Opinión > SARTORI

Aparta de mí a ese millonario

La clase política y su rechazo a los forasteros

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16 de diciembre de 2018 a las 05:00

Recuerdo perfectamente, y sé que él también lo recuerda, un episodio que Tabaré Vázquez vivió en la campaña electoral de 1994, cuando en una recorrida por un humilde barrio de Salto sus colaboradores lo llamaron: “A ver, Tabaré, esta señora dice que no cree en los políticos”. Vázquez se acercó a la mujer, le dio un beso y le dijo: “Hace bien, no les crea, no les crea”. 
Por entonces, y aunque era candidato de un partido histórico, Vázquez jugaba con su condición de “no político”, incluso no desalentaba a las voces que lo tildaban de outsider y lo señalaban como un advenedizo de la política. Y no lo hacía porque Vázquez consideraba que aun en un país politizado y tradicionalista, era un valor no representar a la vieja clase dirigente de la cual buena parte de la ciudadanía estaba cansada. Por un lado Vázquez se consolidó como dirigente político y por otro la actividad pública siguió estando llena de hombres (sobre todo hombres) con nombre de calle. 

Los cultores de “la clase política”, que dicen disgustarse porque los tildan de clase pero hacen todo lo posible para que así sea, tuvieron que fumarse en pipa que en las pasadas elecciones municipales un exferiante cuyas dotes y esfuerzo lo convirtieron en millonario, como es el caso de Edgardo Novick, encabezara la lista más votada en Montevideo, logrando uno de cada cuatro votos. Pero ni el reconocimiento de la gente importó, porque la actitud de la clase gobernante ha sido el ninguneo. Ahora le ha llegado el turno a otro millonario, Juan Sartori. La reacción en su contra fue más virulenta. Joven (37 años) y con dinero, dos cosas que generan envidia, apenas dijo que quería ser candidato por el nacionalismo, en el partido surgieron voces que lo querían mandar a la comisión de ética, cuando nunca ejerció un cargo público ni se gastó un peso del Estado. Algunos que apoyaron al intendente Agustín Bascou a pesar de sus pecados privados (cheques sin fondo) y públicos (cargar nafta para la intendencia en su estación de servicio), la emprendieron contra el recién llegado. Un historiador frenteamplista, apelando a un término bien académico, lo calificó de “fantasma”.

La clase política otra vez se cierra y no quiere forasteros. La clase política, que según encuestas internacionales goza de un acelerado descrédito, no quiere millonarios, a mi juicio por dos razones: los obliga a juntar más dinero para enfrentarlos en campaña; y más los obliga, si no quieren perder el trabajo del que viven, a gastar en la campaña ese dinero recaudado, en vez de guardárselo para fines personales. (Ojo, también hay candidatos que terminaron endeudados por apostar todo a la campaña). ¿Que esto no es así y nadie se guarda nada? Lamentablemente pasaron décadas sin controles sobre los fondos de campaña, y cuando ellos mismos votaron algunos controles los hicieron lo suficientemente débiles como para que puedan demostrar cuál es la realidad. Si lo digo es porque viejos dirigentes me han contado en confianza las manganetas que la política permitía con esos dineros. No tengo cómo demostrarlo, pero ellos tampoco porque durante décadas se movieron en el oscurantismo con esos fondos. 

Entonces, si no se tiene apellido patricio o se militó por décadas en un partido (lo cual no asegura tampoco nada), la manera de acceder a la política es tener dinero. Esta es una de las consecuencias de la escasa renovación que ha tenido la clase política, llena de veteranos y de jóvenes viejos.

Solo algunos de los mejores se dedican a la política. La mayoría vuelca su talento a la actividad privada. Pensar que esto es una cuestión solo de recompensa monetaria es otra excusa para justificar las barreras y candados que la clase política les pone a los forasteros. Las encuestas están diciendo que cada vez los políticos recogen menos simpatía, lo cual es un peligro para la democracia. Hay muchos preocupados por este descrédito, algunos por el impacto sobre las instituciones, otros por el riesgo de perder el sillón y tener que empezar a marcar tarjeta. 

 

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