24 de octubre de 2011 18:35 hs

Para los que se esperaban una película austera, con actores no profesionales, una historia de ruta en la mitad de la nada y ambiente “minimalista” (palabra que el director de cine argentino Carlos Sorín se resiste a captarle un significado) se van a defraudar con El gato desaparece, último filme del director de Historias mínimas, que se está presentando en el marco del 10º festival de cine de Montevideo. A veces definir por la negativa ayuda, porque la película de Sorín no es todo eso.

Por el contrario, El gato desaparece es una película de género, con todas las letras, y ese género es el suspenso. Aunque no haya (casi) sangre, ni tiros ni persecusiones.

La trama transcurre en una casa del barrio Belgrano, en Buenos Aires. Un prestigioso profesor universitario (Luis Luque) sufre una crisis nerviosa y es internado en una clínica psiquiátrica durante casi dos meses. Cuando se mejora su esposa (Beatriz Spelzini) lo trae de nuevo a casa.

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Al llegar, Luis saluda a su gato Donatello, que reacciona con violencia, como si no lo reconociera. El animal se eriza, reacciona mal, araña a su dueño y huye.

Con un hijo viviendo en EEUU y una hija joven a quien le importan poco sus padres, el matrimonio solo se puede apoyar en cada uno.

A partir del regreso de Luis y de su intento de reinserción a la normalidad, la vida de la pareja transitará el trauma que generan las complejidades de la vida pos trauma. Como tantas veces en el cine, la frontera entre de cordura y la locura se vuelve difusa y borroneada.

Quizás uno de los pocos elementos en común entre esta película y las anteriores de la filmografía de Sorín sea la presencia de animales. Si los perros eran fundamentales en Historias mínimas y en El perro, aquí es un gatito negro el que se escapa y regresa a una casa donde las cosas no andan del todo bien.

Pero para Sorín, los animales nunca son animales en el sentido estricto de la palabra. Según el propio director, solo son representaciones de los conflictos de los personajes humanos.

“En este caso, el gato o mejor dicho, la ausencia del gato es la que abre la posibilidad de la locura”, explica Sorín, en diálogo con El Observador.

“Si en El perro, el can significaba para el protagonista desocupado la forma de recuperar la autoestima y volver a la sociedad, y el perro de Historias mínimas era casi la mirada de Dios, acá el gato funciona como otra cosa”, explica el realizador, que se encuentra en Montevideo en plena difusión de la película.

El gato desaparece implica una curva, un desvío en el camino de Sorín. “En esta película he cambiado mucho con respecto a las anteriores. Esta es una película construida milímetro a milímetro, que no tiene nada librado al azar, como las anteriores. Es ingeniería narrativa pura”, dice Sorín, quien confiesa que a diferencia de sus proyectos pasados, el traspaso del guión a la pantalla fue casi una transcripción.

En El gato desaparece ronda el felino negro de Poe, los ecos de Roman Polanski y de Alfred Hitchcock resuenan en esa casa porteña, donde una mirada perdida o un ruidito casual modifican la naturaleza de una escena y las posibles interpretaciones del espectador.

También el cine de Alejandro González Iñárritu sobrevuela en el filme, con el gato que como el perrito en Amores perros, persigue una rata de pesadilla por los ductos del aire acondicionado.

Para el público uruguayo la película también implica un hallazgo: la excelente actuación de la actriz Beatriz Spelzini, una versión de Cameron Díaz pero más vieja, en cuya cara siempre al borde del quiebre se sostiene todo el drama.

Sorín afirma que se sacó “las ganas de darse un gusto” filmando esta película. Agrega que hizo “cosas que no hará nunca más en el cine”, como por ejemplo filmar en cinemascope, porque ya su próximo proyecto en cine lo llevará otra vez a tierra conocida: una solitaria ruta patogónica con una pequeña gran historia.


Mínimo, máximo, mínimo

La carrera de Carlos Sorín está signada por las historias que aparentan ser pequeñas. “Muchos críticos definen mi cine como ‘minimalista’, aunque nunca supe bien qué significa eso”, dijo ayer Sorín en la conferencia de prensa que dio ayer en Moviecenter de Montevideo Shopping. Si bien este porteño nacido hace 66 años comenzó a filmar en 1985, fue recién en 2002 con Historias mínimas que logró un destaque dentro y fuera de su país. La historia de un hombre solo acompañado por un perro en una solitaria ruta de la Patagonia ganó a la crítica y a la audiencia. Luego filmó El perro, otro historia “ínfima” y El camino de San Diego, sobre un leñador que peregrina hasta Buenos Aires creyendo ver a Maradona en un tronco que corta. “Son películas con pequeñas anécdotas que no son tan pequeñas, que se vuelven enormes”, dice Sorín. Con El gato desaparece realizó una película diferente. Pero en su próximo filme, cuyo rodaje comienza en tres meses, Sorín vuelve al trillo conocido. Se llamará Puerto Deseado y transcurre en un pequeño pueblo de la Patagonia.

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