Espectáculos y Cultura > Entrevista a Lorena Muñoz

Lorena Muñoz, directora de El Potro: "Rodrigo se convertía en Superman en el escenario"

Muñoz, que también dirigió la película de Gilda, habla sobre los demonios internos de Rodrigo y su rol como ícono popular

Tiempo de lectura: -'

22 de octubre de 2018 a las 05:02

Abre un tajo en la multitud y la gente, desesperada por tocarlo, le despeja el terreno hasta el ring. Suena el “Ro, Ro, Ro, Ro, Ro… Rodrigo, carajo!” y él corona el Luna Park con los brazos en alto, triunfal, con un fuego de 27 años que lo hace cantar. Así, el Potro eleva a la masa congregada por su música porque puede, porque es sangre de su Córdoba que los mueve. 

A su alrededor gira con la cámara Lorena Muñoz, que hasta hace muy poco giraba alrededor de otra figura de la música argentina que en lugar de preguntarse cómo olvidarla, hablaba de que no se arrepentía del amor. Muñoz tiene una cámara porque todo es parte de un montaje, una escena de El Potro, Lo mejor del amor, su más reciente película, su más reciente biopic. Al igual que con Gilda, Muñoz se adentra con su cine en la tormentosa y corta vida de uno de los ídolos musicales más masivos de la Argentina reciente, ese que no para de sonar en cuanto casamiento o cumpleaños de 15 se festeje de este o del otro lado del río Uruguay. Pero, a diferencia de aquella película sobre la maestra jardinera devenida en estrella tropical, Muñoz no concibió la idea original. Sí, había abordado la figura del cuartetero de pelo multicolor en la serie Soy de pueblo, que dirigió para el Canal Encuentros, pero hasta allí había ido su incisión en la vida de Rodrigo Bueno.

El éxito de Gilda, No me arrepiento de este amor, sin embargo, entusiasmó a los productores, que se apresuraron a concretar una nueva alianza con Muñoz. Los números, hasta ahora, les han dado la razón: la película lleva en Argentina casi medio millón de entradas vendidas, y este jueves se estrena en Uruguay buscando coletazos similares. Muñoz, que ya está cansada de las biografías pero también contenta con ellas, habla de eso, de la investigación que realizaron para la película, de lo que significa Rodrigo para los argentinos y también de la mística de esos personajes trágicos que, como dice el dicho, viven poco, pero viven intenso. 

¿Cómo encararon la investigación histórica?

Con Tamara (Viñes, coguionista) habíamos investigado para la serie, habíamos viajado a Córdoba, habíamos tenido muchas entrevistas con allegados y por eso solo teníamos que reforzar la información. Sí nos pusimos a pensar cuál sería la historia a contar y desde qué lugar contarla, porque las historias son siempre las mismas, pero cambian las formas. También logramos una entrevista con Beatriz Olave, su madre. Ella fue muy generosa en cuanto a la información, las anécdotas, y nos ayudó mucho para perfilar su propio personaje, incluso más que para el de Rodrigo.

Su madre  fue fundamental para su carrera. Eso queda muy claro en la película.

Creo que sin esa madre, Rodrigo no hubiese llegado a ser quién fue. Ella fue una de esas madres que apuestan por su hijo, que lo acompañan, que lo hacen sentir fuerte y seguro. Esas que están siempre en primera fila. Fue muy solidaria con su hijo, fueron muy compinches. Obviamente el carisma y el talento de Rodrigo era propio pero, creo, ella lo ayudó mucho. 

¿Qué lugar tenía la figura de Rodrigo en su vida, por fuera de las producciones audiovisuales?

Nunca fui muy fan, tampoco de Gilda. Vengo de otro lugar, de un lado más tanguero o rockero. Pero me fue más fácil meterme en la vida de estos personajes al no tenerlos en un pedestal. Más allá de los géneros, la historia de Rodrigo es muy rockera. Está más ligada a la vida de las estrellas de rock que a otra cosa. Es parte de las historias de los grandes ídolos populares, que tienen todo el carisma y el fuego, algo que de alguna manera termina consumiéndolos. En el caso de Gilda fue diferente. Ella tenía otra maduración, descubrió el mundo de la música a los 30 años y con dos hijos. Ese universo le llega con otra intensidad.

En La Nación dijo que le interesa transitar la línea entre la ficción y la realidad. ¿Hasta qué punto se lo permitió en esta película?

Todo se basó en la realidad. Podríamos haber inventado cosas, pero no fue el caso, porque nos basamos mucho en las entrevistas de las personas que estuvieron cerca de él. Obviamente, hay licencias poéticas. Si a mí Marixa Balli me cuenta que Rodrigo la ató, yo puedo decir que en vez de atarla la encerró en un baño. Incluso, te diría, lo hicimos para suavizar al personaje. Pero no significa que nos corrimos de la realidad y de golpe Rodrigo aparece como un obrero metalúrgico. Hay un cierto rigor histórico al que uno intenta acercarse y cumplir, pero las leyendas están construidas a partir de distintas versiones. Esas versiones, justamente, son lo que hacen interesante al mito, lo que lo construyen. Son distintas opciones de la historia ¿Quién tiene la verdad? Teníamos veinte entrevistas y todas se contradecían entre sí. Un mismo hecho era relatado desde diez puntos de vista distintos. Teniendo en cuenta eso elegimos un camino y cuando uno elige un camino, descarta otros. Esta es una versión. De hecho, ya había otra película de Rodrigo que se estrenó un año después de su muerte. Y seguramente luego vendrán más. Como autoras nos tomamos ciertas libertades para que la película sea, sobre todo, un hecho cinematográfico. Pusimos el acento en construir un relato que pueda ser comprendido por un fan y también por alguien que no tenga ni idea de quién era Rodrigo. 

Pareciera que en Argentina últimamente se ha puesto mucho en tela de juicio la verosimilitud de las historias reales que se adaptan al cine. Pasó también con El Ángel. ¿Lo ve así?

Con la historia de Rodrigo creo que pasó en su círculo íntimo. El espectador común agradece la versión que mostramos. Me parece muy lógico que la madre, sus hermanos y su gente no lo reconozcan en nuestro protagonista, porque de hecho él no es Rodrigo. Y es lógico que alguien que ha sufrido tanto como su madre tenga cierta reticencia a volverse empática con el personaje que mostramos, porque debe de haber sido muy doloroso para ella. Ella perdió a un hijo. Para quienes vivieron cerca del personaje que vos retratás siempre es difícil, porque no encuentran ahí lo que están buscando. Y no, nosotros no se lo podemos devolver. También entendemos que estos personajes tienen una autenticidad que los vuelve únicos, y creo que por eso el pueblo los admira. Querer que nuestro personaje sea igual es ir en contra de la autenticidad que los hizo tan populares.

La película hace mucho énfasis en sus shows y en las canciones. ¿Es allí donde aparecía el verdadero Rodrigo?

Él estaba entre dos mundos. Por un lado el mediático, el de la exposición, y también el de la conexión enorme que tenía con el público, que era hermosa y tenía un fuego y una fuerza tremenda. En el escenario pasaba sus momentos de mayor alegría, de mayor felicidad. Y por otro lado, también tenía ese detrás de escena, donde aparecía el ser humano que sufría, que tenía sus debilidades y que hacía lo que podía para ser feliz. Nos interesaba mostrar esta intimidad y esa humanidad. Buscamos corrernos del aluvión mediático del que participó.  Nos interesó presentar también, cómo a pesar de sus tristezas, angustias y problemas, se subía al escenario y se revitalizaba. Rodrigo se convertía en Superman arriba del escenario. Y lo humanizamos. Era mucho más heroico ver cómo atravesó estos obstáculos para lograr ser quien fue. 

¿Por qué eligió comenzar la película mostrando su entrada al Luna Park como boxeador, en esa serie de 13 presentaciones maratónicas antes de su muerte?

La escena fue un homenaje a Toro Salvaje de Martin Scorsese, una película que amo. Y también remite un poco a Gatica, de Leonardo Favio. De Toro Salvaje siempre me quedó grabada la imagen del comienzo, con Jake LaMotta saltando en el ring en cámara lenta y en blanco y negro. Me parece hermosa. Quería reproducir eso, y me parecía que tenía que ver mucho con Rodrigo. Cuando empezamos a buscar qué historia contar, nos encontramos con un elemento fascinante desde el simbolismo. La imagen del cartel de los shows del Luna Park, que el propio Rodrigo diseñó, lo mostraban enfrentado a otro Rodrigo, como dos boxeadores. Cuando lo vimos entendimos que ese era el concepto de la película. Era el conflicto interno del personaje. Rodrigo contra Rodrigo, contra sus demonios.

REPORTAR ERROR

Comentarios

Contenido exclusivo de

Sé parte, pasá de informarte a formar tu opinión.

Si ya sos suscriptor Member, iniciá sesión acá

Cargando...