9 de julio de 2014 17:50 hs

En el documental La guía de cine para pervertidos (2006), Slavoj Zizek analiza Solaris, de Andrei Taskovski, filme que cuenta la historia de un científico que es enviado a un planeta que tiene el poder de materializar los traumas, sueños, deseos y miedos de las personas. El filósofo esloveno comenta que Solaris es la película que mejor trata uno de los temas más interesantes en la ciencia ficción: la reflexión sobre lo que él denomina la “id machine” (máquina de identidad), un objeto que es capaz de lograr esta materialización mencionada anteriormente.

Transcendence: Identidad virtual, la ópera prima de Wally Pfister, director de fotografía de varias películas de Christopher Nolan como Batman: El caballero de la noche y El origen (por la que ganó el Oscar), vuelve a retomar en la ciencia ficción el tema de la “id machine”, pero esta vez a través de Will Casper, un investigador de inteligencia artificial (interpretado por Johnny Depp) que trabaja para crear una máquina con consciencia colectiva y autosuficiente, a la manera del sistema operativo de Ella, de Spike Jonze.

Pero, al saber que Casper va a fallecer, su mujer Evelyn (Rebeca Hall) descarga la mente de su marido en la computadora, transformando de esta forma a Will, o a quien sea en que se haya convertido su Frankenstein inmaterial, en una entidad de consecuencias ilimitadas.

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El punto de partida de Transcendence plantea preguntas interesantes acerca de los riesgos que conlleva internet y sobre la naturaleza de la consciencia. La idea de un sistema operativo super poderoso también es atractiva, aunque este tema ya haya sido tocado por otras películas. Pero el problema es que el guión de Jack Plagen, que había estado en la “lista negra” de Hollywood de guiones sin producir, al concretarse en la pantalla olvida explorar sus preguntas vectoras desde un ángulo sugestivo y termina por quedarse en la superficie en la que languidece gran parte de los filmes de ciencia ficción.

Para colmo la vueltas de tuerca son tan desatinadas, que uno termina por pensar que la película ha perdido su verosimilitud.

Otro asunto es el ritmo. El espectador podría inferir que por el gran trabajo que ha hecho Pfisfer con Nolan (quien además está en la producción ejecutiva del largometraje junto a su mujer, Emma Thomas), Transcendence iba a generar esa sensación vertiginosa de los mejores filmes del director inglés. Lejos de esto, la cinta de Pfisfer no atrapa al espectador. Lo que es peor para una película que trata sobre la trascendencia de la consciencia y que se pregunta si ésta forma parte del alma, el filme parece carecer de espíritu.

Lo mismo sucede con el elenco de grandes nombres encabezado por Depp, en una de las actuaciones más anodinas de su carrera, seguido por Morgan Freeman y Cillian Murphy, colaboradores habituales de Nolan. Rebecca Hall y Paul Bettany, los coprotagonistas, hacen un buen esfuerzo por ponerle un poco de corazón a la cinta, pero no les alcanza.

El problema es que, como le sucedió el año pasado a Neill Blomkamp con Elysium, un punto de partida promisorio no es suficiente. No si la empatía con los sentimientos humanos, presente en las grandes películas de ciencia ficción de la historia, es reemplazada por guiones delineados por la mera intrascendencia.

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