12 de marzo de 2020 14:55 hs

Por Philip Stephens

Es hora de abandonar la idea de la santidad de la soberanía nacional. Los virus no respetan las fronteras estatales; ni prestan atención a las pancartas antiinmigrantes agitadas por una generación de líderes populistas. La propagación mundial del coronavirus, también conocido como COVID-19, más bien le ha brindado una elocuente expresión al obstinado hecho de la interdependencia internacional.

La política de Donald Trump de ‘EEUU primero’ ha ofrecido poca protección contra el brote. Éste es también el presidente que ha estado presionando para que se recorten los fondos estadounidenses destinados a la Organización Mundial de la Salud (OMS), el organismo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que está coordinando la respuesta internacional. En términos generales, Trump ha sido infructuoso en su intento de descartar la crisis como "un problema que va a desaparecer".

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Hasta esta semana, Boris Johnson estaba adoptando la misma actitud despreocupada. El primer ministro británico está ocupado rompiendo los lazos del Reino Unido con la Unión Europea (UE). El Brexit no podrá contener al virus. El muro de Trump a lo largo de la frontera entre México y EEUU, y la promesa de Johnson de "retomar el control" de su país, se están convirtiendo en costosos actos de impotencia. Johnson ha tenido suerte. Hasta ahora, él ha sido rescatado por la inteligente planificación y la presentación de su ministro de Salud, Matt Hancock. Trump es muy probable que se encuentre en una situación más seria.

El virus ha llegado a más de 60 países. Actualmente es imposible rastrear la fuente de cada infección. El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido ha colocado el brote en el nivel más alto de emergencias médicas. La evidencia hasta ahora sugiere que la tasa de mortalidad resultará baja — por debajo del 1 por ciento — pero los sistemas de salud en numerosas naciones pudieran verse abrumados.

Las consecuencias económicas son bastante obvias. Un choque simultáneo entre la oferta (todas esas fábricas chinas cerradas) y la demanda (más seguro quedarse en casa que ir de compras) afectará gravemente el crecimiento. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha determinado que un brote prolongado y severo pudiera reducir a la mitad su pronóstico de tasa de crecimiento global para 2020 a un 1.5 por ciento. Los recortes de tasas de interés como el de la Reserva Federal estadounidense sólo tendrán un limitado impacto compensatorio. Los gobiernos también deben estar preparados para flexibilizar las políticas fiscales.

Si la desaceleración se convierte en recesión dependerá de cuán rápido y lejos se propague el virus durante los próximos meses. En los países donde se arraigue, el enfoque de los gobiernos rápidamente cambiará del actual esfuerzo de contención a uno de retraso y de mitigación, con la esperanza de que el clima veraniego en el hemisferio norte lo desacelere. Los científicos no están seguros de cuán efectiva será esta estrategia y dudan de poder producir una vacuna antes del próximo invierno.

El resultado representa un campo minado para los políticos. Si la epidemia del COVID-19 sigue el curso supuesto, habrá algunas serias repercusiones. Tales emergencias despiertan fuertes emociones públicas. Todos saben que el primer deber del Estado es salvaguardar la seguridad de sus ciudadanos. No se puede culpar a los gobiernos por el virus, pero la forma en que responden ante la crisis será minuciosamente escrutada. Las percepciones a menudo contarán tanto como la realidad misma.

Hacer todo correctamente, en tales circunstancias, no es fácil. Los políticos están actuando instintivamente. Los peores escenarios presentados por los epidemiólogos son sólo eso; el riesgo es que se les considere como pronósticos. En 2009, el gobierno británico predijo que hasta 65,000 ciudadanos del Reino Unido podían fallecer a causa de la pandemia de gripe porcina de ese año. Al final, la cifra oficial fue inferior a 500, aunque algunas estimaciones posteriores sugirieron que tal vez fue un poco más alta.

La línea entre actuar con una precaución inteligente y alimentar el pánico es muy sutil. Las autoridades de la región italiana de Lombardía, donde el coronavirus se ha arraigado seriamente, han sido acusadas por el gobierno de Roma de realizar excesivas pruebas de las víctimas potenciales. En Japón, se sospecha que los líderes políticos han impuesto severas restricciones a las pruebas para ocultar hasta qué punto se ha propagado el virus.

La mejor arma de los políticos es la honestidad. La experiencia pasada ha probado que los votantes están perfectamente preparados para vivir con las dificultades y con las pérdidas causadas por lo que muchos podrían llamar un acto de Dios. Pero también esperan que los líderes políticos muestren comprensión, aptitud y franqueza. Es fácil ver por qué es probable que Trump y Johnson se encuentren en una dificultosa situación.

Además, el coronavirus no diferencia entre los políticos elegidos y los autócratas. No hace mucho tiempo, el presidente Xi Jinping estaba siendo designado como el emperador de por vida de China. Su poder parecía casi absoluto, incluso en un Estado despiadadamente autoritario. La fuerza de la ira pública ante los intentos oficiales de ocultar, y luego minimizar, el brote inicial del coronavirus en la provincia de Wuhan ofreció un panorama diferente. Xi repentinamente se vio claramente frágil. Incluso los autócratas necesitan legitimidad, y la legitimidad requiere un nivel de confianza pública.

Trump es quien más tiene que perder. Al coronavirus no se le puede descartar como una "noticia falsa". El presidente no tiene la manera de ser ni el temperamento para convertirse en un líder nacional en un momento de emergencia. La aptitud nunca ha sido uno de sus puntos fuertes. Su estrategia para ganar un segundo mandato se basa en la premisa de una sólida economía. Sin la acción multilateral coordinada que él con tanta frecuencia desprecia, una pandemia pudiera hacer que EEUU y el mundo cayeran en una recesión.

El mundo se ha estado desglobalizando. Es posible que esta disrupción más reciente de las cadenas de suministro transfronterizas, podría aumentar aún más la desglobalización. La esperanza, sin embargo, debe ser que la derrota del coronavirus muestre el valor de un gobierno inteligente y honesto, y disipe la mentira populista de que recuperar el control requiere refugiarse temerosamente detrás de las fronteras nacionales.

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