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De cómo la cuarta temporada de Stranger Things le devolvió el corazón a la serie de Netflix

El viernes se estrenaron los dos últimos episodios de la serie de Netflix, que completaron la temporada más violenta, emocionante y épica de todas

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05 de julio de 2022 a las 05:02

Atención: esta nota tiene (muchos) spoilers de la última temporada de la serie. Proceder con precaución.

Hace mucho tiempo atrás, en aquella época inocente en la que Netflix nos tenía a todos engañados y apartados del hecho de que su verdadera misión era convertirse en una fábrica de chorizos audiovisuales, apareció una serie que era peligrosa. Sí, eso mismo: peligrosa. Y era también traicionera, y estaba llena de trampas en las que era fácil caer. Porque si empezabas a verla sin cuidado, si no prestabas atención y te adentrabas sin mirar bien dónde pisabas, Stranger Things se te metía en el corazón. De una. Te agarraba y te masticaba. Era muy sencillo. Y fue inevitable: todos caímos en el hechizo de los hermanos Duffer, y el Upside Down, Eleven y sus compinches pasaron a formar parte de la primera línea de la cultura más pop de la segunda década del siglo XXI. Stranger Things se convirtió en ese éxito porque conseguía algo que la diferenciaba del resto: llenó la vacante de la aventura familiar ambiciosa en televisión, se apuntaló entre guiños poco sutiles a una época recubierta por el halo benigno de la nostalgia, y sobre todo generó un calor en el pecho de sus espectadores que tenía mucho que ver con esa explotación estética y narrativa de los ochenta, claro, pero también con una forma de entender el mainstream que la acercó mucho al confort. Ver Stranger Things, en algún sentido, se sentía bien. Hacía bien.

A seis años de la primera temporada, y después de algunos altibajos que hicieron a varios levantar una ceja y enarbolar la idea de que era hora de matar el proyecto, la producción logró reconectar con aquella manera de entender el vínculo con sus espectadores y volvió con una cuarta entrega formidable y espectacular que, para seguir en la línea del primer párrafo, es imposible que no vuelva a encontrar su espacio allí, en el corazón del espectador. 

Esta es la temporada más ambiciosa, violenta y epiléptica. Es también la más emocionante, la que tiene mayor desarrollo de personajes, la que expande y revincula su propia mitología, y la que más se mete —ya era hora— en los problemas humanos que sus cada vez más adultos protagonistas empiezan a enfrentar. No solo está el cuco de las hormonas alborotadas acechando detrás de las paredes en esta penúltima entrega: el suicidio, la depresión, los pensamientos circulares y la falta de luz en medio de vidas teñidas por las tinieblas más densas se hacen carne en Vecna, un villano que al mismo tiempo homenajea y actualiza a Freddy Krueger, y que trae una carga de crudeza impactante e inédita a la serie. 

El dato de Freddy no es al azar, ya que además del cameo de Robert Englund, la trama parece inspirarse ligeramente en el modus operandi del asesino de las cuchillas para tomar forma. En este caso, el monstruoso Vecna asola al ya condenadísimo pueblo de Hawkins, Indiana y asesina de forma violenta a una serie de adolescentes que pronto serán más que un número al azar. Huesos quebrados, ojos que se hunden en un estallido de sangre e imágenes espeluznantes: los Duffer se animaron a cruzar la línea del terror y el gore en esta temporada, y valió la pena el riesgo. Porque, además, los motivos detrás de los crímenes de Vecna son otra de las cartas que hacen de esta temporada algo satisfactorio: si bien hay algunas conexiones atadas con alambres, los guionistas cierran un círculo argumental sobre las bases del propio universo de la serie y hacen que todo quede conectado de cara al final. Es una jugada inteligente que edifica, sobre los últimos minutos del episodio final, a un gran mal lovecraftiano que espera en la otra dimensión para apoderarse de todo. Y que consigue, en medio de un cataclismo, dar el paso final.

Vecna, el villano más peligroso de la serie apareció en esta entrega

De todas formas Stranger Things siempre ha sido mucho más que sus monstruos o terrores nocturnos: acá nos importa la gente. Eleven, Mike, sí, Will también, pero sobre todo el buenazo de Dustin, su química con Steve, la adorable Robin de Maya Hawke, Lucas, Max y el resto. Pero volvamos a Max, porque es el hasta ahora algo descartable personaje de Sadie Sink el que se adueña de toda la temporada y protagoniza 1) el momento más épico del “primer volumen”, al escapar de Vecna y sus tentáculos gracias al poder del hitazo Running up that hill de Kate Bush 2) el momento más desgarrador de la conclusión, cuando Vecna finalmente logra quebrar su resistencia, cuando la destruye físicamente y en brazos de Lucas dice “no estoy lista para irme” entre lágrimas. Pero además su personaje, quizás el más oscuro y atormentado de todos los que conforman la “bandita” de la serie, logró escalar posiciones. Hoy es de lo más interesante que tiene la historia. Su destino, de cara a la quinta temporada, está en duda. Su estado vegetal parece ser total, aunque de seguro “las magias” de Eleven en algo ayudan para traerla de vuelta.

Max fue un pilar de la temporada

Hablando de pérdidas, la cuarta temporada también nos permitió conocer a Eddie Munson, el líder del club Fuego Infernal, y a su contrapartida: Jason, el líder de los “populares”, reconvertido luego en vengador fanático y siniestro. El primero se ganó el corazón de todos, protagonizó el momento más metalero de todas las temporadas tocando Master of Puppets de Metallica en medio de un ataque de murciélagos rabiosos, y murió como un héroe para salvar al pueblo rancio que lo quería linchar erróneamente. Jason, en cambio, se llevó lo que mereció: unas cuantas trompadas de Lucas y una muerte a manos de “la grieta mágica” que Vecna abrió sobre el final y que promete bichos más peligrosos que los vistos hasta el momento en el futuro.

Por supuesto que la temporada también tuvo sus lagunas. Por momentos la trama rusa se sintió algo estirada —aunque valió la pena para ver a Hopper matando a un Demogorgon con la espada de Conan el Bárbaro y ese abrazo de reencuentro entre él y Joyce—, el grupo californiano no tuvo mucho que aportar, y como siempre ciertas decisiones de los personajes parecen algo aleatorias, pero lo importante acá es que la serie recuperó su forma, lo hizo con un despliegue visual apabullante, picos de emoción y un final épico y algo agridulce que dejó seteada una temporada final que tardará en llegar. Pero que se espera, sin embargo, con esa certeza extraña, algo macabra pero al mismo tiempo cálida, de que Stranger Things supo encontrar el camino de vuelta al corazón de sus seguidores. Y eso es bueno.

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