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14 de diciembre 2011 - 21:30hs

El 21 de agosto de 1986 nacía Usain Bolt el plusmarquista mundial de los 100 metros. Tres años antes exactos, en el Barrio Unidad Casavalle, el que llegaba al mundo era Juan Álvez en el seno de una familia humilde.

Pese a esto, nunca tuvo que salir a trabajar para ayudar, ya que su padre hacía de todo para que a él y a sus dos hermanos –después llegaron dos hermanas más– no les faltara nada.

“Hacía y hace limpiezas en general. De todo. Es un polifuncional del laburo”, lo definió Juan para El Observador.

En el baby fútbol no era zaguero como hoy. “No. Ahí era habilidoso, je. Jugaba arriba o de volante ofensivo. Ahora soy más destructor que antes”, dice con una sonrisa.

A los 11 años Eduardo Millán lo fichó en Wanderers y recuerda a Mario Pinotti quien lo tuvo de Sexta a Cuarta. “Me enseñó todo, cómo moverme tácticamente y a ser derecho en la vida, que hay que ser respetuoso”. Más allá de que sus padres también se lo inculcaron, este técnico fue como un segundo padre para Juan.

En aquella época, la casa era muy pequeña y dormía junto a sus dos hermanos en el mismo cuarto.

La plata no sobraba y él trataba de ayudar al viejo. “Mi madre nos criaba en casa y como los ambientes eran muy chicos, a veces yo los escuchaba hablar. Cuando mi padre tenía un trabajo duro, le pedía para acompañarlo a darle una mano. Corría muebles, sacaba mucha basura, pero él no quería que trabajáramos”, recuerda.

“A veces no había plata para el ómnibus y el viejo me llevaba en bicicleta. Desde atrás del cementerio del Norte hasta la cancha de Mauá cerca de Millán y Castro. Entre ida y vuelta eran unos cuántos kilómetros. Por eso siempre digo que estoy acá gracias a mi viejo”, indica emocionado. Claro que también su madre colaboraba con todos los quehaceres de la casa.

En Reyes esperaba una pelota o una bicicleta, pero era complicado. “Veía a mis amigos que tenían casi todo y yo pedía una pelota. Cuando por fin me la regalaban, quedaba loco de la vida. Solo con una pelota”, explica.

Luego de hacer la escuela, ingresó a la UTU pero no la pudo cursar debido a que el horario de las prácticas interfería con las clases. Pero un tiempo después se anotó en la UTU de Don Bosco y realizó y terminó el curso de carpintería. Siempre le gustó estar activo, por eso, también hizo un curso de computación en la ORT.

“¿Si hice algo en carpintería? El sábado es el cumpleaños de 15 de una de mis hermanas y le hice el mural para que le firmen los amigos. Por ahora me salió bien; esperemos que le dure”, sostiene con ironía. También “hice algunos marcos de puertas y sillas. Me entretiene y me gusta”, cuenta.

Hizo uno de los dos años del curso de director técnico en Atlántida y lo aprobó. Este año, quiso hacer el segundo, pero cuando llegó de Brasil con Liverpool no había cupos y no quiso quedarse sin hacer nada. Se anotó en el liceo 14 para tratar de terminar tercer año. “Tengo que tener la cabeza en algo, por eso me anoté. Me quedan seis meses para terminarlo”, comentó.

Recuerda que uno de los peores momentos que pasó fue cuando Daniel Carreño en Wanderers le mostró una lista de jugadores que quedaban libres y que había confeccionado el club. “Acá te quieren dejar libre, pero yo confío en vos”, le dijo. “Pensé que me quedaba sin laburo, la vi muy jodida. No sé qué sería de mi sin Carreño”, dijo Álvez.

Ahora es el papá de Melina que tiene un año y siete meses y desea el pase a Peñarol. “Mi señora es especial. Me supo comprender en esto de estar poco en casa con los viajes y las pretemporadas. No quiere saber nada con otro hijo por ahora porque Melina es como Chucky (se ríe): es insoportable. Gracias a Liverpool ahora tengo mi casa y auto, pero me encantaría dar el salto a Peñarol para mejorar la situación económica y cumplir el sueño de mi vida: poder comprarle una casa a mis viejos, porque recuerdo siempre el sacrificio que hicieron por mí”.

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