Cada vez que el que lleva el número 25 en la espalda salta a la cancha, en la tribuna el hincha suspira y manifiesta esa sensación de alivio que solo se expresa en las situaciones más incómodas. Y se ilusiona. Desde todo punto de vista parece lógico: porque en Sebastián Cristóforo se refleja la transformación de la imagen de las divisiones juveniles de Peñarol, que empiezan a lanzar al primer equipo jugadores de exportación y que pueden cambiar el futuro del club, con esos productos propios que vienen con un valor agregado que no se compra en ningún lado. A contrapelo de lo que establecía el modelo de juveniles, este pibe de 18 años, que habla italiano e inglés y este año va a cursar materias de Quinto año de liceo, quiere romper todos los moldes.
De vaquero, remera y chancletas llega a la sala de prensa ANTEL de Los Aromos, después del entrenamiento del sábado de mañana –en el que jugó en el equipo titular que igualó 1-1 con Cerrito–, y habla de la práctica con todos los medios. Explica que Da Silva le pide a los jugadores que jueguen por abajo, sencillo y simple. “Que no utilicemos como recurso el pelotazo largo a Marcelo (Zalayeta) aunque si estamos apretados sí lo hagamos”. Esa mañana jugó como volante por derecha. “Está bien donde me toque jugar en el mediocampo, de volante central, por derecha o izquierda. En juveniles también jugué de enganche”, agrega. Luego queda mano a mano con El Observador. Saluda y mira al piso, propio de la timidez y vergüenza de los primeros contactos con los medios de comunicación. El periodista intenta distender la situación y comienza a escribir en su papel lo que expresa el jugador. Cristóforo no entiende nada. Para él, los periodistas utilizan grabadores o micrófonos. “Llegué a Peñarol porque mi hermano jugaba en el club. En ese momento yo tenía 14 años y empecé en Séptima. Ahora mi hermano está en Huracán del Paso de la Arena”, dice, mientras con la vista sigue los garabatos que el periodista escribe en el papel. Es la excusa perfecta para disimular la timidez, que se remarca en cada expresión.
Cristóforo, que durante su niñez vivió en Shangrilá –actualmente en Punta Gorda–, hizo baby fútbol en Santa Rosa y San José de Carrasco. Luego tuvo una vertiginosa carrera en los aurinegros, un año de Séptima, otro de Sexta, el de sub 16, el de Quinta y de allí a Primera, previo pasaje por dos partidos en Tercera división. El 29 de mayo de 2011 debutó en el primer equipo con Diego Aguirre como entrenador, en la tarde que los aurinegros vencieron a Central Español por el Clausura 2010-2011. En ese momento, con 17 años, no tenía edad para manejar ni votar, pero ya arrancaba aplausos desde la tribuna.
Afuera lo espera pacientemente Santiago Silva en el auto, quien por estos días el delantero hace de chofer de Cristóforo, y la charla con el juvenil avanza en la sala de prensa. “Cambió la responsabilidad cuando llegué a Primera, pero me encontré con un plantel bárbaro. El Lolo (Estoyanoff) es una persona bárbara, pero cada uno aporta lo suyo”, dice para recordar a todos. Y se confiesa con la mirada en el piso: “No me gusta la exposición, soy muy callado y tímido. Mirá, la primera vez que salí en la televisión, porque me hicieron una nota, los vecinos del edificio se enteraron que jugaba al fútbol y yo no sabía dónde esconderme. Todos me saludaban”.
Hoy entrena con la sub 20 en el Complejo de la AUF, pero mañana regresa a Los Aromos, porque el viernes Peñarol juega ante Racing por el Clausura. “Estar en la selección me motiva para seguir trabajando. Y la verdad, si quedo o no en un grupo definitivo, con estar convocado alcanza”, dice sin tener más aspiraciones que seguir acumulando experiencia. Está en etapa de recimiento. “Primero quiero salir campeón con Peñarol, integrar una selección y luego, si existe alguna chance del exterior, llegará el turno de emigrar, pero eso está lejos aún. Tengo mucho para aprender”, agrega con amplio sentido de formación.
Cuando el periodista lo carga con la mochila de que es la imagen del cambio que se produjo en las divisiones juveniles del club, le baja decibeles: “¿Yo? No, nooo... ¿Qué yo soy la cara de los jóvenes? No, de verdad, soy uno más. Eso sí, estoy disfrutando cada día aquí porque es fantástico lo que vivo”.
Cristóforo explica el cambio que operó en las juveniles del club. “Hubo un antes y un después de la inauguración del Centro de Alto Rendimiento (CAR), porque nos cambió físicamente. Ahí estuvo el gran secreto. Ahora tenemos sala de aparatos, buenas canchas, una cancha de fútbol techada para jugar cuando llueve. Antes del CAR tres equipos entrenábamos en dos canchas alquiladas que no estaban muy bien. Ese sin duda fue un punto de quiebre bárbaro. Y Púa le puso el mismo estilo a todas las categorías juveniles”.
El volante alterna fútbol con estudios. Cursará quinto año en el Liceo Gabriela Mistral. “Es una forma de ocupar el ocio y de terminar el liceo”, dice, mientras sigue mirando los apuntes del periodista, y cada tanto levanta la vista. Algo cambió en su vida desde que hace casi un año debutó en la primera de Peñarol, ya no solo por lo que juega sino porque es la imagen del jugador uruguayo de la actualidad.