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Debates informativos necesarios

Carta del lector Marcelo Gioscia sobre el quiebre institucional de 1973

Misa aniversario del 18 de mayo, celebrada en 2019 en la catedral

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01 de marzo de 2021 a las 05:00

Por Marcelo Gioscia

Tal vez pueda llamar la atención en muchas partes del mundo que en Uruguay hechos ocurridos hace 50 años sigan siendo el centro de programas periodísticos. Sin embargo, estos hechos históricos que no admiten cuestionamiento alguno, y que hacen nada menos que a la conformación de la historia contemporánea del país, tendrán que ser trasmitidos e informados una y otra vez, especialmente para que, quienes no los vivieron, puedan analizarlos y comprenderlos.

Pues solo de esa manera, estos jóvenes podrán estructurar una visión de los acontecimientos pasados y adoptar posición frente a lo que realmente aconteció. Me refiero a los hechos que precedieron al quiebre institucional de 1973, que comienza a gestarse diez años antes: en 1963, cuando los destinos de nuestra República los regía un sistema colegiado de gobierno, democráticamente electo.

Porque ha sido muy diverso el relato de estos hechos comprobados, que ha pretendido imponer la izquierda a través de sus voceros, para intentar presentarse como “opositores” a la dictadura, cuando en puridad —salvo muy honrosas excepciones como la de Carlos Quijano en Marcha— aplaudieron el advenimiento de los militares golpistas, así como los comunicados 4 y 7 de aquel nefasto inicio.

En 15 años en el poder —al que accedieron respetando las reglas de nuestro sistema democrático y republicano— jamás reconocieron que no tiraron ni un solo tiro contra los militares, ni menos que sus principales dirigentes, ya en 1972, se encontraban privados de libertad.

Pero no solo eso. Siguieron festejando la “toma de Pando” como si hubiera sido un “triunfo”. En rigor de verdad, muy poco les importó entonces el respeto a las instituciones y la defensa del sistema republicano de gobierno.

Fueron los excesos cometidos por los militares encaramados en el poder contra los detenidos y las desapariciones de personas (aborrecidos por la sociedad en su conjunto) los que, luego, les dieron argumentos para presentarse como si hubieran sido los únicos “defensores de los derechos humanos”. Y en su hemipléjica visión, solo se han referido a las violaciones de esos derechos cuando ocurrieron dentro de sus filas, pero no los derechos, también conculcados, de quienes los enfrentaron en su accionar delictivo.

Para peor, presuntos periodistas, en lugar de informarse plenamente, para luego trasmitir su relato a quienes los escuchan, tiñen con sesgada ideología —más que con la comprobación de hechos irrefutables— un debate informativo. Nuestros jóvenes necesitan conocer la verdad de los hechos, no la “verdad” que intentaron imponer los frentistas desde que accedieron legítimamente al poder.

Que sepan estos jóvenes —de una vez por todas— que fue quizás por ambición y oportunismo que en 1973 no defendieron a las instituciones, sino que alentaron a quienes las derribaron. Y también que, desde una década anterior, “iluminados”, inspirados en la revolución cubana, buscaron llegar al poder por las armas, causando daños a personas y bienes de los que no se han arrepentido. Recién entonces podremos, sanamente, estructurar para siempre el Porvenir.

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