7 de enero 2015 - 18:52hs

En estos días se cumple un año desde que compré lo que entonces era el último modelo disponible de iPhone, el 5S, y de que tomé la arriesgada decisión de no ponerle una carcasa ni un film protector. Muchos me advirtieron sobre la fragilidad de su pantalla y bordes, sobre los golpes, rayaduras y quiebres que indefectiblemente iba a sufrir si no le colocaba protección extra. Durante un año tuve que soportar caras que mezclaban sorpresa y horror al ver mi smartphone desnudo, seguidas de detalladas historias de caídas con finales trágicos. Pero me mantuve firme.

Mi argumento siempre era el mismo: ¿por qué colocarle una cobertura de $ 100 a un dispositivo de US$ 700? Esta justificación se basa tanto en la fealdad de las carcasas como en las burbujas y enlentecimiento que provocan los film. Pero también tiene un trasfondo más psicológico, es decir, mi profunda desconfianza acerca de su capacidad protectora. Un smartphone con carcasa de metal, sensor de huella dactilar de zafiro y pantalla de un material llamado Gorrilla Glass 3 no puede ser más frágil que unas coberturas de nailon y plástico.

Por lo pronto, la historia me ha dado la razón. Y como no creo en eso de llamar a la mala suerte, celebro este primer año de vida de mi iPhone sin jamás haber escuchado la frase: “Te lo dije”.

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