Clint Eastwood cumplió 85 años el domingo pasado, último día de mayo. Geminiano prolífico, en más de 60 años de carrera ha participado en 55 películas como actor y en 34 como director. No es poco. Algunas de ellas son joyas irreemplazables del cine de Estados Unidos.
Fue el jinete sin nombre de los grandes spaghetti western de Sergio Leone. Fue el policía tan justiciero como despiadado de la saga de Dirty Harry.
En paralelo a aquella canción de Joaquín Sabina que nombraba diferentes profesiones, Eastwood tomó varios rostros en la pantalla. Fue ladrón, fue forajido que huye de la ley, fue vengador de prostitutas, agente de la CIA, detective con trasplante de corazón. Fue ranger de Texas, fue entrenador de boxeo, astronauta en Marte, le confesó sus sentimientos más secretos a un orangután. Fue John Huston cazando elefantes en África y un recluso escapando de la cárcel. Pero cuando le preguntan si tuviera que quedarse con un solo filme, el tipo responde, invariablemente lo mismo: Bronco Billy.
Misteriosa respuesta. No es de sus películas más conocidas ni famosas, ni siquiera de las más taquilleras.
Es un pequeño filme de 1980, dirigido y protagonizado por el recio Eastwood, en donde encarna a un vaquero de circo.
El actor negro Scatman Crothers es el director del espectáculo y sale al ruedo de arena y aserrín para presentar cada número. En el circo hay un actor que interpreta a un indio que hipnotiza serpientes de cascabel y es un fiasco. Una india, llamada Lorraine Agua Corriente, toca el tambor. Todo es decadente. Clint es Bronco Billy, "la pistola más rápida del oeste", una especie de Lucky Luke de pacotilla que realiza números montado en su caballo manchado y tiene duelos con niños.
Como hiere a su bailarina al lanzarle navajas en una rueda con globos, esta renuncia y Bronco se queda sin partenaire. ¿Qué mejor idea que colocar en escena a la rubia y dinamitesca Sondra Locke, la pareja de Clint en la vida real en ese momento?
Así la troupe intercala ficción y realidad, y esa intimidad y complicidad es explícita en la película, que respira con soltura.
Se puede argumentar con sentido que Bronco Billy es el último western, o por lo menos, un western en estado terminal, que se ríe de sí mismo con toques de comedia italiana y bocinas dignas de Decalegrón.
Luego de una serie de eventos desafortunados y ante la destrucción de la gran carpa del circo y la ausencia de dinero para solventarse, Bronco y su banda deciden acometer hacia la solución más plausible: robar un tren.
La escena en que los forajidos, con la cara pintada de apaches y tirando flechas de juguete desde un descapotable, atacan a un tren moderno que pasa a toda velocidad debería integrar la galería de imágenes antológicas de la historia del western.
Es Don Quijote en las praderas del oeste. Es la porfía de convertir la realidad en un campo mágico para aplicar una voluntad tan caprichosa como graciosa y a la vez patética.
El único lugar a donde Bronco Billy y sus colegas pueden ir a actuar es a un manicomio. Allí, alejados de un mundo exterior que no los comprende, encuentran el auditorio indicado para sus números.
El western se ha vuelto locura. Las películas de vaqueros solo pueden entenderse como parodia. Es un homenaje y a la vez un réquiem hacia un género que lo encumbró y que le dio un nombre en el cine.
Ver Bronco Billy es animarse a entender un poco por qué Eastwood le tiene tanto cariño a este filme.
Y también es una hermosa forma de acompañar una historia que emociona al espectador desde la risa y desde la lástima.