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Alejandro Atchugarry

Nacional > A 20 AÑOS DEL 2002

Atchugarry, el emblema político de la salida de la crisis y un pedido especial que le dejó a su hijo

La "política de acercamiento" que Alejandro Atchugarry había profesado durante más de dos décadas posibilitó que el ministro clave de Batlle para salir de la crisis contara con el apoyo del sistema político en las horas más oscuras

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30 de julio de 2022 a las 05:01

*Esta nota contiene algunos pasajes de un perfil publicado en 2017

Alejandro Atchugarry era un hombre que hablaba mucho con sus tres hijos. Lo hacía con profundidad y sobre cualquier tema, por más doloroso o incómodo que fuera. Con su hijo Gastón había conversado en varias oportunidades sobre la muerte y, en particular, sobre su propia muerte. En alguno de esos intercambios le había encargado acciones que le gustaría que su hijo hiciera cuando ya no estuviera o pedidos que gentilmente rechazara. 

La conversación que Gastón recuerda de forma vívida pasó el 25 de octubre de 2016. Padre e hijo salían de velar a Jorge Batlle en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo y caminaban hacia el Cementerio Central. Entonces Alejandro le hizo el pedido. “Hay una chance de que te ofrezcan todo esto cuando yo me muera. Vas a agradecer y declinar amablemente la oferta”, le dijo. Gastón lo escuchó con atención pero, como esas cosas que necesitan ser olvidadas, no volvió a pensar en ello hasta que las palabras de su padre resonaron en su oído,casi cuatro meses después. 

El presidente Tabaré Vázquez había llegado a Forestier Pose para saludar a la familia Atchugarry. Gastón salió a recibirlo y se encontró con una generosa oferta del presidente. Quería darle honras fúnebres como ministro de estado: despedirlo en el Palacio Legislativo y que el estado se hiciera cargo de ello. Entonces Gastón volvió a escuchar a su papá y contestó: “Tengo la orden de agradecerle y decirle que no”. Vázquez no disimuló la sorpresa de una respuesta inesperada. “Además si acepto que pague el estado revive y se levanta solo para decirme de todo”, agregó Gastón.

Entonces el presidente le puso la mano en el hombro y le contó que cuando se candidateo a la Intendencia de Montevideo estaba el rumor que los colorados iban a proponer a Atchugarry, lo cual había provocado el nerviosismo de su comando político. Vázquez le confesó que creía que si hubiera competido con Atchugarry en esa instancia la historia de su vida política quizás hubiera sido distinta. 

En los últimos cinco años Gastón y sus dos hermanas han escuchado decenas de anécdotas sobre su padre, una de las figuras más emblemáticas de la salida de la crisis del 2002. Se han acercado dirigentes de todos los colores políticos con relatos que constituyen pequeños descubrimientos. Aunque ya lo sabía, Gastón confirmó que su padre hizo política durante 25 años cultivando acercamientos. Por algo habló con Danilo Astori a diario durante el momento más crítico. Y por algo José Mujica lo recuerda con un enorme afecto y tiene en la memoria hasta el día de hoy el consejo que Atchugarry le dio cuando ingresó al Parlamento por primera vez: “no firmes nada sin que te lo mire un abogado”. 

Ese tejido que había construido durante un cuarto de siglo fue lo que le generó respaldo y compañía en el momento más duro de su vida política. 

La decisión más difícil

Ante el pánico, la plata se tenía que hacer materia sin metáforas ni atajos. Eso implicaba abrir los cofres, sacar los fajos y ponerlos arriba de la mesa para que la gente viera que sus billetes eran una realidad tangible. Así lidiaban en el siglo XIX con una corrida, cuando los bancos centrales todavía no existían y cuando el quiebre de la banca era usual.

Esa historia que había leído en un libro se volvió dominante en los pensamientos de Atchugarry durante los cinco días de julio y agosto de 2002, en las horas más dramáticas del Uruguay contemporáneo. "Usted sabe lo que pasa, Atchugarry. Si usted dice que no (al Ministerio de Economía) yo me tengo que ir", le había presionado Jorge Batlle días antes en el Edificio Libertad, narra Claudio Paolillo en "Con los días contados".

Para él fue una decisión tremendamente difícil porque significaba incumplir la promesa que había hecho con sus hijos de no agarrar esa sartén caliente. La familia aún no se había recuperado del golpe que había generado la muerte de su esposa por cáncer, poco tiempo antes, y Atchugarry no quería dejar solos a sus hijos en ese momento. Pero “Inglaterra espera que todos los hombres cumplan con su deber”, solía repetir ese vasco testarudo citando al almirante Nelson. Gastón lo había escuchado desde chico pero solo en ese momento tomó dimensión real de lo que la frase significaba.

Por eso y porque entendía que la libertad y las instituciones del país podían estar en juego otra vez, Atchugarry dijo que sí y agarró el desafío más importante que cualquier ministro de Economía uruguayo tuvo desde la crisis del 29. 

Entonces reunió a sus hijos en el living de la casa de Solymar para comunicarles la determinación y para explicarles el por qué: debía hacer todo lo que estuviera a su alcance para salvar una situación tremendamente difícil. 

“Estaba muy dolido por tener que asumir el MEF y no poder cumplir con su promesa. Lo miré a la cara y vi una expresión en los ojos… Estaba abatido. Ese día y cuando murió mi madre fueron las únicas veces que lo vi así”, cuenta Gastón. 

Le pesaba dejarlos solos en ese momento familiar complicado, pero también le preocupaba las posibles consecuencias. Sabía que había un alto grado de probabilidad de que la historia terminara con un final infeliz. Con mucha franqueza les dijo que si salía mal él sería el primer responsable y ellos cargaría con su apellido. Sus hijos lo respaldaron y la mañana siguiente, durante su presentación ministerial, Gastón volvió a reconocer la mirada del hombre que conocía: el luchador confiado, el político convencido, el hombre motivado para dar la batalla.

Cuestión de fe

Como ávido lector que es –herencia de una casa que respetaba las bibliotecas-, Atchugarry sabía que, desde Roma, toda crisis es una puñalada a la confianza. "Es siempre lo primero que se rompe a niveles inimaginables y es lo más difícil de recuperar. Para peor, nadie sabe exactamente cómo se forma", reflexionó Atchugarry en conversación con El Observador para un perfil que fue publicado en enero de 2017.

El exministro tenía claro que, antes que cualquier cosa, los uruguayos debían hacer un acto de fe en el sistema. Y ese objetivo solo se alcanzaría si la gente podía confiar. Ningún ahorrista debería enfrentar barreras ni demoras para ver o retirar su dinero.

Atchugarry quería una logística ágil y un día antes que el mecanismo se pusiera en marcha fue hasta el Banco Central del Uruguay (BCU) junto al entonces asesor de Presidencia, Eduardo Zaidensztat, para ultimar detalles. Cuando salieron del BCU, Zaidensztat lo convenció a Atchugarry que por un día dejara de lado su tradicional sanguchito de lechuga y tomate y se tomara algunos minutos para almorzar.

Caminaron del BCU a la Plaza Matriz y después de comer decidieron caminar hasta el Ministerio de Economía. Cuando cruzaban la Plaza Independencia las bocinas de los ómnibus y los taxis empezaron a sonar. "Abrían las puertas para alentarlo. Recuerdo que alguien le dijo: 'su suerte es mi suerte'", narró Zaidensztat a El Observador.

Atchugarry devolvía el aliento de la gente asintiendo con la cabeza. "Flaquito esto nos hace redoblar el esfuerzo. No podemos fallarle a esta gente", fueron las palabras de Atchugarry que Zaidensztat recuerda. Sin embargo, cuando llegaron a Paraguay y 18 de Julio los esperaba una manifestación de ahorristas del Banco de Crédito y del Banco de Montevideo. Un grupo de gente fue en busca del ministro, quien declinó la oferta de Zaidensztat de que él fuera quien hablara con esas personas.

"Atchugarry tengo ahí los ahorros de toda mi vida. ¿Qué hago?", le preguntó una persona que Zaidensztat recuerda gordo y de un metro noventa. El ministro, con su delgadez extrema y sus lentes de superhéroe anónimo, levantó su brazo y trazó una recta imaginaria hacia la ventana de su despacho. "Yo estoy trabajando mucho para que todos recuperen su dinero. Pero si usted quiere asumir la responsabilidad venga que lo dejo", le contestó Atchugarry con suavidad y determinación.

Zaidensztat contó 15 segundos de silencio y 30 metros en los que esos ahorristas los terminaron acompañando hacia la puerta del ministerio.

Trabajar día y noche no era una metáfora. Durante un año y medio durmió cuatro horas por noche como mucho. Se despertaba a las 4:30 y con suerte volvía a media noche, dijo Gastón y  recordó que con sus hermanas hacían un esfuerzo para esperarlo despiertos. 

Atchugarry no tuvo arrepentimientos profundos, ni rencores ni quejas. Y aunque entendió que hizo todo cuanto estuvo a su alcance, le quedaron "muchas lastimaduras" de ese tiempo. "Todavía me duele el sufrimiento que tuvo la sociedad, las familias, las personas", afirmó. Gastón sabe que hubo días que su padre no pudo dormir ni un minuto de esas cuatro horas de rutina porque su cabeza no dejaba de trabajar y sus preocupaciones emergían en la profundidad de la noche. 

"Siempre digo que la talla de una sociedad no la dan sus ejércitos ni sus recursos materiales sino (los ciudadanos en) cómo tratan a los más débiles: los abuelos y los nietos. En medio de la crisis duplicamos las asignaciones familiares y nunca se pagaron tarde las jubilaciones", dijo con orgullo.

Al volver la vista atrás, Atchugarry entendió que la sociedad y el sistema político uruguayo dieron la talla en uno de los momentos más difíciles de su historia. "Se preservó la libertad y las instituciones". (Y volvió a repetir la palabra libertad decenas de veces en aquella conversación de 2017).

"Cuando se está en la administración, el enemigo de la libertad cree que puede llegar a estar por encima de ella. Y aunque a veces la libertad moleste, hay que asumirla con llaneza, con el sombrero en la mano. Hay quienes repiten lo de la libertad porque es políticamente correcto decirlo, pero no lo sienten del todo", advirtió.

El capitán que nunca quiso reconocimiento

Desde agosto de 2002 hasta que se hizo el canje en abril de 2003 Uruguay no recibió un dólar. Pero para el final de ese gobierno el país ya había empezado a crecer de nuevo.

Alejandro Atchugarry encarna parte de la explicación de ese fenómeno. La evocación de la imagen de un capitán aferrado al timón ha sido recurrente entre quienes vivieron ese momento con él.

Para Leonardo Costa, prosecretario de Presidencia durante ese gobierno, las claves del éxito se resumen en atributos de la personalidad de Atchugarry: "trabajo y dedicación al 100%, una creatividad única y ética inquebrantable, además de una capacidad de diálogo extraordinaria para lograr consensos".

No importaba si la reunión era con el Banco Interamericano de Desarrollo, el PIT-CNT, los partidos o la Asociación de Bancos, Atchugarry repetía su frase: "guantes de seda pero brazo de hierro", subrayó Zaidensztat en alusión a esa tranquilidad y determinación.

Las reuniones en el ministerio o en el Parlamento duraban hasta la media noche y la Coca Light era el único elemento al cual el ministro se prendía para no perder la calma.

Sin embargo, para Atchugarry la superación del país se resumió en dos palabras: tiempo y confianza. El exministro será recordado por su gestión durante esos años donde puso toda su terquedad vasca al servicio del país.

“Hay muchas maneras de encarar la política, todas legítimas. Pero básicamente lo que nosotros entendemos es que somos servidores y hacemos un servicio a la sociedad”, dijo en 2017.

Esta concepción es la que admiran algunos de quienes fueron sus correligionarios. "Siempre concibió a la política como un actividad superior y eso se vio reflejado en su entrega. Durante la crisis su vanidad era que las cosas salieran bien y no su protagonismo. Eso no abunda en política", opinó Costa.

Gastón contó que su padre jamás quiso que lo identificaran como el héroe de la crisis y que su pasaje por el Ministerio de Economía afectó su perfil bajo. Si hay algo que lamentó es que se volviera una figura pública conocida, tanto para que lo reconocieran por la calle.  

Los adioses

Entró el primer dólar del exterior, la supervivencia de la institucionalidad en Uruguay era un hecho, entonces Atchugarry pensó que su tiempo al frente del ministerio había terminado. Se fue de Economía y volvió al Senado, el lugar en el que se sentía más cómodo y que más disfrutaba. Después se fue de la política pública para nunca más volver.

"Veinticinco años de servicio era suficiente. Tenía otras obligaciones. El desafío central por el cual muchos de mi generación nos metimos en la política había sido alcanzado", argumentó.

Sobre su salida, hay quienes dicen que ayudó el hecho de que sus correligionarios de la Lista 15 no tuvieran un buen comportamiento con él en el armado de la lista al Senado. "Alejandro estaba más allá de eso entonces decidió dar un paso al costado. La política muchas veces es ingrata", afirmó Sapolinski.

Antes de decir adiós, Atchugarry le regaló US$100 mil al estado al renunciar al derecho de subsidio que tenía como legislador según la antigua ley, contó una fuente que pidió no ser identificada. Eso formaba parte de un patrón de comportamiento que algunos habían visto durante su estadía en el MEF, cuando quería retornar el costo de misiones oficiales al exterior sin que hubiera algún mecanismo burocrático previsto para ello. El contador del ministerio terminaba con dolor de cabeza y ante la imposibilidad de concretar el retorno el dinero fue a parar a la guardería de los funcionarios del MEF. Siempre todo en silencio. 

Nadie logró persuadir a Atchugarry de que fuera candidato por el Partido Colorado. No pudieron hacerlo para las elecciones del 2004, ni en cada una de las elecciones posteriores en la que su nombre sonó como un salvavidas. Varias veces lo fueron a buscar pero esta vez sus genes vascos impidieron que lo trajeran de vuelta. Atchugarry nunca quiso ser presidente.

De hecho el día que se reunió con Luis Alberto Lacalle Herrera y Alberto Heber para contarles cuál era su plan de salida de la crisis, Lacalle le dijo: “Si te sale bien sos presidente. Si sale mal te matan”. Atchugarry respondió: “¿Cómo hago para que no pase ninguna de las dos?”

Pasó sus últimos años alejado de las cámaras, los grabadores y la vida pública aunque su pensamiento político permaneció activo hasta el final. Disfrutaba del encuentro con jóvenes y en cada instancia electoral volvía a ponerse nervioso, como un caballo de carrera retirado cuando suenan las campanas de la largada.   

Hubiera vuelto a la política si las libertades estuvieran en juego. Pero la democracia fuerte del Uruguay contemporáneo le permitió un respiro y aprovechó para devolverle a sus hijos tiempo de calidad. 

En 2017, Alejandro Atchugarry se preparaba para ser abuelo con un entusiasmo infinito, según le contaron a Gastón las cajeras del supermercado al que iba en Solymar. 

Sus nietos algún día sabrán.

 

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