La palabra “leyenda” suele usarse indiscriminadamente en el espectáculo. Pocos se merecen la apreciación; las leyendas son muy raras. Pero más raro todavía es ver a una en acción.
Esa posibilidad se presenta esta noche con Chuck Berry en el Teatro de Verano. A sus 86 años, uno de los principales creadores del rock and roll sigue tocando por lo menos una vez por mes y en este 2013 se embarcará en una gira latinoamericana, un esfuerzo digno de aplausos, aunque sea solo por su fuerza de voluntad. Seguramente no sea un show largo, pero sí uno que valga la pena ver: se estará presenciando un pedazo de historia.
Nadie puede haberse dado cuenta en su momento, pero el día en que Berry tomó por primera vez una guitarra, el mundo cambió para siempre. El nativo de Missouri desarrolló un estilo de tocar el instrumento que marcó la revolución más grande por la que pasaron las seis cuerdas, al menos hasta que Jimi Hendrix prendió fuego la suya en pleno escenario.
Berry aceleró el blues, la música negra por excelencia, y lo combinó con el country –la contraparte blanca. A la mezcla se sumaron elementos de otros géneros, y para el momento en que Berry comenzaba su carrera solista con Maybellene, en 1955, la música había sufrido un giro del que nunca volvería atrás.
No fue el único creador del rock; no hay que desestimar a Elvis Presley, a Bill Halley, a Little Richard: todos tuvieron su participación trascendente en el proceso. Pero a pesar de que That’s Alright -la primera grabación de Elvis- se editó un año antes que Maybellene, Berry removió las raíces de una manera como no lo hizo Presley. Quizá sin él el rock no habría ido más allá de aquel joven fachero de voz grave.
El presente
“Nunca pensé que iba a vivir tanto”, le comentó Berry a la revista Rolling Stone en 2010. “Así que ahora mi motivación es seguir acá hasta el 2020”. Tal vez sea esa ambición de perdurar la que lleva al guitarrista a actuar con una asiduidad llamativa. Ocupa un pedestal de veterano intachable que solo unos pocos alcanzan y que aún menos sostienen. Un miércoles por mes, Berry se presenta en el pub Blueberry Hill, una tradición que se remonta a 1996. Y sus shows se agotan. El año en que le hizo esa entrevista, la Rolling calificó los shows de Berry como una de las razones más importantes por las que estar emocionado por la música en este siglo. Que un hombre de 86 años, consiga entusiasmar a los jóvenes es algo digno de análisis.
Los shows de Berry no suelen ser largos, pero la convicción general es que el veterano no ha perdido su habilidad. No puede mantener la misma velocidad en las manos de que hacía gala en sus años mozos, pero ese tono sucio y chillón de su instrumento se mantiene, al igual que el hombre mantiene el sentido del humor que lo definió siempre. El mismo que hizo que -aunque compuso clásicos de la talla de Roll Over Beethoven y Johnny B. Goode- Berry obtuviera su único número uno de la mano de My-Ding-a-Ling, un tema “obsceno”, que habla de sexo con tono burlesco y que generaba risas en el público cada vez que lo tocaba.
Berry llega además como referente de una vieja escuela que, extrañamente, no tiene tantos cultores en esta zona como otros popes históricos de la música. Se reverencia a los Beatles y a los Rolling Stones, y muchas veces se olvida que ellos crecieron escuchando a los músicos seminales dentro del género como Chuck Berry.
Hace dos años la edad lo traicionó y el músico se desmayó en pleno show. Los encargados de seguridad se lo llevaron al backstage, pero pasados unos minutos, el anciano volvió y tomó su guitarra, listo para empezar de nuevo. No se lo permitieron, y se lo llevaron otra vez. Cuando Berry volvió, fue para disculparse. “Alguien se llevó mi guitarra”, explicó. “Tienen miedo de que no pueda”. Él no tenía; después de todo, es un mito viviente. Según la Rolling Stone, de él no puede esperarse consistencia pero sí momentos de grandeza. Con un poco de suerte, Montevideo vivirá unos cuántos de esos esta noche.