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Pablo Carrasco, sus cuatro hermanos y una nevada histórica en Nico Pérez.

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Aramis Latchinian

Pablo Carrasco: "El cambio climático se ha vuelto la excusa universal para disimular las omisiones del Estado respecto de sus obras de infraestructura"

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28 de enero de 2022 a las 21:35

Por Pablo Carrasco (twitter/@confin48), especial para El Observador

El 16 de julio de 1963, como todos los años, nuestras vacaciones de julio transcurrían en el campo, específicamente en las cercanías de Nico Pérez. A las 6 de la mañana nuestro padre irrumpió en el enorme y gélido dormitorio que compartíamos los cinco hermanos con un grito: ¡Levántense que nunca más van a ver esto! Salimos y el paisaje que conocíamos se había ido, un desierto blanco nos encandilaba y la sabana albina solo se interrumpía por la figura de alguna vaca olfateando lo que antes era su comida. Estábamos en el punto de Uruguay en el que la nevada había alcanzado su mayor volumen: la friolera de 25 centímetros.

Esta anécdota imborrable de mi niñez viene al caso, imaginando que un evento de tal singularidad hubiera ocurrido en nuestros días. El hashtag “cambio climático” seguramente sería el trending topic en las redes. Estaríamos discutiendo un impuesto a la carne, la venta de vehículos eléctricos explotaría y alguna secretaría ministerial sería creada.

Así como en estos días batimos el récord histórico de temperatura y eso tomó 60 años para que ocurriera, las inundaciones del ‘59 todavía no han sido superadas, como tampoco la seca del ‘42. Sin embargo, estamos frente a una crisis ambiental que nunca imaginamos y actuamos como una tribu a la que le han comunicado que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina.

Mark Twain decía que no hay evidencia suficiente para convencer a un idiota y parece una definición muy adecuada para nuestra histeria colectiva climática, fogoneada por intereses poderosos, empeñados en infundir el miedo imprescindible para cortar libertades y someter a la humanidad a calvarios burocráticos interminables.

Pero, al decir de Goscinny en su insuperable Asterix el Galo: “Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda?, ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor”.

El Uruguay tiene la suerte de tener su aldea irreductible y su propio Abraracúrcix como jefe.

Me reprocho de haber demorado tanto en descubrir el pensamiento de Aramis Latchinian, un científico uruguayo conocido para la mayoría, que fuera director de Medio Ambiente en Uruguay y en Venezuela, a través de su maravilloso libro La Globotomía. Sería una osadía transcribir su pensamiento en 600 caracteres, pero resulta un bálsamo escuchar que el cambio climático existe sin pedirle permiso al ser humano para que ocurra, que el clima cambia para seguir vivo y que no hay evidencia demostrable hoy sobre la contribución del hombre a este proceso natural, algo que ya Juan Grompone había expresado en La Tertulia de En Perspectiva.

El cambio climático se ha vuelto la excusa universal para disimular las omisiones del Estado respecto de sus obras de infraestructura.

Los inundados de Durazno que deben salir corriendo cada vez que llueve no son víctimas del cambio climático, lo son de un plan de urbanización inexistente y la pobreza, el verdadero drama ambiental. Las especies en extinción, por ejemplo, tiene más que ver con la pobreza de los países en donde viven que con la persecución de los cazadores.

En los temas ambientales, la ciencia se ha convertido en una opinión más. A nadie le interesa un GACH para funcionar de manera científica y preferimos batirnos a duelo en las redes y estar a merced de quienes nada les falta, les sobra todo y su única preocupación es un estadio intelectual superior al del resto y una excusa maravillosa para mirar para un costado sobre las verdaderas causas por la que la humanidad no debería dormir, la pobreza infantil.

No tengo ninguna esperanza de recibir opiniones controversiales científicas y mas bien tengo la certeza de ser acusado de encabezar un escuadrón de la muerte ambiental. Pero yo tengo ya mi pequeño auto eléctrico, caliento el agua imprescindible para llenar el termo y guardo las colillas de mi cigarrillo en el bolsillo.

Nada de eso impide, sin embargo, seguir oponiéndome a la corrección política, al activismo estatal y a los sembradores del miedo mientras termino de leer el libro del maestro Aramis Latchinian.

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