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21 de mayo 2023 - 5:05hs

Las palabras se resignifican. Siempre. Acá va un ejemplo: agua salada. Hace dos meses, decirlo plantaba un océano en la cabeza. Hoy planta otra cosa: góndolas desabastecidas y gente llevándose de a diez bidones. La noticia de un supuesto quiebre en el stock. Disponibilidad: solo con gas, o ni eso. La imagen de Paso Severino cada vez más seco. Baños cortos, con gusto a mar pero sin verdadero gusto a mar; pelos duros y café sin sodio. El mate, también con agua embotellada. Y problemas más graves, por supuesto. De los no tan graves y de los muy graves.

La crisis hídrica en Uruguay tiene al área metropolitana en ascuas. La gente se desespera y barre con todo lo potable que se le cruce. En terrenos políticos, la oposición y el oficialismo se reparten la culpa por la falta de inversión en OSE, al tiempo que viejos planes truncos salen a la superficie. El problema explota por varios motivos, pero entre ellos está —y con un grado de responsabilidad primordial— la sequía extrema y prolongada que se extiende desde el verano y a la que los tres milímetros de lluvia que se anuncian de vez en cuando, o a los que en teoría lloverán para fines de junio, no le hacen demasiado daño. Entonces: no llueve y el agua está salada. Es un problema que, al contrario de lo que suele suceder con los grandes relatos que hablan de las crisis globales ambientales que enfrentamos y enfrentaremos como especie a mediano y corto plazo, está pegando directamente en casa. En Montevideo, en Ciudad de la Costa, en rincones de San José, abrimos la canilla y sale cambio climático.

Esta parece ser, entonces, una de las primeras veces en que el proceso de destrucción del planeta que tan metódicamente hemos desplegado en las últimas décadas colabora con otros factores aledaños e impacta en la cotidianidad. ¿Pero es, efectivamente, el primer síntoma visible? Quizás sí, a esta escala de desesperación o alarma ciudadana. Porque las olas de calor cada vez más frecuentes, o el incremento de cianobacterias en el agua en épocas en las que no debería haber, suelen pasar más desapercibidas.

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Es extraño (o no) pero los seres humanos reaccionamos casi siempre por miedo. Ahora todos estamos preocupados por quedarnos sin agua. Y se supone que la estamos cuidando más. Hace cuatro meses manguereábamos veredas sin grandes dramas o dejábamos la canilla abierta mientras toda la familia se lavaba los dientes. O no nos parecía demasiado grave —¿o atendible, tal vez?— que buena parte del agua de OSE se fuera en pérdidas a lo largo de toda la ciudad.

Hace algunos años, Ciudad del Cabo, una de las tres capitales de Sudáfrica, vivió una situación parecida e incluso más extrema que enfrentó a la población ante el mismo miedo: el de quedarse sin agua. Como cuenta Marta Peirano, periodista y escritora española especializada en tecnología y crisis climática, en su último libro —Contra el futuro: Resistencia ciudadana frente al feudalismo climático—, en enero de 2018 la alcaldesa de esa ciudad lanzó un ultimátum a la población: si no se abandonaba la forma excesiva e irresponsable de consumir agua, en abril sería obligatorio instaurar un sistema de emergencia, el más estricto y radical del mundo, que implicaba racionar el agua y dividir a la población por grupos de veinticinco mil personas, que a su vez recibirían no más veinticinco litros diarios para repartir. Una miseria, pero la única miseria posible para no quedar absolutamente secos y llegar a una instancia catastrófica que se rotuló como Día Cero. En Ciudad del Cabo la fecha estaba cerca y marcada en rojo por motivos varios y complejos, pero sobre todo por uno de estricto orden ambiental: el país arrastraba una sequía de tres años a la que las lluvias esporádicas no podían combatir, y las reservas de agua embalsada estaban al 24%. El Día Cero llegaría cuando ese porcentaje descendiera a 13.5%. O sea: el 12 de abril de 2018.

Lo que pasó fue que la población, a impulso de medidas complejas del gobierno, y en muchos casos impopulares, empezó a transformar la forma en la que administraban el recurso en sus casas. Así lo cuenta Peirano en su libro:

“La única forma de esquivar el Día Cero era hacer un esfuerzo colectivo para reducir drásticamente el consumo de agua hasta que llegaran las lluvias. (...) Se subió el precio del agua y bajó la presión del suministro, dejando un límite de consumo de cincuenta litros diarios por habitante, el mínimo según la OMS. Se prohibieron los usos no esenciales, como lavar coches, regar jardines o llenar piscinas.”

Las medidas (hubo más) causaron, a corto plazo, un efecto inmediato, pero según la autora lo principal fue la campaña de información que se gestó. 

“El Gobierno obligó a las casas a instalar un medidor de agua preciso para que supieran exactamente cuánto consumían y por qué. No hacerlo se sancionaba con multas de hasta setecientos euros. Se desplegó una campaña masiva sobre la gestión del agua, demostrando maneras de reducir el consumo; por ejemplo, ducharse solo dos veces por semana con agua de un cubo o una jarra. (...) Todos aprendieron a reservar agua potable para beber y cocinar, y a reciclar la máxima cantidad posible.”

Entre otras cosas, en Ciudad del Cabo de repente el agua de lavar los pisos llenaba las cisternas, que a su vez solo se tiraban cuando había sólidos: la población tomó como lema “si es amarillo, dejalo estar” (If it’s yellow, let it mellow). El Estado colocó carteles electrónicos en las calles que anunciaban a cuántos días del Día Cero estaban, además que se publicaban mapas de consumo con los barrios más derrochadores e, incluso, en una medida cuestionable y policial, la lista de los cien vecinos que más agua gastaban. Por otro lado, los agricultores tuvieron que ceder el 30% de sus reservas de agua el primer mes para abastecer de inmediato a la población, y eso pegó bien, pero también mal: se perdieron cosechas y puestos laborales que todavía no se recuperaron. Y entre esas medidas más y menos fotogénicas, entre la competencia vecinal y las decisiones casi de facto de la alcaldía, Ciudad del Cabo zafó. El Día Cero no llegó y sigue sin llegar. Las lluvias, en cambio, sí.

“En octubre de 2020 el embalse de Theewaterskloof estaba completamente lleno, pero siguieron ahorrando agua, porque sabían que no iba a durar. Desde entonces, han ido esquivando el Día Cero a costa de endurecerse contra la sequía. El Gobierno sudafricano ha acelerado los grandes proyectos, pero la estrategia a largo plazo es no depender de una sola tecnología o de una única solución. (...) A escala municipal se han multiplicado las casas con tanques y acumuladores en sus tejados. Conservar agua se ha convertido en una segunda naturaleza. Todos los vecinos sacan cubos y palanganas en cuanto intuyen que va a llover.”

Y así el ahorro hídrico se metió en el ADN de los sudafricanos.

Las crisis que vendrán

Uruguay no puede compararse con el modelo sudafricano. Desde la infraestructura, los capitales y el desarrollo, pasando hasta por la cultura ambiental y las brechas sociales, hay abismos entre ambos países. Sin embargo, traer al frente el caso de Ciudad del Cabo funciona para recordar que cuando los discursos gigantescos e inasibles sobre el medioambiente llegan al hogar, cuando hay una cuenta regresiva visible —¿no es, la imagen de Paso Severino cada vez más seco, algo así?—, cuando el síntoma se siente en el supermercado o en las cañerías, se entiende mejor la dimensión de la situación. Y se entiende que una de las cosas que hay que cambiar es la relación que los uruguayos tenemos con el agua.

Para Emilio Deagosto, magíster en energías renovables por la universidad de Newscastle y, entre otras cosas, consultor desde Uruguay del programa Climate and Clean Air Coalition de la ONU, entender eso es un punto clave para lidiar con un problema que golpeó con fuerza por primera vez y que es probable que se dé con mayor frecuencia a medida que avanzan los años. 

Es cierto que el déficit hídrico de alguna forma está vinculado al calentamiento global, pero en este caso también hay una vinculación bastante fuerte con el uso de los recursos. Uruguay tiene muchos usos relacionados con el agua: industria, ganadería, agricultura, usos urbanos, y que también están relacionados con el deterioro de algunos servicios que prestan los ecosistemas, como los bosques de ribera y demás. En Uruguay sucede que no le damos, o por lo menos hasta hoy no lo hacíamos, el valor que tiene el agua como recurso. No regulamos sus usos y sabemos que la agricultura hace uso intensivo del agua, sabemos que las industrias también. Dentro de la casa tampoco cuidamos mucho el agua, e incluso creo que en general culturalmente no entendemos el valor que tiene. Hay una idea con la que todos nacemos de que Uruguay es un país de abundante agua, y es así, pero la realidad es que últimamente estamos viendo que tenemos graves problemas de calidad. Es una cuestión casi de hábitos, de cómo te relacionas con los servicios que tenés. Esta situación nos demuestra que vamos a tener que empezar a asumir que, efectivamente, estamos ante un recurso que es escaso, aunque nos hayamos educado con el otro relato.”

Para los habitantes de Montevideo y las localidades aledañas afectadas, esta crisis se vive como una novedad alarmante, pero si se toma lo que dice Deagosto y otros expertos, si se considera que la situación tiene muchas causas y una de ellas son los efectos del cambio climático en el país, hay que pensar que los uruguayos ya vivimos situaciones similares que, sin embargo, generaron otro tipo de crisis ecológicas. 

“La situación es comparable con el cimbronazo de las cianobacterias, que de repente están más presentes en el uso del agua para la recreación, pero que en su momento también generaron un conflicto muy grande con el tema de la potabilización, sobre todo en el Santa Lucía, pero también en Maldonado en plena temporada. En ese momento el presidente Tabaré Vázquez exoneró el pago de OSE para el departamento, porque básicamente el agua no era potable. O sea que tiene similitudes con lo que está sucediendo ahora, y pasa eso: cuando aparecen estos fenómenos, el foco se pone en ellos, pero se va desvaneciendo con el tiempo”, recuerda, por su parte, Alejo Silvarrey, doctor en Desarrollo Sostenible la universidad de Deakin en Australia y director del Centro Hábitat de Ciudades y Sostenibilidad de la Universidad Católica del Uruguay.

Así, los especialistas suman el actual problema hídrico de Uruguay a una crisis de corte más sistémica que abarca otros cambios en la vida del ciudadano de a pie. Cambios que, quizás sin darnos cuenta y por fuera del agua salada, ya estamos percibiendo desde hace algunas temporadas. 

Inés Guimaraens Represa de Paso Severino

“Es muy difícil aislar el problema del agua de los otros elementos, como pueden ser las olas de calor, que quizás no todo sufren, pero sí un sector más vulnerable de la población. Y lo mismo pasa en zonas más vulnerables con las inundaciones. Cuando las crisis abarcan el total de la población, o por lo menos a una gran parte sin importar el nivel socioeconómico, es cuando toma mayor relevancia, pero la realidad es que desde el punto de vista ambiental Uruguay viene sufriendo los efectos de la crisis climática y de la crisis ambiental desde hace años”, agrega Silvarrey.

Entre los “síntomas” que enumera están las mencionadas olas de calor, que empiezan a ser cada vez más frecuentes en el verano, las cianobacterias en épocas donde no debería haber, la intensidad de las lluvias en períodos muy cortos, las sequías como la actual, que hacen que los precios de, por ejemplo las verduras, estén listas para escalar en los próximos meses.

“A las cuestiones climáticas es difícil zafarle seas rico, seas pobre, vivas donde vivas. Pero evidentemente, si vivís en una zona de mayor vulnerabilidad, vas a estar más expuesto a una crecida de un río, a una ola de frío o calor. El cambio global profundiza brechas que ya existen. Es clave entenderlo, porque todo lo que sea inversión en mejoramiento de de vida, de alguna forma lo que hacen es reducir esa brecha para que las personas que viven en mayores condiciones de vulnerabilidad estén menos expuestas. En cuestión de clima, las olas de calor van a ser más frecuentes y más severas. Y ni que hablar, directamente e indirectamente a través de problemas en la producción agropecuaria, que se reflejará en los precios", sostiene Deagosto.

Silvarrey coincide en reforzar la idea de que estos problemas hacen crecer las brechas socioeconómicas, aunque se perciba como una crisis “democratizadora”: el acceso al agua embotellada, por ejemplo, no es el mismo para todos en los diferentes barrios de la ciudad.

Para Uruguay, en tanto, los modelos climáticos para 2050 proyectan que tendremos largos y secos veranos, con lluvias muy intensas que se darán en períodos muy cortos de tiempo entre junio y agosto. En términos agrícolas no es la situación ideal si se viene de una seca prolongada. “Eso generaría problemas, por un lado, al agro, porque esas lluvias lo que hacen es arrastrar y erosionar el suelo. Por otro lado, la infraestructura urbana tampoco está diseñada para periodos de retorno, o sea una frecuencia tan alta de eventos más intensos de lo que están previstos”, señala Deagosto.

Silvarrey agrega otros posibles escenarios en el marco de ese futuro: “Hoy no lo podemos percibir, pero con ese patrón climático es probable que estemos hablando de índices de cáncer de piel mayores en el futuro. Le está pasando a Australia, por ejemplo, y le está pasando a otros países donde se empiezan a ver situaciones parecidas. Hay elementos importantes que comprender y hay que adaptarse a estos cambios”.

Si bien hacer futurología ambiental puede ser una práctica espinosa cuando, por ejemplo, la temperatura de la Antártida rompe con cuarenta grados por encima de lo que estimaban los modelos actuales y desconcierta a los científicos, lo cierto es que hay algo claro: esta crisis hídrica no será la única que afrontará Uruguay, la distancia entre una y otra se acortará con el tiempo, otros problemas empezarán a ser más frecuentes y, como los habitantes de Ciudad del Cabo, deberíamos empezar a considerar en sacar una palangana al patio o al balcón cuando llueva. O, al menos, entender que eso que hoy sale con gusto a sal de la canilla no es manteca y menos está como para tirarla al techo.

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