31 de mayo 2020 - 5:00hs

Con el paso del tiempo, los uruguayos nos daremos cuenta en mayor medida del inmenso valor de la decisión del gobierno del presidente Lacalle Pou de no haber declarado una cuarentena obligatoria o forzada. No solo por ser innecesaria, como lo demuestran las bajas cifras de contagio, sino también por haber apelado a la libertad y responsabilidad de los uruguayos y haber tenido éxito en la respuesta. Además, por las graves consecuencias sociales y económicas de las cuarentenas o confinamientos, de las cuales aún se ven pocas pero que se irán incrementando con el paso del tiempo.

De las económicas sí comienzan a apreciarse pero su dimensión final aún se desconoce. Las sociales y sobre todo psicológicas no se notan tanto pero sí serán muy importantes. El profesor de biología de Stanford y premio nobel de química Michael Levitt dijo recientemente: “Cuando analicemos todos los datos, el daño producido por los confinamientos excederá enormemente cualquier beneficio”. Y concluyó: “No hay duda de que se puede detener una epidemia con la cuarentena, pero es un arma muy desafilada y muy medieval. Podría haberse detenido con la misma eficacia con otras medidas sensatas”. Y eso fue lo que hizo el gobierno uruguayo pese a los pedidos del PIT-CNT, del Sindicato Médico del Uruguay, del expresidente Tabaré Vázquez e incluso de algunos miembros del propio gobierno, según expresó el propio Lacalle Pou.

Es obvio que no se puede cantar victoria. Es obvio que hay flancos débiles en la frontera con Brasil. Y es obvio que, si no se cuida el distanciamiento físico –que es algo distinto al distanciamiento social–, puede haber algún nuevo pico.

Con todas las cautelas y los protocolos recomendados, debe regresarse a la vida normal, sea la “nueva” o la “vieja” normalidad. Habrá menos contacto físico. Habrá mayor desarrollo del teletrabajo, del e-commerce. Se acelerará la economía digital. Lo que esperábamos para el 2030 va a estar a la vuelta de la esquina.

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Leonardo Carreño

Pero Uruguay tiene que prepararse y actuar más decididamente en el campo económico, que será la segunda fase de la pandemia. Es verdad que nuestro país, y América Latina en general, no tienen el poder de fuego ni las reservas de Estados Unidos, Europa o Japón para ayudar a las empresas que han sido presas de un shock simultáneo de oferta y demanda. Salvo Perú, Paraguay y Chile, que estaban en mejor situación económica y fiscal antes de la pandemia. Es cierto también que el gobierno tomó medidas a nivel de micro y pequeñas empresas para evitar una ruptura en la cadena de pagos, así como medidas para flexibilizar el seguro de desempleo con la muy acertada medida del seguro de desempleo parcial. Pero no hay que olvidar que hay muchas empresas que han sufrido un golpe muy duro en su nivel de actividad, en especial en el turismo, en el comercio, en los servicios y en las industrias. Para compensar esos problemas es preciso que el gobierno adopte medidas que permitan hacer llegar el flujo de financiamiento acumulado con mayor rapidez y fluidez. No se trata de hacer como hace la Fed de Estados Unidos, que llega directamente con sus préstamos a las empresas, al igual que el Banco Central de Alemania. Pero sí es preciso comprender que el tema del financiamiento es muy importante en los próximos tres o cuatro meses. Allí puede estar la clave de la supervivencia para muchas empresas.

A este respecto, conviene recordar que una buena parte del sector empresarial venía castigado por lo que ahora se ve claramente como cuatro años de estancamiento económico. La pérdida de 60 mil puestos de trabajo en ese período es una buena prueba de que no se trata de una sensación térmica.

Como bien decía el presidente Lacalle no hace mucho, “al Malla Oro hay que estimular a que pedalee más rápido, va a hacer la inversión, va a dar trabajo y desde el gobierno debemos ocuparnos de los rezagados. El apoyo del Estado tiene que volcarse hacia los rezagados, algunos que ya venían con vulnerabilidad y sacarle el lastre al que va a pedalear, al que va a traccionar la economía”.

En esta carrera, por los problemas arrastrados desde el período anterior, hay muchos rezagados. Y para que el Malla Oro pedalee mejor, es necesario que el pelotón haga fuerza. Y allí es donde hace falta el apoyo concreto y puntual del Estado. De lo contrario, si el pelotón se deshilvana, el esfuerzo del Malla Oro pierde eficacia y la economía no va a correr tan bien.

El gobierno manejó con enorme eficacia la primera pandemia –la sanitaria–. Ahora, sin descuidarla un ápice, debe actuar sobre la pandemia económica, cuyos efectos van a sentirse en los próximos meses. Porque no hay oposición entre “salvar vidas” y “salvar la economía”. Es más, son dos cosas que van unidas.

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