Algunos trabajos en el comunismo eran muy aburridos, pero ella tuvo uno soñado. Entre mayo de 1977 y marzo de 1996 cumplió funciones administrativas en la embajada uruguaya (primero ante la RDA y luego de la reunificación ante la República Federal Alemana, RFA). Desde esa oficina ubicada muy cerca de la puerta de Brandemburgo, esta alemana fue testigo privilegiada del fin de la Guerra Fría. Su trabajo le permitía estar al tanto de lo que sucedía en el mundo. A veces escondía la prensa internacional entre sus cosas porque a su esposo le encantaba leer las noticias. “Si me atrapaban podría perder el trabajo de mi sueño”, dijo a El Observador.
Pasaron muchos años, pero Christel aún recuerda aquella sensación de no poder confiar en nadie. “Lo peor de la RDA era el miedo”, afirmó. Conoce casos de matrimonios que se divorciaron porque uno espiaba al otro. Hasta ese punto llegaba el terror a ser delatado. Había que ser muy cuidadoso antes de contarle a algún vecino lo que había visto en la televisión occidental gracias al ingenio a la hora de orientar las antenas. Sus años de servicio en la embajada se tradujeron en un inmenso cariño por el país. “Los uruguayos son muy amables. Yo sufro tanto por los alemanes. Somos tan serios”, dijo.
Sebastián Panzl
Christel Reuter con el edificio en donde solía estar la embajada de Uruguay
Christel ya sabe que hay un gordo expediente a su nombre en los cajones de la Stasi, la policía secreta de la RDA. Si quisiera podría pedir acceso para leerlo pero no quiere amargarse. No le interesa saber cuál de sus vecinos contaba los detalles de su vida. El apartamento de arriba de la embajada siempre estaba vacío y tenía las persianas bajas. Está convencida que desde allí algún burócrata de la Stasi anotaba todo lo que sucedía, como en La vida de los otros.
“Tenían un miedo enorme a las fugas. El muro fue construido porque ya se habían ido tres millones de habitantes de la RDA al occidente. Sin el muro nos hubiésemos ido todos. ¿Quién quería vivir en el comunismo?”, preguntó.
Las caminatas por Berlín junto a Christel son lentas y disfrutables. Ella tiene una historia para contar en cada esquina. Rodeó el Reichstag y dobló en una calle sombría. Se detuvo con la mirada perdida frente a un edificio de cinco pisos. “Fue ahí dónde disfruté a mis uruguayos”, dijo. Allí funcionaba la embajada uruguaya ante la RDA.
Vio pasar decenas de diplomáticos. A Alberto Guani Amarilla, por ejemplo, lo conoció cuando él tenía 28 años. En abril de 1989, ese jovencito atravesó la puerta de la oficina con la inseguridad de quien acaba de llegar a su primer destino en el Servicio Exterior. Guani sabía que ganarse la confianza de sus compatriotas en aquellas tierras de espías no sería sencillo, pero confiaba en la tradición diplomática que llevaba en la sangre. Su abuelo, Alberto Guani Carrara, fue una personalidad importante de su tiempo y ocupó el cargo de canciller de la República durante la Segunda Guerra Mundial.
Guani no tuvo tiempo ni para acomodar los papeles en su escritorio. A menos de un mes de su arribo a Berlín llegó la visita del ministro de Relaciones Exteriores del gobierno colorado, Luis Barrios Tassano. El líder comunista Erich Honecker le dio la bienvenida a la RDA. Durante su discurso pronunciado después de la cena, el canciller uruguayo cuestionó los problemas de desplazamiento que tenían los ciudadanos de la RDA. Aún faltaban nueve meses para que cayera el muro. “Sus expresiones fueron un balde de agua fría para los anfitriones. Aún recuerdo lo incómodos que se sintieron. Era la voz de un país que había salido de una dictadura”, contó Guani a El Observador. Los diplomáticos del RFA pidieron a Guani una copia del discurso para usarlo en su favor.
La Alemania de la Guerra Fría era en aquel entonces el hogar de decenas de uruguayos. Además de comunistas con asilo en la RDA, algunos judíos uruguayos vivían en la RFA. Había unas cuarenta familias uruguayas de cada lado del muro, de acuerdo a la memoria de Guani. Su gestión en el cargo de cónsul en el Berlín oriental intentó desde el primer día que las ideologías no dividiera a ese puñado de compatriotas.
Decidió, entonces, organizar una cena para todos los uruguayos. Reservó una mesa en un restaurante de la RDA con una anticipación mucho más alemana que uruguaya e invitó a las delegaciones. Cuando finalmente llegó el día, todo había cambiado. El muro ya era historia. Avergonzado, el dueño del negocio salió a recibir a los uruguayos, pero se excusó de atenderlos debido a que sus trabajadores habían huído al oeste. Ese comunista no encontraba consuelo.
Uno de los uruguayos que se quedó con hambre aquella noche en Berlín fue Raúl Luzardo, quien había llegado a la RDA porque su vida estaba en peligro. La familia Luzardo fue una de las que sufrió con más dureza la dictadura uruguaya. Roberto, uno de los hermanos de Raúl, murió en el Hospital Militar porque, de acuerdo a la versión de la familia, el dictador Gregorio Álvarez le negó la asistencia. Lo acusaba de haber formado parte de la banda de tupamaros que asesinó a su hermano, Artigas Álvarez. Otros hermanos y hermanas de Raúl estuvieron presos en el Penal de Libertad. Algunos fueron torturados.
El Partido Comunista del Uruguay (PCU) había elaborado una lista integrada por aquellos camaradas que estaban en peligro. Raúl era uno de ellos. En 1976, aterrizó entonces junto a su familia en el aeropuerto Schönefeld de Berlín, que en alemán significa “campo hermoso”. La familia logró escapar del gobierno de facto uruguayo, aunque arribó a otro régimen totalitario. Pero esta dictadura era diferente a otras. Era en nombre del proletariado y perseguía el sueño socialista de poner fin de una vez por todas a la explotación del hombre por el hombre.
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Es miércoles 13 de noviembre, la noche está gélida y en Berlín aún suenan los ecos de los actos conmemorativos por los 30 años de la caída del muro. Un grupo de jóvenes alemanes disfruta una milanesa de carne uruguaya en un restaurante de Berlín decorado con fotos de gauchos. Un flan con dulce de leche llega a la mesa de dos veteranos que saborean el café en silencio. En ese momento aparece Mariana, la protagonista de esta historia y la responsable de que ese rincón alemán rinda homenaje a la cocina del Río de la Plata.
Mariana es la hija de Raúl. En marzo de este año abrió Pecados, el primer restaurante uruguayo en la ciudad. Desde entonces, pasa varias horas al día explicando a los comensales por qué vale la pena probar el chivito. Ella nació en Uruguay, pero cuando tenía cuatro años aterrizó en la RDA.
La familia Luzardo comenzó una nueva vida en Cottbus, 130 kilómetros al sur de Berlín. El régimen les otorgó una casa y la posibilidad de educar a las hijas. Cada 1° de mayo, Mariana salía junto a sus compañeros a honrar a la clase obrera con la bandera uruguaya. Aún recuerda los mensajes de sus docentes sobre los beneficios del socialismo y los viajes en tren a las fábricas ubicadas a las afueras de la ciudad para ver de cerca el sacrificio de los trabajadores. Su mamá era maestra y, junto a Marina Arismendi, enseñaba historia uruguaya en Cottbus. “No pude tener una mejor infancia. Fui feliz y no me faltó absolutamente nada”, dijo Mariana a El Observador.
Sebastián Panzl
Mariana Luzardo
En aquellos tiempos solía viajar a Berlín junto a sus padres para visitar amigos. Cuando bucea en su memoria aparecen algunas imágenes de aquel enorme muro que imponía respeto. Del otro lado estaban los capitalistas, que eran malos y egoístas.
En 1985 hubo un quiebre. Tenía 14 años y una vida que funcionaba a la perfección. A ella no le importaba que en la RDA no hubiese Coca-Cola ni bananas. Podía vivir sin eso. Pero ese año volvió la democracia a Uruguay y sus padres quisieron regresar a Montevideo, aunque lo hicieran sin nada en los bolsillos.
Sintió vergüenza cada vez que tuvo que ir junto a su madre a un comedor público ubicado cerca de 18 de julio. Luego comenzó a trabajar doce horas diarias en una fábrica de alfajores. Por primera vez comenzó a sufrir atrasos en sus estudios, porque iba al liceo de noche y estaba demasiado cansada para aprender. El dinero no le alcanzaba. La echaron de la fábrica de alfajores acusada de revolucionaria por intentar hacer reaccionar a sus compañeras sobre las pésimas condiciones laborales. El segundo empleo fue como doméstica. La trataban horrible. En esos tiempos, extrañaba las oportunidades que le ofrecía el régimen socialista que ella conoció.
En noviembre de 1989, Mariana vio la caída del muro de Berlín a través de la pequeña televisión que había en la casa de Camino Carrasco. “Se vendieron por un kilo de bananas y una Coca-Cola”, pensó. En 1991 volvió a Alemania. Pero, como tantos otros migrantes uruguayos, sufre del círculo vicioso sin solución: cuando está en Alemania quiere estar en Uruguay. Y cuando está en Uruguay extraña el país que la acogió.
Ella fue feliz en la RDA, pero sabe que era una privilegiada porque, entre otras muchas cosas, podía viajar. Ningún alemán oriental podía hacerlo. El paso del tiempo sacó a la luz las atrocidades del régimen comunista y ahora, a la distancia, Mariana afirma sin vacilaciones que aquello era una dictadura. Ningún régimen de facto la convence, sea de izquierda o de derecha.
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Es jueves de noche. Pecados es ahora la sede del reencuentro entre Christel y Mariana. Ellas hablan en alemán con la complicidad de quienes han disfrutado una amistad larga y sincera. Cada pocos minutos, Mariana debe levantarse a recibir a los comensales. No para de llegar gente a su restaurante. Los mozos abastecen las mesas con chorizos, empanadas, queso provolone y pan casero. La música de fondo mejora la atmósfera y hace que la escena parezca sacada de una comedia de Woody Allen. Y en el centro están ellas, recordando viejos tiempos a carcajadas.
Hace algunos años, un asado realizado en Uruguay fue la excusa para reunir a algunos jóvenes que crecieron en la RDA. A ellos los une una historia cuya esencia jamás lograrán transmitir. No todo se puede explicar con palabras. Algún día, sin elegirlo, esos niños aterrizaron en el socialismo por razones políticas ajenas. Christel los conoció a todos. Ella sí entiende lo doloroso que fue para ellos ese desarraigo. Aunque sus testimonios no aparecerán jamás en los libros de historia, Christel y Mariana fueron protagonistas a su manera de algunas de las páginas más fascinantes (y dolorosas) del siglo XX. Ellas son dos hijas de la Guerra Fría.