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11 de mayo 2020 - 5:00hs

Cuando en los Oscar del 2016 Bonnie y Clyde erraron los tiros y condenaron a La La Land a ser, para siempre, la película que ganó sin ganar, los boquiabiertos espectadores olvidaron al instante que minutos antes habían sido testigos de un hecho histórico. En el mismo escenario en el que el trofeo mayor pasaba, ahora, a manos de la gente de Luz de luna, un muchacho de 32 años, de pelo negro rizado, marcas de acné en la cara, flaco y bastante nervioso, daba las gracias a todos por convertirlo en el cineasta más joven en la historia en ganar el premio a la Mejor dirección. Con una sonrisa torva y haciendo reverencias, el director de La La Land balbuceaba frente a miles de personas, visiblemente emocionado y con una certeza que ni la equivocación más grande de la historia de Hollywood podía opacar: que con apenas tres películas y muchas ideas en la cabeza, acababa de tallar su nombre en la historia. Que ahora le tocaba jugar de titular.

Su nombre sonó mucho por aquel entonces. Damien Chazelle. Y sonaba extranjero, europeo, tenía ese qué se yo y con razón; había raíces francófonas en su matriz. A la vez, era bien autóctono: había nacido en enero de 1985 en Providence, Rhode Island, a medio camino entre Boston y Nueva York. Así, el ruido que su célebre y premiado musical cargó durante los meses de estreno lo zarandeó para todos lados como si estuviera metido en una licuadora. Todos querían saber quién era, qué había hecho, y los que ya conocían su trabajo se felicitaban de saberse descubridores antes del descubrimiento. El entusiasmo llegó a un pico cuando se llevó el premio la noche del 26 de febrero de 2017. Parecía un veterano y su carrera recién había empezado.

Hoy, tres años y un par de meses después de aquel fervor, el cineasta franco americano aparece de nuevo entre los nombres del año, pero el nuevo proyecto que lo incluye tiene otras características. Aunque el jazz lo sigue acompañando como en sus primeras tres realizaciones, este director, guionista y productor de 35 años pegó un volantazo y se fue a Netflix y a la pantalla chica. Decidió probar suerte con las series y, así, desde este viernes en esa plataforma está disponible The Eddy, una producción de ocho capítulos ambientada en el mundo del jazz de París, en la que él oficia de productor ejecutivo y en la que dirige los primeros dos episodios.

The Eddy, que está creada por Jack Thorne –el dramaturgo que llevó a Harry Potter a las tablas del West End y Broadway–, sigue las idas y vueltas de un club de jazz en la ciudad de la luz y está protagonizada por André Holland –que curiosamente protagonizó Luz de luna, la película que le arrebató el Oscar a La La Land– y Joanna Kulig –la gran estrella de Cold War, de Pawel Pawlikowski–. Es, en breves trazos, una historia de amor, música, obsesiones y talentos. Cuatro palabras entre las que, podríamos decir, ha transcurrido hasta ahora la vida del director del Oscar récord.

La luna, las estrellas, la música

De adolescente estaba obsesionado con el jazz y no quería parar de tocar la batería. Se llenó las manos de ampollas, los tambores de sangre y la cabeza de frustraciones, pero al contrario de su protagonista en Whiplash (2014), no tuvo ni una sola noche de gloria. Así que se olvidó de esa locura momentánea y se puso con lo que de verdad le agilizaba la sangre: el cine. Así y todo, Chazelle nunca renegó de los años musicales. Sabe que le dejaron un sentido sobrenatural del ritmo que luego manejó a piacere en sus películas.

“Siempre, desde niño, quise hacer cine. Lo de tocar la batería fue más bien una fiebre temporal derivada de mi fanatismo por el jazz, y que como demostraba Whiplash llegó demasiado lejos. Siempre supe que no sería un buen batería. De todos modos, a mi pasado como músico le debo lo que soy como director. Pienso en las escenas rítmicamente, y busco la musicalidad del montaje”, contó en entrevista con El periódico de Barcelona.

Chazelle se fue a la Universidad de Harvard y ahí, entre el prestigio y la bohemia, conoció a quien sería su socio y mano derecha en su camino a Los Ángeles: el compositor Justin Hurwitz, que lo acompañó en las cuatro películas que lleva dirigidas hasta el momento y que se ha convertido en una pieza infaltable de su cine. Cuando los dos amigos terminaron los estudios, enfilaron juntos hacia la costa oeste. Nueve años antes de La La Land, desempacaron en Los Ángeles, una ciudad mítica que para Chazelle, enamorado de ella desde la niñez, solo significaba una cosa: cine.  

Los musicales siempre estuvieron en su horizonte. Además de su locura por el jazz, Chazelle se ha declarado fanático de Cantando bajo la lluvia y otros grandes musicales –aunque también es admirador de la Nouvelle vague y sus exponentes, sobre todo de Jacques Demy–, y su primera película no buscó ser otra cosa. Guy and Madeleine on a Park Bench (2009) es una pequeña aproximación en blanco y negro al mundo del jazz y tiene pequeñas semillas que luego germinarían en La La Land. Usualmente se olvida que Chazelle comenzó con esta película, y es lógico, porque lo que vino después fue impresionante y, para muchos, el pico de su todavía escueta obra.

Whiplash primero probó ser un corto. Y cuando se dieron las condiciones, se convirtió en un largometraje. La película es sangre, sudor y lágrimas. Es música, es obsesión, es la experiencia en la música de su autor, es una historia intensísima que te deja agotado y con la cabeza abombada por el pulso frenético del tambor y la trompeta. Tiene la mejor actuación de la carrera de J. K. Simmons –se ganó un merecido Oscar por ella– y algunos pasajes en los que el ritmo está desatado, que repiquetea como los palillos transpirados del protagonista y que no te suelta hasta la mirada final. Fue una segunda película sublime. Pero también podía ser suerte de principiante. Spoiler: no lo fue.

La La Land, su tercera película y ya mencionada varias veces en esta nota, partió aguas. Algunos se enamoraron de ella y otros la repudiaron con un odio que era más visceral que fundamentado, y que se enraizaba más en su casi unánime aprobación que en sus defectos. Aun así, fue un boom. Su relato artificialmente encantador, la química entre Ryan Gosling y Emma Stone, la fabulosa música compuesta por Hurwitz y su coda, una de las mejores de los últimos años, hacen de este inocente y precioso musical una película inolvidable. Dejó, además, una de las canciones más bellas que se han escuchado en las salas de cine del siglo XXI: City of stars. A Chazelle le costó hacerla, y de hecho la idea la tenía desde antes de Whiplash. Tanto le dijeron que no, que decidió cambiar el orden de los factores y, con ello, alterar el producto. Para bien.

“Los musicales tienen cierta veta experimental y la voluntad de romper las reglas. No olvidemos que en ellos la gente rompe a cantar y bailar de repente. Lo que me enamoró es que te agarran por sorpresa y te conmueven como las películas más realistas son incapaces de hacerlo. Algunos te hacen muy feliz, otros te ponen muy triste, pero todos los buenos musicales te dejan hecho un flan” dijo Chazelle, y en efecto, La La Land te deja hecho un flan.

Después de todo el polvo que se levantó con los zapateos de su oscarizada película, Chazelle se metió a jugar por primera vez un guion ajeno y con una historia de conquistas que él, sin embargo, contaría desde un punto de vista extremadamente íntimo. En El primer hombre en la Luna (2018), el cineasta repite con Gosling frente a cámaras y con el reto de retratar a Neil Armstrong en ese pequeño paso para el hombre y gran paso para la humanidad que fue el alunizaje del Apolo 11. Esta película, pausada, reflexiva, más grande que sus anteriores proyectos y centrada más en los conflictos internos del astronauta que en la grandilocuencia de su hazaña, tuvo menos cariño del que mereció. En ella la británica Claire Foy está estupenda y la composición de Hurwitz alcanza cotas tan profundas como el cráter más hondo del satélite terrestre. Con el tiempo ganará más aplausos de los que tuvo.

Hasta ahora, Chazelle ha demostrado estar más preocupado por el camino que por el resultado, por el proceso que por el fin. Es con el foco puesto allí que logra contar las bondades y las miserias de sus personajes, es allí donde afloran los sacrificios y la obsesión, el anhelo por los triunfos y la sordidez de la derrota, los sueños y la realidad. Es con estas búsquedas que parecen fútiles y el amor puro –por la música, otra persona, un sueño o una misión espacial–, que ha decidido empedrar su camino a la grandeza. Pero vale la pena volver a sus finales para terminar: Whiplash, La La Land y El primer hombre en la Luna terminan en silencio, con miradas que se sostienen en otras, conteniendo el peso del instante antes de una explosión de alegría, alivio o resignación que nunca llegamos a ver. En los tres casos Chazelle nos deja con el corazón en la boca. En los tres casos sentimos que nos desinflamos y, al mismo tiempo, que acabamos de ver buenas películas, grandes películas. En los tres casos, sentimos que para Chazelle esto es solo el comienzo. Pero qué comienzo.

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