El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
2 de septiembre de 2023 5:04 hs

La muerte esta semana tras un intento de suicidio de Waldemar Victorino (1952-2023) que tuvo un tan fugaz como brillante pasaje por el Club Nacional de Football y la selección a comienzos de los años ochenta generó en los uruguayos que fuimos chicos en esos tiempos una sensación de rabia, impotencia y dolor.

“No era un problema económico ni familiar lo que tenía, sí faltaba aquello del fútbol, lo extrañaba totalmente. Tenía otro trabajo, un comercio, y llega un momento donde uno se hace veterano y la maldita jubilación a veces te hace llegar a sentirte en el fondo sin tener una salida, porque estás ahí sin hacer nada, no tenés ganas”, comentó en una radio deportiva Walter El Indio Olivera, un histórico zaguero de Peñarol, rival de Victorino.

“Cada vez te sentís peor, y lamentablemente algunos, como Victorino, pienso que le habrá pasado lo mismo, no aguantó y sucede lo que pasó”, reflexionó desconcertado el otrora férreo adversario también campeón del mundo, pero con Peñarol en el año 1982.

En casi todos los grupos de WhatsApp la noticia fue ampliamente comentada y disparó reflexiones, comentarios, balbuceo de justificaciones y la clásica pregunta para la que hasta ahora no hay respuesta.

¿Por qué Uruguay tiene uno de los índices de suicidios más altos del continente y del mundo? Interrogante que sigue sin responderse pese al pase de los años, los gobiernos y las tormentas.

El suicidio se ha convertido en uno de los mayores dramas que aquejan al país. Lo dicen las cifras y lo avalan los especialistas. Es una tendencia creciente desde hace 20 años.

Las razones que subyacen a este fenómeno están asociadas a aspectos personales y sociales, que trascienden los efectos de la pandemia de la covid-19. “Por eso es tan importante que su tratamiento no sea solo médico, porque habitualmente no hay una sola causa”, sostuvo la ministra de Salud, Karina Rando cuando visitó el Parlamento en el Día Nacional para la Prevención del Suicidio.

Durante 2022, 823 uruguayos –un promedio de dos personas por día– se quitaron la vida. Ese número representa una tasa de 23 suicidios cada 100.000 habitantes, más del doble del promedio regional, que se encuentra en 9 cada 100.000, y solo por debajo de Guayana y Surinam . En 2019, la tasa uruguaya era de poco más de 21, según un informe de la Organización Mundial de la Salud.

El 17 de julio en el Parlamento la ministra también planteó la extrañísima coincidencia que vive Uruguay: en un ranking de la ONU es una de las naciones que se sienten más felices del planeta. Se ubica en el puesto número 28 de la ranking mundial y cuarto en el continente americano.

 

Cuando sucede una triste muerte como la de Victorino, la reflexión de lo que hacemos o dejamos de hacer, de la fortaleza de los pilares de nuestra zona de confort y de cómo encarar temas como la amistad, las relaciones familiares, el de dar una mano a aquel que está en la mala o al que vemos callado hace tiempo nos vuelve a aguijonear. De alguna forma es imposible esconderse de ese espejo.

Todo eso dispara la partida así de alguien tan querido en la memoria futbolera en el país más futbolero del mundo. Pero inmediatamente aparecen otras noticias como la cantidad de policías que también se quitan la vida en Uruguay.

Mientras para la población general la tasa es de 23 suicidios, en la Policía es de 63 cada 100.000 habitantes. Unos días antes de lo de Victorino otro uniformado de azul se quitó la vida a los 23 años, siendo el treceavo en hacerlo en lo que va del año.

Tanto desde el sindicato policial como desde el sentido común se reclama por este problema que afecta sobre todo a la Policía Nacional, pero para el que no se han encontrado respuestas ni soluciones. Intuyo que en parte no las hay porque no deben existir ni las herramientas, ni los equipos especializados ni los recursos disponibles.

Sea en la policía, entre los jóvenes o los ancianos es un dilema esencial que cruza todas las capas de la sociedad. Es un problema que no hay que callar y poner arriba de la mesa. Durante años se dijo que de estos temas era mejor no hablar. Había que barrer para debajo de la alfombra por el estigma que persigue a los suicidas y ese sentimiento tan humano de culpa y rabia de los que querían bien a las personas que deciden irse de esta manera tan violenta y no pudieron evitarlo.

Por lo contrario, una de las cosas buenas que traen estos tiempos de hiper información es que el drama antes oculto empieza a aflorar y nos obliga tener que encararlo. No solo hay que hablar del tema, sino que hay que generar un estado conciencia colectivo para asumir el problema y así generar la reacción del Estado y de la sociedad organizada. Acciones que permitan evitar ese momento de desesperación que determina el fin de una vida abruptamente, no es solo cosa del Estado. No se gana nada echándole toda la culpa.

Para los uruguayos varones de aquella niñez Victorino con sus tres goles en la Copa de Oro de 1981 en el Estadio Centenario (Holanda, Italia y Brasil) fue lo más parecido a un héroe griego, pero bien oriental.

Los de Peñarol tenían a Fernando Morena, a los de Nacional les apareció Waldemar Victorino. Y con dos goles claves más a recordar: en la final de la Copa Libertadores de América ante el Inter de Porto Alegre y en la final del Mundo de Clubes en Tokio contra los ingleses del Nottingham Forest. En un corto período de no más de dos años había salido campeón de todo. Había completado una saga de cinco goles fundamentales para la gloria de Nacional y del fútbol uruguayo.

Pelo largo en un tiempo en que no estaba bien visto. Y sin patear penales ni tiros libres, siempre bien ubicado en el área chica, Victorino logró hacer vibrar a todo un país en tiempos de tristeza: la dictadura militar estaba sólida y el pueblo no tenía alegrías. Él se las dio. Su idilio duró poco, pero alcanzó lo que pocos logran: dejar en la memoria una imagen inolvidable, llena de vitalidad. Es así como hay que recordarlo. Será nuestro insuficiente homenaje.

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