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23 de marzo 2023 - 15:00hs

Por Martin Wolf

Los bancos están diseñados para quebrar. Y así sucede. Los gobiernos quieren que los bancos sean lugares seguros para que el público guarde su dinero y, al mismo tiempo, tomadores de riesgo con fines de lucro. Los bancos son, al mismo tiempo, servicios públicos regulados y empresas que asumen riesgos. Los incentivos para los directivos los inclinan a asumir riesgos, de la misma manera que los incentivos para los Estados los inclinan a salvar la empresa de servicio público cuando la asunción de riesgos la hace ‘estallar’. El resultado es una costosa inestabilidad.

Si una cosa está clara en cuanto a los acontecimientos de las dos últimas semanas, es que las tan aclamadas reformas introducidas tras la crisis financiera mundial no han cambiado mucho nada de esto, o al menos no lo suficiente.

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Sí, el apalancamiento de los sistemas bancarios ha disminuido desde la crisis. Pero sigue siendo peligrosamente alto. Según la Reserva Federal (Fed), el 8 de marzo de 2023, la diferencia entre el valor contable de los activos y los pasivos de deuda de los bancos comerciales estadounidenses era de US$2.137 billones. Esta porción de activos respaldados por capital teóricamente tenía un valor de US$22.8 billones. Pero un artículo reciente sugiere que las pérdidas de valor de mercado — pérdidas en papel — ya rondan los US$2 billones. Una corrida bancaria generalizada haría aflorar estas pérdidas y acabaría con el capital propio. Para evitarlo, es posible que las autoridades tengan que proteger todos los depósitos.

Se han pronunciado agradables palabras sobre la necesidad de una solución ordenada para los bancos en quiebra, en la que el capital propio sea lo primero en desaparecer. Pero eso no fue lo que ocurrió al salvar a Credit Suisse. Los socios y accionistas conservaron su valor y el Estado también les proporcionó garantías indirectamente, al garantizar a UBS. Sin embargo, el ministro de Finanzas suizo nos dice: "Esto no es un rescate. Es una solución comercial". De hecho, es un rescate. Puede que, en general, sea la solución menos costosa. Pero no es así como se suponía que debería funcionar el régimen posterior a la crisis de 2008. Yo no estoy realmente sorprendido.

A estas alturas, todavía no está claro cuán grave va a ser esta crisis. Pero ya es evidente que las reformas posteriores a la última, aunque infinitamente mejores que nada, no fueron suficientes, especialmente después de que la administración Trump las manipuló. Las reformas no han garantizado un sistema a prueba de crisis. No han proporcionado una forma fluida de resolver el problema de un banco en crisis, particularmente si corre el riesgo de convertirse en sistémico.

Entonces, ¿qué se puede hacer? Existen cuatro enfoques amplios en relación con una reforma.

En primer lugar, dejar que prevalezca el mercado, como ha argumentado Ken Griffin, de Citadel. Por desgracia, las funciones de los bancos en la provisión de dinero y de crédito son demasiado vitales para permitirlo. La idea de que la garantía gubernamental de los depósitos crea un riesgo moral también es complicada. Los depositantes no pueden monitorear la solidez de los bancos en tiempo real: la ausencia de seguro sólo les haría estar más nerviosos. Pero su presencia es claramente una subvención a los accionistas y, por lo tanto, fomenta un mayor apalancamiento y una mayor asunción de riesgos.

En segundo lugar, reforzar la regulación actual. Todos los bancos con depósitos asegurados "de iure" o "de facto" deben estar regulados de la misma manera en cuanto a solidez del capital y liquidez. La decisión de excluir al Silicon Valley Bank (SVB) de la red reguladora de los bancos de importancia sistémica fue un error, porque cualquier cosa puede desencadenar un pánico si un número suficientemente grande de bancos tiene vulnerabilidades similares. Además, al tiempo que se amplía el seguro de depósitos, hay que aumentar las primas de seguro y vincularlas a las características de riesgo de los bancos, como el apalancamiento. Una vez más, hay que hacer que las pruebas de resistencia sean universales y brutalmente realistas en todos los riesgos, incluyendo las tasas de interés.

En tercer lugar, ir mucho más allá de lo habitual para aumentar la solidez de los bancos. Una recomendación sugería pasar a un apalancamiento de tres a uno, en lugar del 10 o 20 a uno común actualmente. Una propuesta alternativa es obligar a los bancos a financiarse con deuda que se convierta automáticamente en capital cuando disminuyan las valoraciones del mercado. Las ideas anteriores irían acompañadas de una estricta valoración a precios del mercado de sus cuentas. Una propuesta de Mervyn King, ex gobernador del Banco de Inglaterra, es que los bancos igualen los depósitos a sus activos líquidos, que incluiría un valor preacordado de garantía frente a préstamos de prestamistas de último recurso. Esto garantizaría la liquidez en todo momento. Por último, deberían imponerse sanciones a la directiva de los bancos en quiebra, reflejando la realidad de que se trata de empresas de servicio público.

En cuarto lugar, abandonar este intento de combinar la provisión de dinero con préstamos de riesgo en un solo tipo de negocio. Esto tendría dos elementos complementarios.

Los pasivos al público que se supone que deben ser perfectamente líquidos y redimibles a la par ("dinero") deberían corresponderse uno a uno con activos similares. Esto pudiera hacerse obligando a los intermediarios a mantener reservas en el banco central o pasivos públicos de liquidez similar. Éste es el famoso "Plan de Chicago". Pero ahora los miembros del público pudieran poseer dinero del banco central directamente. Eso era imposible cuando el acceso a la banca requería redes de sucursales, pero ahora sería posible que todo el mundo poseyera monedas digitales del banco central perfectamente seguras, en cualquier cantidad. Esta idea convertiría al banco central en el proveedor monopolístico de dinero en la economía. La gestión del sistema de pagos digitales pudiera transferirse a compañías tecnológicas. El dinero creado por los bancos centrales se podría utilizar para financiar al gobierno (sustituyendo a los bonos del gobierno) o invertirse de otras formas.

Mientras tanto, la intermediación del riesgo pudiera ser realizada por fondos mutualistas, cuyo valor fluctuaría con el mercado. De forma menos radical, la intermediación pudiera estar a cargo de instituciones bancarias, pero financiadas por una mezcla de acciones, bonos y depósitos a plazo, no depósitos a la vista.

Nadie está preparado todavía para estos últimos enfoques. Pero el segundo y el tercero deben figurar en la agenda. La banca se revela como una parte del Estado enmascarada como parte del sector privado. Como mínimo, debe ser mucho más sólida. Lo ideal sería transformarla radicalmente.

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