12 de junio de 2020 14:38 hs

La semana pasada al repasar los primeros 100 días de gobierno te comentaba cómo los perfilismos de la coalición, por aspiraciones para las futuras elecciones, temas de personalidad y diferencias entre dirigentes, empezaban a ser un problema. Pero nunca me imaginé que la primera bomba iba a explotar tan rápido.

Es la primera vez desde la restauración democrática que cae un canciller en el primer semestre de un gobierno. Esta semana el líder colorado Ernesto Talvi decidió que en un tiempo indefinido abandonará su cargo, luego de que el presidente saliera a marcar distancia  con una de sus declaraciones en El Observador del Fin de Semana. Todo lo que vino después del anuncio al presidente fue muy confuso y le hizo restar a Talvi varios puntos de los muchos que consiguió con sus tareas de repatriación durante la crisis sanitaria, motivos que lo dejaron como el ministro más popular del gobierno.

De eso te voy a hablar hoy. Para tratar de entender cuáles son los verdaderos motivos detrás de esta intempestiva salida, que pasa a ser el gol en contra más grande que se hizo la coalición de gobierno en estos tres meses y medio.

Muy inteligente, pero de trato difícil

Antes de analizar este episodio concreto conviene repasar algunas características de Talvi.

Más noticias

Tiene una inteligencia muy potente que le permite visualizar los grandes cambios que necesita Uruguay e incluso proponer (más allá de las diferencias ideológicas que cada uno pueda tener) propuestas sólidas. A la vez, su trayectoria académica también le ha dado mucho método de trabajo que le permite formar equipos y realizar avances prácticos y concretos.

Pero la otra cara de esa moneda es su personalidad. Todos, los que lo quieren y los que no, destacan que a Talvi le resultará muy difícil llevar adelante las transformaciones en las que cree si no aprende a jugar con el resto de los líderes políticos. Parece aún no haber entendido (o al menos aceptado) las reglas de juego, que es cierto, muchas veces pueden ser amargas.

No hay dudas que Ernesto Talvi tiene características profesionales que pueden aportar mucho para diseñar un modelo de país que se adapte al nuevo mundo. Pero donde ha mostrado mayores deficiencias es en el relacionamiento interpersonal.

Para ser exitoso en la política no solo se necesitan habilidades duras, sino también algunas blandas. Lo que llaman “inteligencia emocional”. Allí ha tenido sus principales problemas en este corto tiempo en la política.

Como todo, esa visión también tiene otra cara: un factor que incide en su falta de relacionamiento con algunos líderes políticos es su intención determinada de cambiar profundamente la forma de hacer política.

Me consta que el canciller en el último tiempo estaba asqueado por conocer desde adentro muchos manejos políticos que no le gustan.

Pero para entrar en el juego es necesario aceptar algunas reglas, por más que no te gusten, para luego sí intentar cambiarlas. Las preguntas son: ¿hasta dónde está dispuesto a tragarse sapos para seguir acumulando fuerzas? ¿Es posible cambiar esas cosas de la política que no le gustan sin mayor fuerza electoral? Por otro lado él se puede preguntar: al tragarse sapos para acumular, ¿no se convierte en todo lo que aborrece de la política?

El dilema parece difícil de resolver, pero Talvi pretende seguir adelante en ese proceso de acumulación, sin tener que lidiar con las prácticas políticas que le disgustan.

Su relación con el presidente

Con el diario del lunes parece evidente que no fue una buena decisión de Luis Lacalle Pou tener a un líder político con aspiraciones presidenciales y con la personalidad de Talvi en un rol en el que se requiere sintonía casi total con el mandatario.

El canciller, históricamente, es una figura muy cercana al presidente. Es su voz y su cara en el exterior, habla por él y lo tratan como un presidente. En gobiernos de coalición es uno de esos cargos que el mandatario siempre guarda para su entorno. Y cuando eso no sucede (tal vez el ejemplo más cercano es el de la primera parte del primer gobierno de Tabaré Vázquez con Reinaldo Gargano), hay líos asegurados.

Lacalle y Talvi nunca se llevaron mal. De hecho en campaña, a diferencia de lo que sucede siempre entre rivales-socios, no tuvieron grandes choques.

En estos tres meses y medio de gestión tampoco es que tuvieron decenas de choques.  Sí varias diferencias, tal como quedaron reseñadas aquí. Pero lo más difícil ha sido la negociación por un lado y la subordinación por el otro. A Talvi le costó aceptar que no puede poner en todos los cargos a las personas que cree más idóneas y tener que ceder en algunos nombres. Por otra parte, también le ha costado aceptar que, si es ministro, Lacalle -y su equipo- son sus jefes, algo que ha sido motivo de conflicto cuando el presidente le marca errores o diferencias.

Solo voy a detallar dos ejemplos concretos porque demuestran la base de los problemas:

1. La designación del embajador en Buenos Aires.
Lacalle decidió enviar como embajador ante Argentina a Carlos Enciso, un hombre de su extrema confianza. A Talvi, que antepone los principios de profesionalidad en la política exterior, le parecía una mala decisión. Por eso antes le ofreció el puesto a Sergio Abreu, pero sin consultarlo con el presidente. Así terminó mostrando públicamente su postura contraria a lo que luego resolvió el presidente. No lo dijo, no confrontó públicamente, pero el mensaje quedó claro. De esa manera mostró que su candidato era otro. Un embajador político sí, pero con credenciales diplomáticas. Este es solo un ejemplo de varios choques que tuvo con el equipo del presidente en la negociación de los cargos, tanto para la cancillería como para otros cargos del gobierno.

2. Venezuela “dictadura”: sí o no.
Fue la gota que rebasó el vaso. El canciller se negó a decir lo que piensa porque entiende que desde su nuevo rol no puede calificar de “dictadura” a Venezuela. Por más que así lo crea. Para el presidente, el gobierno debe dejar claro lo que piensa sobre el régimen de Nicolás Maduro y al otro día de la publicación de El Observador envió un mensaje claro a su entorno,  que el lunes fue hecho público por su mano derecha, Álvaro Delgado.

¿Qué demuestra este episodio? Que el alineamiento entre presidente y canciller no es total y que esas diferencias políticas, por la dificultad de Talvi de sentirse cómodo en un rol de subordinado de Lacalle, hacen difícil un alineamiento entre el presidente y la política exterior. Es cierto que existe también la diplomacia presidencial y que Lacalle podría activar sus propios contactos más allá del canciller. De hecho lo hizo en estos meses. Pero no es lo natural ni es el camino lógico de la política exterior.

Los confusos mensajes posteriores: ¿se va? ¿se fue? ¿o ni siquiera se sabe si se va?

Luego del episodio de Venezuela y el contraste público con el presidente, ni lunes ni martes Talvi fue a la cancillería. Los rumores el martes corrían con mucha fuerza y en ámbitos diplomáticos y políticos muchos se preguntaban qué pasaba. El miércoles había consejo de ministros y tampoco fue. Argumentó que no concurría porque era su cumpleaños. Pero lo cierto es que el martes a la tarde había tenido una charla muy importante con Lacalle: le planteó que quiere un “cambio de rol” y que si bien su compromiso con la coalición está intacto pretende jugar en otro lugar de la cancha.

A la noche del miércoles la noticia, aunque con mucha confusión, se hizo pública.

Desde allí en adelante la confusión solo aumentó. En la mañana se conocieron declaraciones a Búsqueda  en las que Talvi decía que se iba a ir de la cancillería “en un futuro no lejano”. Antes del mediodía decía en VTV que su salida sería “antes de fin de año”. A la tarde en rueda de prensa al entrar al Parlamento dijo que no se había puesto plazos, de tardecita  aseguró en Sarandí  que está “estudiando la posibilidad de cumplir otro rol” pero que “no es una decisión tomada”. Y a la noche en canal 12 dijo: “No puedo hablar de algo que no sé si va a ocurrir o cuándo va a ocurrir”.

Más allá, de nuevo, de estas diferencias semánticas, es claro que Talvi no está cómodo. No por el rol práctico, porque demostró que puede ser un buen canciller y daba la sensación que aún tenía todo para diseñar y ejecutar los cambios que prometió en la campaña en la política comercial uruguaya. Con lo que no está cómodo es con el juego político y con el liderazgo, que implica muchas veces tragarse sapos, administrar egos y saber aceptar que a veces se pierde.

Los problemas prácticos inmediatos: a rey muerto, rey puesto en la cancillería y la interna partidaria

Talvi ya se fue. Por más que siga como canciller durante tres o seis meses, le será muy difícil la tarea. A la interna y hacia afuera.

Liderar a los diplomáticos es una tarea titánica. Y si los equipos saben que ya no estarás, más difícil será.

Pero lo más complicado es hacia afuera. ¿Otros cancilleres le darán la misma importancia sabiendo que en breve no estará? Mejor esperar para negociar con el que venga y no perder tiempo, pueden pensar algunos.

Por otra parte, todo este episodio lo daña a Talvi en su perfil político. En sus declaraciones del jueves por diferentes medios dijo que piensa en hacer este cambio porque siente que con la pandemia en cancillería puede menos de lo que pensaba. ¿No es clave el rol de la cancillería para una salida rápida de Uruguay de la crisis? Lo más necesario en este momento son inversiones en el país y a la vez abrir mercados para los productos uruguayos. En ambas cosas Relaciones Exteriores y Uruguay XXI tienen un rol central.

Si realmente quiere mostrarse como “estadista”, como se autocalificó el jueves, ese puesto parecía muy bueno. Sin embargo queda como el que abandona el gobierno a los tres meses de empezado.

El otro rol que debilita esta movida es el de líder. Talvi dijo que dadas sus diferencias con Julio María Sanguinetti sobre cómo ver la política, le dijo a Lacalle que se sintiera con la libertad de conversar directamente con el expresidente, aunque quien tiene la última palabra sobre cuestiones de todo el partido sea Ciudadanos. Si Talvi ganó la interna y es el líder del partido, debería poder hablar en nombre de todo los colorados y luego en los ámbitos partidarios acordar lo que sea necesario.

El mayor gol en contra

Pese a los sobresaltos, también por perfilismos de Guido Manini Ríos, el otro socio clave del gobierno, la coalición venía funcionando bien. Este de Talvi es hasta ahora el mayor gol en contra.

El jueves, por primera vez en tres meses, pudimos ver a la oposición pegando fuerte en un lugar que duele. Tal vez las mejores declaraciones en ese sentido fueron las del diputado Alejandro Sánchez, que graficó el episodio con Talvi con una metáfora de pareja. “Es como cuando uno dice que necesita tiempo y uno no sabe si lo dejó o no lo dejó. Talvi necesita tiempo, se va a ir, pero seguirá siendo canciller”, criticó Sánchez, quien consideró la situación de “culebrón”.

La oposición pegó duro durante años con las diferencias en el Frente Amplio. Ahora la tortilla se da vuelta y todo demuestra que no será la última gran tormenta que tendrá que surfear el presidente con sus socios.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos