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American Factory, producido por los Obama, es uno de los mejores documentales de Netflix

Dueños chinos, empleados estadounidenses y el choque cultural en una fábrica automotriz: entre el humor, el horror y el análisis, las razones para ver este documental

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14 de septiembre de 2019 a las 05:02

Hace un tiempo, el cine retrataba al trabajo de la clase media y obrera, ya fuera en una fábrica o en un cubículo de oficina, como algo aburrido, tedioso, mecánico. Pasaron los años, se desarrolló la tecnología, se produjo la catastrófica crisis económica de 2007-2008, y ahora el trabajo es un asunto mucho más inestable y delicado.  El que no lo perdió porque lo reemplazó una máquina, lo perdió porque cerró la empresa, o porque vino alguien dispuesto a hacer el mismo trabajo por menos dinero. O porque un chino lo hace más barato.

Entre los emprendimientos del matrimonio de Barack y Michelle Obama luego de que el primero terminara sus dos mandatos como presidente estadounidense está la productora Higher Ground, que firmó un acuerdo con Netflix. American Factory es la primera producción que estrena la plataforma, y seguramente no es casual que sea un documental sobre relaciones laborales, el conflicto Estados Unidos-China, las diferencias culturales entre los dos gigantes económicos, y la crisis de la clase obrera estadounidense.

La fábrica en cuestión está en Dayton, Ohio (un lugar tan estereotípicamente “yanqui” que parece hecho a propósito), pertenecía a la General Motors, cerró en 2008, y dejó a sus 10.000 empleados sin nada. En 2014 aparece la salvación desde el otro lado del mundo: la empresa china Fuyao compra el lugar, recluta a algunos de los viejos empleados, y todo parece ir en camino a un final feliz. Pero nada más lejos de eso.

Porque lo que se produce es un choque de mundos. China y Estados Unidos tienen una colisión representada por esta empresa automotriz, que ilustra las diferencias psicológicas, culturales, sociales, laborales, filosóficas y políticas de los dos países.

Los funcionarios chinos reciben formación para entender a los estadounidenses. Les advierten que allí la gente dice lo que piensa, que son desprolijos para la vestimenta, que están obsesionados con sus autos grandes y cómodos, y que hasta osan hacer chistes sobre sus jefes. Incluso, les avisan, se puede hacer chistes sobre el presidente sin sufrir repercusiones.

Una vez que se produce el encuentro, con cientos de chinos llegando a Estados Unidos, el veredicto es lapidario. “Son pesados y lentos”, decretan los chinos. “Somos mejores y tenemos que guiarlos”, aseguran los directivos de la empresa.

Para los orientales resulta extraño que un obrero no quiera quedarse fuera de hora o trabajar un fin de semana para que la fábrica alcance sus cuotas de producción. Que no quieran trabajar más de un rato en una sala con una temperatura de 95 grados. Un grupo de supervisores estadounidenses viaja a la planta central en Fujian y se asombran de que los trabajadores manipulen fragmentos de vidrios rotos sin lentes y guantes protectores.

“Nosotros tenemos uno o dos días libres al mes, no dos por semana como ustedes”, le dice un obrero chino a un colega estadounidense, como si le explicara que ellos comen con palillos y no con cuchillo y tenedor. Ven poco a su familia, a sus hijos, pero lo aceptan como un sacrificio necesario. Para ellos, el trabajo es la felicidad, y la vida se debe a la empresa, que en muchos casos los empleó cuando cumplieron 18 años y les dio todo.

En la visita a China, vemos a los empleados de Fuyao pararse y cantar el himno de la empresa como si fuera el de su país. Cuando son llamados por sus jefes, se forman como un escuadrón militar y pasan revista. Los estadounidenses miran boquiabiertos, y cuando vuelven intentar replicar algunas cuestiones, con cero éxito.

Porque los estadounidenses la pasan mal en la fábrica. Las condiciones de seguridad son bajas y encima, el salario es menos de la mitad de lo que ganaban empleados por General Motors. Algunos empleados lamentan que no pueden pagar un alquiler o comprarles zapatos nuevos a sus hijos, y antes si podían. Pero es mejor a no tener trabajo.

Aunque no todo es infelicidad. También hay fraternidad entre los extranjeros y locatarios, y los chinos envidian algunas cualidades de sus colegas, como la capacidad de tener dos trabajos, o de exigir que los elogien para sentirse cómodos. De demandar ser individuos. En la novela 1984, de George Orwell, se cuenta que la filosofía que gobierna lo que antes era China se llama “la muerte del individuo”. Y sin llegar al extremo de la distopía, el documental muestra que es algo cercano a lo que le pasa a los empleados de Fuyao.

El gran debate entre obreros, empresarios y supervisores llega cuando los estadounidenses quieren sindicalizarse para reclamar mejores condiciones. El dueño de Fuyao amenaza con cerrar la planta, la empresa empieza una campaña para demonizar al sindicato y hay una tensión palpable en la cadena de producción. Se nos aclara que en China los sindicatos son la conexión entre la directiva y el gobierno, que impulsa a estas empresas. Acá, dicen, serán una baja de productividad.

No vale la pena contar cómo se resuelve ese conflicto. Sí mirar American Factory, que muestra lo que se piensa y cómo se vive a ambos lados de la barrera ideológica de la guerra comercial entre las dos potencias. Los aciertos y los defectos de los dos sistemas. La crisis del sector industrial estadounidense, uno de los grandes puntos de la campaña que llevó a la presidencia a Donald Trump.

Hay momentos tan delirantes como divertidos, y otros horrorosos. American Factory logra ser un retrato de cómo percibimos al otro, al extranjero. Y termina siendo un vistazo a los vínculos fabriles en el contexto mundial actual.

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