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De Netflix a Turquía: las nuevas telenovelas que rompen todo

La procedencia y las temáticas de la telenovela son diferentes y son los mecanismos que el género ha usado para sobrevivir

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05 de diciembre de 2018 a las 05:02

La telenovela ha sido habitualmente una criatura despreciada dentro del mundo televisivo. Algo así como el reguetón de la pantalla. Que es terraja, banal, se ve barata, está llena de clichés, todas las historias son iguales porque siempre hay un embarazo inesperado, una mucama que se enamora de su empleador millonario, una pérdida de memoria y una pretendiente rival muy mala. Pero así como durante las décadas de 1980 y 1990 las producciones del norte sudamericano o de México copaban las pantallas durante las tardes, ese género ha cambiado su cara y su estilo, adaptándose a los tiempos modernos.

Basta mirar, por ejemplo, lo ocurrido con La casa de las flores, la serie que Netflix estrenó en agosto de este año. La realización tomó la base de los culebrones que México convirtió en producto de exportación, invirtió los recursos narrativos e incorporó –como guiñada– a su elenco una figura del género como Verónica Castro.

Pero esto no es un retorno, porque en realidad la telenovela nunca se fue. Solo cambió, y bastante. Cambió de procedencia, de estética y de tono, pero sigue presente. Así lo ve, por ejemplo, Alan Goldman –guionista de MasterChef Uruguay– que considera que destaca la importante presencia que han tenido las novelas turcas en la pantalla uruguaya desde el estreno de Las mil y una noches en enero de 2015. 

Canal 10 tiene por estos días tres en su grilla: Tormenta de pasiones, Flores de cristal y Mi vida eres tú. Canal 4 tiene, por su lado, Paramparça: vidas cruzadas. Las historias procedentes del país que conecta Europa con Asia siguen al firme en la pantalla local. “Siguen el formato tradicional y han ocupado el lugar de las latinas, porque las mexicanas casi no llegan más, y Venezuela ya no tiene más industria televisiva”, explicó Goldman.

Pablo Arriola, director ejecutivo de la productora Oz Media, consideró por su parte que se ha dado una “reinvención y actualización” del culebrón, adaptándose a las formas de consumo de contenidos actuales, tanto en la televisión tradicional como en las plataformas de streaming más nuevas. “Se sigue trabajando con esa tradición de la historia de amor y desamor en Latinoamérica, pero son series visualmente más cuidadas, con un nivel más cinematográfico y en lugar de producirse 150 o 180 episodios como antes, que la novela te duraba un año entero, se hacen menos, unos 60”.

Las nuevas novelas recurren, por ejemplo, a escenarios reales, algo que antes era casi imposible de ver.  Desde Turquía hasta Colombia, esa tendencia se revirtió, e incluso cuando se filma en sets, se busca que sea más creíble. Arriola le asigna dos razones a este cambio. Por un lado, las nuevas plataformas han creado un espectador más exigente con la calidad y el apartado visual de los productos audiovisuales.

Por otro, hay una competencia global en el género. Antes se optaba entre propuestas de una misma región; hoy se pueden ver telenovelas procedentes de cualquier punto del mundo, cada una con sus giros particulares, como el caso de los dramas de alta intensidad y nivel de producción de las novelas turcas.

Mientras tanto, los mercados tradicionales de la telenovela cambiaron el enfoque. Colombia empezó a incorporar elementos de su historia reciente, y a basarse un poco más en hechos reales. Así surgen series como El patrón del mal, sobre la vida de Pablo Escobar. México también ha realizado algunas “narcoseries” y también novelas bien actuales como la juvenil LIKE; la narración incorpora temas de coyuntura como una deportación de un personaje desde Estados Unidos, o la revelación que uno de los protagonistas es en realidad el hijo de un traficante de drogas.

“No se ha perdido el costumbrismo”, dijo Arriola en referencia, por ejemplo, a Argentina. En los últimos años surgieron series como 100 días para enamorarse que utilizan elementos narrativos vinculados a la sexualidad, al acoso, la violencia de género y la legalización del aborto, temas que se debaten tanto en ese país como en el resto del mundo. Lo mismo sucede desde hace años –y cada vez se ve con mayor intensidad– en las novelas brasileñas que incorporan un componente social. A todo eso se suma la presencia de personajes más complejos y creíbles.

El caso de La casa de las flores

La serie mexicana de Netflix cautivó a una buena cantidad de espectadores en base a recursos de la telenovela tradicional y pareció ser la que presagiaba un retorno del formato, ahora, en el streaming. Pero, ¿cuenta como telenovela?

"A mucha gente le daba pudor definir La casa de las flores como un melodrama o una telenovela. Pensaban que yo me enojaría. Y al contrario. Es coherente y genuino", dijo su creador, Manolo Caro en el diario El País de Madrid.

Para Alan Goldman no lo es y se trata de una reversión de los viejos culebrones. “Mete en su historia todos los tabús de las viejas novelas, hay homosexualidad, drogas, enfermedades mentales, pero con la estética tradicional, y Verónica Castro en un modo autoparodia en el medio. A mí me aburrió porque, en un momento, parece que lo hace para presumir de todos los tabús que puede meter en la serie”.

Por su lado, Arriola la identifica como una comedia negra, que reinventa la estructura, con temas como el amor y los engaños llevados adelante por personajes más verídicos, y sin tanto blanco y negro a nivel moral. Aunque la nota como una sátira, también considera que refleja el cambio de paradigma de la telenovela.

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