Fútbol > EL TAPADO

Cristian Olivera, la joya de Rentistas que vive con $ 1.000 y fue felicitado por Bergessio

El niño maravilla del bicho colorado, de 17 años, va al liceo, fue felicitado por Bergessio y le da el dinero a sus padres cada vez que cobra

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25 de febrero de 2020 a las 05:00

Parece mentira. El mismo Cristian que sube las escaleras del Liceo 13, cuyos escalones lucen mensajes pintados por los alumnos, es el mismo que deslumbra a miles de aficionados a través de la pantalla de televisión. La vida parece correr a toda velocidad para el niño maravilla de Rentistas. Primero corriendo de club en club en procura de jugar. Luego atrás del peso que le permitiera entrenar. Posteriormente para salir de su barrio por lo inseguro. Y ahora para firmar su primer contrato, debutar en Primera, sorprender a Nacional al punto tal que Gonzalo Bergessio lo felicitó y le mandó su camiseta, mientras sigue asistiendo al liceo para cursar Cuarto grado.

Cristian Olivera empezó su historia con el fútbol a los 3 años en el Arapey Mendoza. Pasó por Flores y Palmar y el Potencia, el club que se hizo famoso por darle al mundo a Ruben Sosa.

Finalizada la etapa del baby fútbol un conocido de su padre le recomendó ir a Cerrito. Como entrenaban en el cuartel de Domingo Arena le quedaba cerca e iba caminando. Jugó dos años en las inferiores de Cerrito en la B.

“Hasta que me llamó un técnico de Danubio y me dijo que me querían. Me fiché”, contó Olivera a Referí. El ómnibus de las formativas del club lo levantaba cerca de Camino Mendoza. Pero el sueño duró poco. Cristian, al ver que tenía pocos minutos, se fue.

Allí apareció su representante de entonces, Javier Hernández, se lo llevó a la escuelita de Defensor Sporting que entrenaba frente a Canal 5.

Los violetas le daban un viático que era un alivio para Olivera padre que se las ingeniaba consiguiendo changas para hacer trabajos de construcción. “Me tomaba el 175 que me dejaba en la cancha” expresó antes de revelar que le molestaba que los técnicos lo pusieran poco en los amistosos. El sueño duró cuatro meses. “Poquito. No me ficharon. Me dijeron que tenía cualidades para jugar en cualquier cuadro pero para las características de ellos no me iban a tener en cuenta”, reveló Olivera.

Cierto día estaba con sus amigos cuando surgió la idea de ir a probarse a las juveniles de Rentistas. Cuando llegó había como 35 jugadores. Lejos de achicarse, Olivera comentó: “me tenía fe, pero claro, había que pasar la prueba”. Fueron dos entrenamientos y el técnico de la Séptima división de los rojos, Carlos Umpiérrez, decidió ficharlo.

Claro que, a diferencia de lo que pasaba en la Escuelita de Defensor, en los rojos no había viático. Al poco tiempo de estar entrenando su papá llamó a Cristian y le dijo que no lo podían ayudar con la plata del boleto. “Lo entendí porque fue una situación en la que no estábamos bien económicamente. Mi papá hacia changas y no tenía un laburo fijo”, comentó el jugador de Rentistas.

Olivera le pidió al club si lo podían ayudar. Al no tener una respuesta afirmativa pasó una semana media sin poder concurrir a los entrenamientos. Durante ese período de tiempo se entrenó por las suyas. “Iba a la cancha del Ituzaingo, en José Belloni, y entrenaba por las mías. Al poco tiempo mi padre consiguió trabajo y me daba unas monedas para el boleto”.

En un abrir y cerrar de ojos Cristian pasó de la Quinta división de los rojos al primer equipo. Fue citado a la selección juvenil Sub 15 y posteriormente Sub 17. Allí llamó la atención. Tenía 16 años cuando lo llamaron para avisarle que el técnico del primer equipo, Alejandro Capuccio, lo iba a sumar al plantel de primera que jugaba en el futbol del ascenso.

Olivera vivía en el barrio Los Reyes. “Donde estábamos era un barrio donde había tiros y mi representante Edgardo Lasalvia me dijo que no eran condiciones para vivir ahí y nos pudo dar una casa linda en Piedras Blancas”, reconoció el jugador.

De aquel llamado a integrar el equipo de los rojos fue un suspiro. “En un partido contra Bella Vista en el Complejo Rentistas yo estaba ahí en el banco con tremenda ansiedad y en determinado momento Cappuccio me llamó. Pah, se me movió el piso. Fue mi debut en el fútbol grande”, recordó.

Su primer juego como titular fue ante Villa Teresa. Olivera dice que la B es dura para jugar. “No es fácil, te presionan mucho, no te dejan jugar, cuando agarrás la pelota están arriba tuyo. Es difícil sacarte uno de encima. Además los defensas siempre te están diciendo cosas. Yo no les daba ni bola, pero intentan sacarte del partido”, admitió.

Con apenas 16 años Olivera firmó su primer contrato con el club hasta el año 2021. El chico reconoció que: “Siempre le doy la plata a mis padres para que no falte nada en la casa, para que la heladera esté llena y ellos me dan mil pesos para manejarme”.

El año 2019 fue soñado para Rentistas. El club volvió a Primera división. El sorteo del calendario le deparó a los rojos debutar contra Nacional en el Centenario. Como dijo el propio entrenador Cappuccio, un sueño.

Aquella noche, Cristian Olivera cumplió con su ritual habitual previo a cada partido. Antes de entrar a la cancha sacó la billetera de la mochila, la abrió y le dio un beso a la estampita de la Virgen del Verdún que le regalaron sus padres.

Y allá se fue, al teatro de los sueños. El partido fue increíble. Rentistas venció a Nacional.

Cuando terminó el encuentro, con la timidez propia de un adolescente, Olivera se arrimó al argentino Gonzalo Bergessio. El 9, que con su sola presencia mete miedo, lo miró y lo sorprendió: “guacho, te felicito por el partido que hiciste”, le dijo. Olivera atinó a preguntarle: “¿Me cambias la camiseta?”. A lo que  Bergessio le dijo que se la mandaba al camarín. Y así ocurrió.

Contra Nacional fue amaneza constante por su velocidad y dio un pase estupendo para el 1-0 de Maximiliano Falcón. El sábado la volvió a romper contra Boston River en Florida y metió con un implacable cabezazo el 2-2. 

Olivera parece estar viviendo en una burbuja. Rentistas también: le ganó 3-2 al Boston y quedó como único líder. Pero la vida sigue. En pocos días volverá al Liceo 13 para meterse en un salón como uno más. Lo espera un año donde, de 19 a 22.30 horas, cursará Cuarto año de liceo.

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