5 de enero de 2012 19:28 hs

Tanto bombo se le ha dado a la leyenda maya por la cual el mundo se termina a finales de este año que acaba de empezar que el mundo publicitario no se quedó indiferente. La marca de desodorantes Axe lanzó desde hace unos meses una propaganda donde un Noé con pinta de rugbista se embadurna hasta la médula con un spray, mientras hermosas chicas comienzan a llegar a su barca bajo un cielo que augura la peor tormenta.

En Axe decidieron honrar esa campaña y firmar una especie de joint venture con Francisco “Pancho” Dotto, para que entre ambos organizaran la llamada Fiesta del Fin del Mundo, en el predio que el contratista de modelos argentino tiene unos kilómetros antes de llegar a José Ignacio.

El dress code fue el negro, que se oscurecía más en ese ambiente falto de luz de la angosta y peligrosa ruta 10 nocturna, frente a los grandes tanques de almacenamiento de petróleo de la boya.

Celebrity death match
Cada orilla del Río de la Plata puso su parte entre las celebridades que concurrieron al evento. Del lado argentino, Luciana Salazar y su escote que desafía tanto la geometría como la gravedad brilló entre tanta tela negra como una perla oscura. De este lado, fueron tres hombres los que pusieron la cara por la patria. Mariano López, Gonzalo Camarotta y Pablo Fabregat.

Pero la gran parte de los asistentes, el grueso del material humano que asistió a la fiesta, estaba compuesto por ilustres desconocidos que llegaron a José Ignacio principalmente desde Montevideo.

El exceso de modelos, o de “aspirantes a”, generaba la extraña sensación de que uno estaba dentro de la filmación de una publicidad, que en cualquier momento iba a aparecer una cámara y unos focos, y que un director iba a parar la música e iba a decir: “¡Corteeen!”

La fiesta comenzó con un toque del grupo Choque Urbano, que al ritmo de grandes bidones de metal y de mediomundos como tambores le puso una fuerza descomunal a la fiesta. Luego de esto, un show de fuegos artificiales le puso más brillo a un cielo estrellado. Después, la pista de baile se transformó en el lugar natural de interacción entre las modelos y el “público en general”.

El vecino insomne
Dotto se dejó ver muy poco en la fiesta que se desarrolló dentro de su casa. A eso de las tres de la mañana apareció caminando como si se hubiese despertado un segundo (quizás haya sucedido eso), con expresión de tener frío, una camperita negra cerrada hasta el cuello, manos en los bolsillos, vaqueros gastados, silencio en medio del ruido de la gente bailando. Zigzagueó, cuchicheó con alguna modelito anónima, desaparecieron juntos por unos minutos, y luego volvió solo, y se confundió con la multitud. Desapareció por otro par de horas, hasta que hacia el fin de fiesta volvió a resurgir con cara cansada. Al ser solicitado por los jóvenes para fotos, accedió de buena gana y desplegó su sonrisa photoshopeada y se apretujó con las chicas que llegaban a él como quien arriba a La Meca del modelaje.

Viaje al fin de la noche
Pero cuando el frío de la madrugada comenzó a hacer mella en los asistentes, una decena de chicas emprendió una retirada hacia la puerta del establecimiento. Y como si fuera una Cenicienta a la que se le rompió el conjuro, Dotto vio cómo las jóvenes de despojados vestidos negros se iban visiblemente enojadas con la organización del evento. En la puerta las esperaba un micro.

Antes de subirse al micro, una de las modelos –que se negó a pronunciar su nombre– dijo a El Observador que habían salido muy temprano de Montevideo, que casi no les habían dado de comer en todo el día y que volvían tardísimo. “Nos sentimos usadas”, dijo con evidente rabia. Al consultar si no había sido una decisión voluntaria de ellas concurrir al evento, todas dijeron que sí. Cuando se les preguntó la edad, respondieron simplemente “mayor”. Y cuando se les interrogó sobre el cachet de la noche en la fiesta, se negaron a responder.

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