26 de diciembre de 2014 18:04 hs

Siddhartha Dhar se paró frente a una camioneta amarilla doble cabina. Con un rifle de asalto en una mano, presentó a su hijo recién nacido en la otra. Alguien sacó la foto y la publicó en Twitter. La criatura es la quinta del matrimonio y los otros cuatro nacieron en Londres, de donde él proviene. Pero desde hace unos meses él, su esposa y sus hijos se trasladaron a vivir a una zona del mundo que los militantes consideran que es el califato del Estado Islámico (EI).

La llegada de la familia de Dhar a Siria el mes pasado representa una victoria estratégica del EI: es un paso más en su proceso de construcción de una nueva sociedad. El grupo busca una nación independiente gobernada por la ley musulmana pero para eso necesitan, además de un ejército, gente que viva allí. Por eso los líderes y reclutadores de internet fomentan la emigración de médicos, enfermeros, abogados, ingenieros y contadores que puedan ir allí para comenzar con los cimientos de las instituciones de esa tierra sagrada.

Es así que familias enteras –padre, madre e hijos- han acudido al llamado y en cantidades que sorprendieron a los analistas que siguen de cerca al grupo.

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“Estas familias creen que están haciendo lo correcto para sus hijos”, explicó Melanie Smith, investigadora asociada del Centro de estudios de Radicalización del King’s College de Londres. “Piensan que los llevan a una suerte de utopía”.

En Londres la hermana menor de Dhar, Konika Dhar, se desconsoló cuando vio esa foto de su hermano de 31 años en internet. Ahora él es un yihadista armado que se hace llamar Abu Rumaysah, que huyó a Siria con su familia mientras se encontraba en libertad bajo fianza en Gran Bretaña después de ser arrestado por cargos relacionados con el terrorismo. Y que, además, en sus mensajes en Twitter se burló del “sistema de seguridad de mala calidad” del Reino Unido que le permitió irse del país hacia Siria.

Es que ella, de 27 años, todavía piensa en él como en Sid, el chico británico y elegante que usaba gel en el pelo, que salía con chicas, escuchaba Nirvana y Linkin Park, era fanático del Arsenal y disfrutaba con las películas de acción de Estados Unidos. “Creo que él se olvidó de Siddhartha Dhar y se convirtió en esa otra persona”, dijo la hermana.

Una sociedad a medida

A diferencia de Al Qaeda, que opera en muchos países pero es un ejército sin Estado, el Estado Islámico controla un territorio que conquistó en Irak y Siria. Para crear la sociedad islamista que pretende tener, el grupo hizo todo lo necesario para poder hacerse cargo de escuelas, hospitales y parques infantiles existentes, o para construir estas y otras instituciones de la vida diaria de la familia.

“Cuanto más éxito tengan en la creación de una nueva sociedad, más capaces serán de atraer a familias enteras”, consideró Mia Bloom, profesora de estudios de seguridad en la Universidad de Massachusetts en Lowell, escritora de varios textos sobre las mujeres y el terrorismo. “Es casi como si el sueño americano, pero en una versión del Estado Islámico”.

En la ciudad siria de Raqqa, el principal bastión del grupo, los extremistas instalaron una clínica para embarazadas a cargo de una ginecóloga formada en Gran Bretaña. Los niños van a la escuela –donde estudian casi exclusivamente religión- hasta que a los 14 comienzan a combatir, complementó Smith. Las niñas permanecen en la escuela hasta los 18 años.

Reciben formación sobre el Corán y la ley islámica, las tareas de la casa, cómo vestirse y cómo cuidar a los hombres, todo de acuerdo a un estricto código islámico.

Bloom indicó que el Estado Islámico también tiene otra estrategia para atraer gente, pues ofrece a las familias de los combatientes una suma mensual de $ 1.100 –algo descomunal en Siria-, electricidad y comida. El dinero surge de los saqueos a bancos, el contrabando de petróleo, los secuestros a cambio de rescate y la extorsión de los camioneros y otros transportistas que atraviesan el territorio del Estado Islámico.

En Raqqa, antes una ciudad de unas 200.000 personas, los militantes obligaron a los lugareños a abandonar sus hogares y luego repartieron esas casas como recompensa a los combatientes y sus familias, muchos de los cuales proceden de orígenes menos favorecidos.

“Los otros grupos yihadistas que prometen todas estas cosas maravillosas en la vida futura. El Estado Islámico promete darlas en la vida actual y en el más allá, así que no hay que esperar más para tener una recompensa”, dijo Bloom.

Los analistas estiman que al menos 15.000 personas se trasladaron a los territorios del EI. Entre ellos hay varios miles que, como Dhar, provienen de países occidentales. Si bien es imposible saber cuántas familias se han unido, Bloom asegura que la mayoría son de Túnez, Arabia Saudita, Jordania y otros países árabes, los mismos que aportaron la mayor cantidad de combatientes extranjeros al grupo.

Por un fin superior

Las Naciones Unidas documentaron la brutalidad extrema de los radicales combatientes hacia las mujeres. Algunos reportes mencionan que algunas de ellas, especialmente de grupos minoritarios como los cristianos o los yazidíes, son lapidadas o vendidas entre los combatientes para la prostitución.

Pero nada de esto figura en los videos de propaganda del califato, donde por el contrario se ve a padres de familia luchadores que hamacan a sus hijos o que les dan juguetes, niños que se divierten en castillos inflables y autos chocadores o que comen algodón rosado. Imágenes, todas ellas, pensadas para tranquilizar a las madres con la idea de que sus hijos estarán a salvo en un lugar asolado por los combates y bombardeos de la coalición internacional liderada por EEUU.

De todas formas, algunos informes recientes indican que la propaganda del Estado Islámico sobre sus servicios públicos no se corresponde con la realidad y que la gente está sufriendo la escasez de electricidad, alimentos, medicinas y agua limpia.

Smith, de Londres, dijo que en el último tiempo hubo más noticias de mujeres que se quejan de la situación en el califato a través de las redes sociales.

Pero esto no es argumento suficiente para evitar la emigración. “Para estas familias, el éxodo tiene mucho sentido. Piensan que ese es el camino de su vida, su recompensa”, agrega Smith.

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