23 de marzo de 2012 19:08 hs

Luis es un electricista –especializado en ventiladores—, que vive en Parque Guaraní. Y a pesar de ser el segundo de la fila en la puerta del Abitab de 21 de Setiembre y Tomás Diago para sacar las benditas entradas para ver a Paul McCartney, no es ni cerca fanático del beatle.

De hecho, Luis va a sacar entradas pero no va a verlo, porque los boletos son para la patrona de su novia, que trabaja en una tienda de ropa. “Es una changa”, dijo a El Observador. “Me preguntó si estaba dispuesto a pasar la noche acá. Le tiré una cifra como para que me dijera que no, y aceptó. Yo no voy a ir. Con los cuatro (los Beatles) está todo bien, pero a este solo no lo fumo”, agregó Luis, cuyo ringtone en su celular es la canción brasilera Ai se eu te pego.

Cuando llegó a la puerta del local de venta sobre la medianoche del viernes para su sorpresa se encontró con que allí ya había gente haciendo cola. Dos mujeres sentadas en sillas reposeras y envueltas en frazadas habían iniciado una vigilia con un solo objetivo: asegurarse la entrada para ver al ídolo. Eran Luciana, una procuradora de 25 años, y su madre. Habían iniciado la cola invisible el jueves a las 22:30. Estacionaron el auto frente al Abitab y se turnaron de hora en hora para dormir en el asiento de atrás.

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En el último precedente de McCartney en la región, en noviembre de 2010, Luciana –una fanática absoluta que tiene su cuarto revestido de posters del autor de Yesterday- se perdió esa oportunidad. Exactamente un año después, intentando enmendar aquel el error garrafal, la chica sí cruzó a Buenos Aires, pero para ver a Ringo Starr. “Estuvo bien, pero no es lo mismo”, explicó la joven, negando con la cabeza, ayer a las 6:15 de la mañana. El fanatismo beatle mueve montañas, pero no puede con la sinceridad. Ringo es Ringo, y Paul es Paul.

Mientras la amplia mayoría de los fanáticos de Paul dormía un sueño liviano y siempre atento al despertador cercano, Luciana, su madre y Luis vivieron en la puerta de ese Abitab las vicisitudes de la noche: el movimiento y el ruido de un bar cercano, banditas de muchachos que pasaron hacia un lado y hacia otro, luego un chaparrón muy fuerte que los ensopó (a pesar de estar debajo de un alero) y los enfrió, luego el silencio de la ciudad dormida, el vacío de la madrugada y las primeras luces de un amanecer nublado.

Los tres resistieron la madrugada a base de mate. “Sí, casi quedamos verdes”, dijo Luis, quien le agradeció al portero del edificio Via Morretti (que está sobre el Abitab) porque varias veces le dio la salvadora agua caliente.

Con el “número tres” en la fila estaba Valentina, una estudiante de economía que llegó sobre las 6 de la mañana, y se sentó en una reposera a leer un libro de de Joseph Stiglitz. Vive en el edificio Azalea, enfrente al Abitab. Había puesto el despertador cada dos horas, y cada vez que este sonaba, se despertaba nerviosa, miraba por la ventana el avance nulo de la fila y volvía a dormir. hasta que a las 6 decidió bajar con la silla playera “para poder contar la historia” de la espera.

A las 6:40, un pelotón de obreros pasó caminando por 21 hacia la Rambla. Miraron con sorpresa al grupo de seis personas que formaban la breve cola frente al Abitab.
“No tendríamos que haber hecho esta locura”, le dijo Luis a la madre de Luciana. Pero de a poco, fueron cayendo más, con caras recién lavadas, con pelo peinado de apuro. La gente que se acercaba para engrosar la fila traía anécdotas de otros Abitabs, de cuánta gente vieron, de qué estaban haciendo, en una especie de hermandad entre beatlesca y mccartneana, que rápidamente se transformaba en competencia, porque la gente de todas las colas se transformaría en rival un par de horas después, a las 10 de la mañana, cuando el sistema habilitara la venta general.

El paisaje humano del barrio quedó reflejado en los integrantes de la fila para ver a Paul. Una señora con más de seis décadas en Pocitos se sumó a la cola y se unió a la tertulia recordando la historia de los edificios del barrio. En el edificio donde se encuentra el Abitab estaba la casa del economista Ramón Díaz. “Dos casas más allá, vivían los Zorrilla. Me acuerdo de ver a China ahí, y de cuando el Tranquilo era un bar de mala muerte”, contó la señora, quien recordó que siempre le gustaron los Beatles “porque los Rolling eran demasiado transgresores”.

Detrás de ella, llegó Mirta, una empleada doméstica de una casa de Villa Biarritz que estaba haciendo la espera para las entradas de los hijos de su patrona. Hace 20 años que trabaja en la misma casa, y quiere a los jóvenes, hoy veinteañeros, “como si fueran mis hijos”. Su marido le había preguntado esa madrugada cuando se levantó tan temprano a dónde iba. Mirta le explicó que debía hacer la cola.

“Lo hizo porque nos adora”, dijo Candela, la hija de la patrona, que llegó sobre las 9 de la mañana, acompañada por su perro salchicha, Alfredo, quien rápidamente se volvió popular en la fila. A su vez, una mujer que no había desayunado se acercó a pedir un café al local de Medialunas Calentitas lindero con el Abitab. A los pocos minutos, una moza recorría la fila que ya deba vuelta la esquina de Tomás Diago ofreciendo menúes matinales. En esa extraña lógica de la cola, cada nuevo integrante de la fila se celebró en los primeros lugares como una victoria.

La fila variopinta se salteaba las brechas generacionales, como sucede en cada concierto de McCartney en cualquier punto del planeta. Había jóvenes madrugadores (y no tanto), padres y madre con hijos adolescentes, había abuelos y nietos, y esa categoría imprecisa denominada “adultos”.

Sobre las 10, la brisa hizo despejar el cielo y el sol pegó fuerte en la vereda. El cajero de la única caja habilitada llamó a Luciana y a su madre. Avanzaron sobre el mostrador y debatieron con el cajero por el lapso de unos diez minutos. Ante la falta de entradas VIP, compraron numeradas en la tribuna Olímpica. Pasó Luis con la patrona de su novia: también compraron numeradas en la Olímpica, y entonces comenzó a circular el rumor de que todas las VIP estaban agotadas, de que la cancha estaba agotada, así como buena parte de la América.
Los pocos fanáticos que salieron del local con entradas en la mano, recibieron aplausos del resto y esbozaron sonrisa de felicidad.

Cuando El Observador llegó al mostrador, a las 10:20, solo quedaban disponibles entradas sin numerar para el tercer anillo de la tribuna Colombes, a $ 1.100. Unos diez minutos más tarde, se consumieron todo el resto de las numeradas en las otras ubicaciones. Instantes después, se pronunció la palabra más temida por la gente ayer de mañana: “agotadas”.

Caras de no entender, gestos de molestia, algún insulto contenido. Gritos desde la vereda hacia dentro del Abitab. Las caras de los empleados expresaban sorpresa y falta de respuesta. Diez minutos después, cuando toda la fila entendió que ya no había más chances de nada, se dispersó mascando rabia.

El único vestigio del show quedó en las pantallas planas del local, que mostraban imágenes de shows de McCartney repletos, con gente que había conseguido lo que la mayoría ayer no pudo obtener.

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