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Cuando jugar a la defensiva es perder

Si la oposición no se presenta con listas que aseguren un Parlamento con debate democrático, le servirá en bandeja la continuidad al FA

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26 de junio de 2018 a las 05:00

Tan pronto una sociedad decide que es diferente al resto de la humanidad empieza a recorrer un camino como mínimo peligroso. En economía ello se ve con especial claridad y con incontables ejemplos. No se conoce ningún caso de fracaso de países que hayan abierto su economía, liberado sus mercados, mantenido presupuestos equilibrados, impuestos pagables y bajo peso del estado. En cambio, sobran los ejemplos de cataclismos en aquellas economías que hicieron todo lo contrario: proteccionismo en cualquier formato, desequilibrio fiscal, impuestos altos y crecientes. Esto es más especialmente válido en caso de baja población.

Es además una obviedad que, cuanto menor el tamaño e injerencia del Estado, resulta menor el nivel de corrupción (cuando se decide evidenciarlo). La sinonimia estatismo - corrupción es también universal. Y asimismo estos resultados son aplicables a la reducción de la pobreza y la generación de empleo.
La negación de los ejemplos de los fracasos ajenos bajo el rótulo de "somos distintos", que con alarmante unanimidad repiten todos los estamentos sociales de cualquier ideología en Uruguay, rechaza también el valor de la estadística, de la prueba empírica, de los resultados, de la ortodoxia y de cualquier ciencia y pisa casi el límite del terreno de la ignorancia. Como consecuencia primaria, la resultante es tratar de crear un sistema propio, diferente, que se adapte a las propias necesidades y a las propias convicciones, por imposibles que fueran, contra leyes inmutables.

En esas condiciones, el desempleo es siempre percibido como endógeno, provocado por alguna fuerza enemiga que odia a los trabajadores y los explota. La inversión es siempre escasa, y suplida por el estado, que también será el proveedor de puestos de trabajo, obviamente ficticios, porque la burocracia lo es por definición. El mundo exterior es malo, perverso y quiere quedarse con la riqueza y el empleo propio. El turismo depende de la suerte de los vecinos, el tipo de cambio de que el gobierno lo manosee, las radicaciones de que a alguien se le regale todos los impuestos y la infraestructura, mientras que tales ventajas se le niegan al resto de la sociedad. La exportación, de que el competidor suba sus costos o baje su oferta por alguna circunstancia errónea o casual.

Esa creencia de ser una excepción en el mundo fue la que llevó a Argentina a la triste situación en que está. Como a otros países que tarde o temprano debieron abandonar el voluntarismo progresista y adaptarse a la lógica, más que a una concepción ideológica o aún científica. Pero por supuesto, es mejor escudarse bajo el rótulo "somos distintos", como el "Dios es...." que usan tantos hermanos latinoamericanos.

Es como si se hubiera decretado que los múltiples paralelos con las barbaridades de 70 años del país cisplatino no debieran contar a ningún efecto. Por supuesto, porque se trata de "sociedades distintas". Lo que se llamaría una mezcla perfecta de soberbia y ceguera. Como si se decretase que el país está libre de la neumonía, la gripe o el infarto.

A partir de esa deconstrucción es posible concebir modelos dialécticos que consideren las condiciones internacionales cuando son favorables como mérito propio de la ideología socialista –y entonces repartirse de modo populista– y cuando son desfavorables las presenten como crisis exógenas que deben paliarse con impuestos y exacciones a la sociedad productiva.

Pero esta autoatribuida condición de únicos, solitarios y diferentes, también conlleva el temor, el complejo de inferioridad fomentado que impide competir, salir a vender, abrir la economía en serio, bajando impuestos, no aumentando o inventando nuevos. La falta de confianza en el propio esfuerzo y las propias capacidades hace que se busque al estado, pésimo administrador de cualquier cosa, para que eduque, cuando no puede hacerlo a ningún costo, para que de empleo, que es siempre a costa de crear más burocracia y más ineficiencia, para que regule con irresponsabilidad sueldos y condiciones laborales que ahuyentan el empleo y la inversión.

Si se analiza la historia, Uruguay no es tan diferente como pretende serlo. Esta economía de protección, regulación, control y gravámenes de todo tipo a una minoría inversora y productora cada vez más pequeña y exangüe, de desprecio por el mérito y la eficiencia, de temores, de jugar a la defensiva y al arrugue, se aplicó mucho tiempo en muchos países. Hasta que sus sociedades se transformaron en masas sin voz y sin coraje ni entidad. Y la reacción de los iluminados que las llevaban a ese estado eran siempre la misma: "Hace falta mayores dosis del mismo remedio", colectivista y confiscatorio. Hasta matar toda creatividad, toda competencia, todo esfuerzo personal, todo futuro y por supuesto, toda inversión interna o externa.

La condescendiente aprobación a regañadientes de la izquierda extrema al inocuo tratado con Chile, no debe ser vista como un avance. Al contrario, será percibida como un evidente retroceso en un contexto que requiere participar y pertenecer, no someter cada idea a un escrutinio histérico para ver el menor atisbo de apertura no lesiona ningún interés o ningún privilegio. No muy distinto a la cínica declaración del PIT-CNT que ahora se propone "ayudar" a los inmigrantes a conseguir mejores condiciones de trabajo, o sea, que procura que sean desocupados en busca de un subsidio. El monopolio gremial, tan malo como el proteccionismo empresario, en suma la misma cosa. Con el sello de aprobación del rey, o el estado recaudador.

Uruguay no es distinto, como pregona. Sólo se comporta hoy como lo hicieron en el pasado las arcaicas concepciones socialistas, ya extinguidas. Se está confundiendo obsolescencia olvidada y sepultada con originalidad y exclusividad. La misma soberbia que el oriental odia del porteño, pero más silenciosa y disimulada. E igualmente equivocada. Por eso la única propuesta que se le ocurre al Frente Amplio para conseguir su reelección es aumentar los impuestos y profundizar la defensa de lo que ya ha perdido. Empezando por el tiempo y la oportunidad desperdiciados. Por eso la oposición sigue aferrada a su concepción casi futbolera y de café de la política, con cada uno de sus líderes buscando levantar una copa que nunca ganará jugando a la defensiva, una receta que tal vez sirva en fútbol, pero no para conseguir el bienestar general, ni siquiera para ganar una elección.

Creyendo que se cuida lo que va quedando, que cada vez será menos, se llega a no tener nada para cuidar. Es obvio que el Frente, aferrado a sus ideas que nunca sirvieron, jamás lo entenderá, porque al neomarxismo que contiene en sus genes no le importa la sociedad oriental, le importa solamente el triunfo de una ideología que pretendió ser universal y suprasoberana y fracasó hace 40 años, como fracasó en sus regurgitaciones cubanas y venezolanas.

Por el inteligente uso que el eje izquierdista hace del sistema electoral, la columna sostiene que si la oposición no se presenta con un esquema que ofrezca no ya una única opción presidencial, sino también una imbricación de listas de legisladores que aseguren un Parlamento con verdadero debate democrático, le servirá en bandeja la continuidad no sólo al Frente Amplio, sino a la languidez de la pequeñez.

Porque puede que Uruguay sea único en su estilo. Pero no es diferente en las consecuencias de sus decisiones económicas. Nadie lo es.

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