cargo y también la única en la historia uruguaya que desempeñó ese rol por tanto tiempo.

Va de un lado a otro. Se levanta de su silla, camina al umbral de la puerta, habla con su secretaria. Vuelve a sentarse. Afuera preguntan por ella. Abre, cierra. La puerta es un vaivén y el ruido y el movimiento en la antesala de su oficina parecen interminables. Después de las 14.30, todo se calma.

Entonces, ahora sí, se guarda un tiempo para hablar sobre el Partido Nacional y su interna. "Está linda. Está muuuuuy linda", larga con una carcajada pícara mientras se recuesta sobre su silla. Solo le falta frotarse las manos para dejar en claro que los movimientos que hay dentro de su fuerza política la seducen. En abril de este año hizo público su alejamiento de Alianza Nacional, el sector que lidera Jorge Larrañaga, aunque oficialmente todavía sigue perteneciendo a él. Cree que no todos están tirando para el mismo lado y que el sector no tiene una estrategia clara hacia dónde ir, como sí la percibe en el Frente Amplio.

Larrañaga en cambio es más optimista y, pese a la distancia que tomó Peña, tiene confianza en que la intendenta volverá a Alianza para convertirse en una de figura de peso en las próximas elecciones. "Es muy ejecutiva", reafirma como un halago y sin animarse a remarcar una sola debilidad.

Peña ya se había movido antes. Empezó en el Herrerismo pero al tiempo se pasó a Correntada Wilsonista, que fundó el exsenador Francisco Gallinal. "Yo veía en ella que tenía mucho carisma y mucha llegada a la gente", recuerda el militante blanco. Desde la agencia de publicidad con la que trabajaban para las elecciones de 2004 le habían advertido al exlegislador que estaba frente a una figura con proyección.

Adriana Peña
En la casa de Peña hay pegotines de su lista de Lavalleja y de Alianza Nacional.
En la casa de Peña hay pegotines de su lista de Lavalleja y de Alianza Nacional.

Pero una vez que se sentó en la banca como diputada por el sector (2005-2010), las diferencias afloraron. Lo que recuerda Gallinal es que Peña votaba en contra de lo que Correntada Wilsonista había decidido votar a favor, o viceversa. Idas y vueltas y malentendidos hicieron que ambos estuvieran seis años evitándose. Un día, en una actividad política, Peña lo saludó sin darse cuenta y a partir de entonces los desentendidos quedaron atrás.

A pesar de que el exsenador cree que hoy la relación con la intendenta de Lavalleja "es muy buena" y que tiene un futuro político próspero, advierte: "Ella no sabe trabajar en equipo. Si fuera capaz de empezar a trabajar en colectivo, en grupo, tiene muchas posibilidades de seguir adelante, creciendo en su carrera política, pero a su vez de ayudar mucho a su partido".

Ahora, Peña asegura que mira lejos antes de moverse hacia algún lado. ¿A dónde ir? Cada vez está más suelta de boca sobre su futuro político.

Fue secretaria general de la Intendencia de Lavalleja entre 2000 y 2005, fue diputada durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez y ahora atraviesa su segundo mandato consecutivo como jefa comunal. No deja lugar a dudas cuando remarca que el candidato blanco a la Presidencia es Luis Lacalle Pou, pero ya deslizó que quien lo acompañe tiene que ser alguien con perfil ejecutivo, como los intendentes. En otra oportunidad dijo que, además, sería bueno que quien se candidateara para vice fuera una mujer.

Sus comentarios la señalaban de forma clara. Capaz que por eso ahora dice que no tiene que ser necesariamente una mujer y que, si bien cree que tiene la preparación como para postularse, cualquiera de los intendentes blancos podría integrar la fórmula.

Tiene ambiciones altas, pero las suaviza al ponerlas en palabras: "Nadie puede decir que no le gustaría ser presidente o ser vicepresidente. Ahora, cuando vas a la tarea concreta, a mí lo ejecutivo me gusta mucho". Remarca que ahora le falta tiempo, que no sabe hacer dos cosas a la vez y que antes de hablar de candidaturas quiere concretar "dos o tres" proyectos que considera importantes para la intendencia, pero que no quiere revelar.

"Ella no sabe trabajar en equipo. Si fuera capaz de empezar a trabajar en colectivo, en grupo, tiene muchas posibilidades de seguir adelante, creciendo en su carrera política, pero a su vez de ayudar mucho a su partido". Francisco Gallinal, exsenador del Partido Nacional.


Adriana Peña
La casa de Peña se ve algo deteriorada por fuera; dentro las reformas le dieron calidez.
La casa de Peña se ve algo deteriorada por fuera; dentro las reformas le dieron calidez.

La muerte le duele. En su oficina tiene la foto de Iliana, "una loca linda" que cuando la nombra la sonrisa se le expande más y los ojos se quedan como dos estrellas luminosas.

Un verano, cuando su hija tenía 5 años, Peña se fue de vacaciones con ella y con su esposo a Piriápolis. De un momento a otro Iliana empezó a sentirse mal, le subió la fiebre y la familia adelantó la vuelta a Minas. No pasaron tres días e Iliana murió de meningitis neumocócica, una enfermedad que hoy podría haberse evitado con tratamientos. Después de eso, Peña no volvió a tener hijos.

Peluches hija de Adriana Peña
El cuarto de Iliana todavía mantiene sus peluches.
El cuarto de Iliana todavía mantiene sus peluches.

Las fotos de Iliana se repiten en las paredes de la casa de la intendenta y hasta el cuarto de su hija todavía tiene los peluches. Es una casona antigua que por fuera se ve deteriorada pero que adentro los diferentes reciclajes le dieron calidez. Una hilera de adornos de lagartijas atraviesa de una pared a otra del living y, en otra pared, más de 100 vasos de vidrio dan cuenta de que a Peña le gusta viajar. “Conozco bastante, ahora sumé China y Rusia”, dice. Algunos son regalos de viajes que hicieron otros.

El sillón frente a la estufa de leña es de la Maru, una perra sin raza que deja impregnado su olor en esa zona de la casa. Afuera, en el jardín lleno de plantas, vive su otro perro, el Cur, un labrador que a la intendenta le llegó como regalo del Club Uruguayo de Rally. Es su primer perro de raza; antes todos habían sido traídos de la calle.

Adriana Peña

Así como se la ve derretirse por los animales y una sonrisa constante enternece su imagen, también tiene momentos de ira y el enojo puede durarle años. Le pasó con Gallinal y le sigue pasando con su principal enemigo político, Alfredo Villalba.

Fue quien realizó la campaña electoral con ella antes de ganar la intendencia en 2010. Peña lo designó como director de Servicios Sociales y a los tres meses lo destituyó por irregularidades en su gestión. Pero Villalba era su suplente y debía asumir el rol de la jefa comunal cuando ella se ausentaba. La primera vez lo hizo por 10 días y en ese lapso dio licencia a los directores de la comuna por no ser de su confianza, empezó la construcción plazas y de rampas para discapacitados, sacó de circulación el auto de Peña y redactó un decreto para que los vehículos de Minas estacionaran únicamente del lado derecho.

La mala relación entre ellos fue en aumento al punto que la intendenta evitó viajar en todo el período con el único fin de no dejar que su suplente asumiera el cargo, algo que no pudo impedir cuando meses antes de terminar su primer mandato decidió empezar la campaña por la reelección. Desde entonces hubo denuncias de parte de él por difamación e injurias, por abuso de funciones y por falsificación de firma. Peña también lo denunció por irregularidades en su administración y hoy no quiere ni nombrarlo. Cierra de golpe el tema y solo le dedica una palabra: “Impresentable”.

Villalba tampoco la quiere. “Si vos ayudás a una persona, la salvás en la política y después pasa lo que pasa… No tengo más que agregar: es ella, ella, ella, ella, y atrás de una sonrisa esconde muchas cosas”, se limita a comentar.

"Es muy ejecutiva. Tengo confianza en que vamos a llegar a un acuerdo (para la próxima campaña electoral)". Jorge Larrañaga, senador del Partido Nacional.

Adriana Peña
Adriana Peña en su despacho de la Intendencia de Lavalleja.
Adriana Peña en su despacho de la Intendencia de Lavalleja.

Peña tiene sobre su escritorio dos pilas de papeles. Las que están al lado de la computadora en su despacho departamental son todas órdenes de compras. Revisa una por una bajo la premisa que le enseñó su padre: la plata grande se cuida sola pero la plata chica es a la que hay que mirar con atención. Lo que no revisa son las licitaciones. “Ni corto, ni pincho, ni recibo, ni siquiera los escucho. No me gustan porque las compras, viste, es mucha plata, no me llama la atención”, ratifica con su voz ronca y un gesto de desagrado hacia esa tarea de la gestión departamental.

Buena parte de su rol como intendenta la apoya en Gastón Elola, director de Vialidad y además su pareja desde hace más de dos años. La relación despertó críticas y hay quienes miran con desconfianza ese vínculo. O lo acusan de acomodado a él, o la subestiman al opinar que Elola es el intendente oculto detrás de su figura. “No existe. Él se lo gana con creces”, afirma. Sobre el supuesto líder oculto, responde: “No es el intendente. Mucha gente no puede acceder directamente a mí y como él anda en la calle todo el día habla con él y después él me consulta. Me saca mucho trabajo de encima”.

Viven juntos, a dos cuadras de la sede departamental y eso hace que la frontera entre la política y la vida privada se desdibuje. En la comuna no faltan los momentos en que a la intendenta se le escapa un “mi amor” mientras lo busca para hablar sobre algún tema laboral.

Aunque no solo se le escapan cosas lindas. Peña tiene un temperamento impulsivo que la hace descargarse en Facebook contra integrantes de su propio partido político o que la empuja a decir sin rodeos que odia a los incapaces. Y la acompaña una verborragia malhablada que a su madre, que es maestra, le da vergüenza. Puede cerrar una frase con “llenahuevos”, “incapaz”, y con otra que no quiere ni dejar constancia.

Le apasiona leer pero lo hace poco. La última novela que se devoró fue Mujer imperial, sobre la última emperatriz china y la guerra del opio. En ella conviven otros aspectos disímiles, como ser cristiana y creer de manera ferviente en la energía que la rodea. En el piso de su despacho tiene una lámpara de sal del Himalaya, que quienes la usan tienen la convicción de que aporta equilibrio al ambiente y elimina las malas ondas. Peña la prende durante el día y la apaga al atardecer, antes de irse caminando, a veces con Elola, las dos cuadras que la separan de su casa.

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