25 de enero de 2012 11:11 hs

La desembocadura del arroyo Maldonado es uno de los segmentos más hermosos de la costa de Punta del Este. Punto geográfico que divide Rincón del Indio de La Barra, es un sitio de playas recostadas a una curva del arroyo y de choque de corrientes sobre bancos de arena que favorecen la formación de olas para los fanáticos surfistas. Ver, tanto el amanecer como la caída del sol desde allí es un espectáculo aparte. La grandeza del Atlántico, la sutileza del arroyo, el perfil de la península a lo lejos y la suave loma donde se asienta La Barra componen el resto de una escenografía de excepción.

En tan distinguido sitio se formó el que quizá sea el más improvisado y fugaz de todos los barrios puntaesteños: el que está formado por una decena de casas rodantes, que aprovechando el viejo trazado de la ruta 10 estacionaron en un rincón de amplia curva, antes de tomar el puente ondulado.

Discretamente estacionados tras unas acacias, a pocos metros de la nueva ruta doble vía, las casas rodantes armaron una pequeña comunidad veraniega con sus reglas internas. No es la primera vez que lo hacen.

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Pescado por huevos
Algunos de los vecinos del barrio de los trailers (o también llamadas casas rodantes de tiro) se conocen desde hace una década. Es el caso de Piter Machado y su amigo Roberto, que se encuentran cada verano en esa curva de la rambla de La Brava.

Machado, considerado por el resto de los vecinos como "el especialista", es un hombre de 77 años nacido en Minas que hoy tiene su residencia en la ciudad de Río Branco. Tiene un furgón en el que trabaja vendiendo plantas y flores entre pueblo y pueblo del interior. El furgón tira de su Karmann Caravan brasileña, donde Machado y su compañera Eva viven mientras dura la aventura rutera. Llegaron a Punta del Este el 24 de diciembre y se van a ir "cuando tengan ganas". Esta Caravan la compró hace dos años a un precio de US$ 12 mil. "Pero las podés encontrar desde los US$ 4.000", explica el hombre.

La particularidad es que Machado se traslada con dos gallos, dos gallinas, un perro y su cotorra, Maruja. "No sabés cómo habla", dice Machado a El Observador. "A veces me mandonea y me dice: ´Piter, anda a bañarte´. Es muy atrevida", agrega el turista.

Machado llegó a Punta del Este en 1958, en un carro a caballo. Se dedicó a vender ajos por Gorlero. Luego hizo changas, siempre en el rubro de la venta puerta a puerta. Tiene fotos que así lo atestiguan, donde se ve la calle principal de Punta del Este en tonos sepia, sin edificios y con cachilas estacionadas.

Uno de los vecinos más cercanos de Machado es Roberto, montevideano, su amigo de años. Roberto es un pescador empedernido, que se despierta cuando los gallos del vecino comienzan a cantar, antes de que claree. "Él me trae pescado y yo se lo canjeo por huevos que ponen mis gallinas", dice Machado. El trueque y la amistad, y compartir un lugar común son los elementos que unen a la pequeña comunidad. Además, el barrio tiene integrantes de otros departamentos, como Julio Ugarte, de Carmelo. También hay salteños y canarios en el barrio lineal.

Mejor que un camping
Pero los países vecinos también se entreveran en la comunidad. Es el caso de la familia Arias, oriunda de Bariloche. Es el segundo año que llegan hasta estas costas y se declaran "enamorados de Uruguay".

Los Arias tienen un tráiler Comfort fabricado en Estados Unidos, que compraron en 2006 y con el que recorrieron casi toda Argentina (las calcomanías de los lugares donde estuvieron forman un mosaico en el vidrio delantero del tráiler), con capacidad para cuatro personas, con dos cuartos: uno matrimonial y dos literas junto al baño. Hicieron los más de 2.300 kilómetros que separan su hogar con Punta del Este parando al costado de la ruta y acampando donde cuadrara.

Las diferencias con un camping son notorias: el espacio, la tranquilidad, el silencio. Además, el estacionamiento allí es gratis. "Este lugar es increíble", dice con una sonrisa Ernesto, el jefe de la familia. "Estábamos tan acostumbrados a los colores que nos dejó el volcán (Puyehue) que cuando vinimos acá descubrimos otros tonos", dice Laura, esposa de Ernesto.

Mucha gente aprovechó el día nublado y semilluvioso para salir a pasear, dejando las casas rodantes cerradas. Hay un vecino brasileño que se vino a Punta en una motorhome, por lo que cuando se van a pasear se ´llevan´ todo el vehículo.

"Esto es impagable", afirma Machado, quien posee un espacio descampado entre su casa rodante y las rocas de la costa que él llama "la terraza". "Es emocionante despertarse temprano y ver el amanecer acá. Si parece que el sol saliera del agua. Es una cosa impresionante", concluye.

Algunos se van, otros se quedan, otros vuelven. El barrio más fugaz de Punta dura hasta finales de febrero, cuando la vieja ruta 10 queda de nuevo vacía de casas rodantes. Hasta el verano que viene

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