Su reputación se vio dañada y las críticas siempre le llovieron a Sandberg, durante toda la década pasada, en la que se erigió como la referente de un feminismo para ejecutivas a partir de una charla Ted y su libro Lean In (Las mujeres, el trabajo y la voluntad de liderar). Se dijo que sus reflexiones solo eran para determinado tipo de mujeres, que no atacaban al capitalismo ni a cuestiones estructurales y sociales; en fin, que era demasiado individualista.
Otra poderosa mujer, la presidenta del banco Santander, Ana Botín, se desmarcó en su momento del feminismo de Sandberg en una recordada columna de opinión publicada en el País de Madrid bajo el título Por qué me considero feminista y tu también deberías.
Botín lo denomina como un “feminismo autosuficiente” y advierte que no alcanza con lo individual sino que se necesitan cambios estructurales en la organización del trabajo.
“El feminismo de Sandberg defiende que las mujeres podemos ascender profesionalmente si trabajamos más, si hablamos claro y a la vez presionamos para conseguir condiciones de trabajo más flexibles, que nos permitan compaginar nuestra profesión y nuestra vida personal. Es un feminismo autosuficiente, en el que te puedes valer por ti misma. No requiere una organización colectiva y, mucho menos, necesita la etiqueta pública de “feminista”. Por esa misma razón no es estrictamente político y, quizá por eso, es algo que a muchas profesionales como yo nos resulta atractivo de forma natural.
Sin embargo, al reflexionar ahora sobre ello, mi conclusión es que mis ideas sobre la igualdad de género, también las de hace diez años, no son una variante de ese feminismo autosuficiente de Sandberg. Ya sabía entonces que, aunque las mujeres sí necesitamos aprender a defendernos mejor, y ser más asertivas, estos esfuerzos individuales no serían suficientes para lograr el cambio que necesitamos”, escribió Botín.
El desmarque que dejó mucho más claro el fin del reinado de Sandberg fue el de las mujeres que llevan adelante Lean In, la organización que ella fundó para impulsar a las ejecutivas. En coincidencia con el cambio de percepción de su performance en Facebook, algunas de las líderes de Lean In comenzaron a plantear que la organización no era solo Sandberg. Las críticas, entonces, también vinieron desde adentro como muestra un artículo de The New York Times titulado El problema Sheryl Sandberg para Lean In.
Sin embargo, más recientemente otras voces han vuelto a poner el foco en la “marca” Sheryl Sandberg. Se trata fundamentalmente de ejecutivas del área tecnológica, que reconocen su influencia para empezar a cambiar las cosas en Silicon Valley.
También es cierto que al repasar el libro de Sandberg, aunque sea de 2013, uno va reconociendo conceptos claves que siguen vigentes y frases que hoy se escuchan decir a altas ejecutivas (también uruguayas) como el “sentarse a la mesa”. Y mirado en perspectiva, la visión más individual no excluye la necesaria implicancia organizacional y las acciones a nivel social.
En su libro, Sandberg explica que los miedos propios se encuentran en la base de los obstáculos que enfrentan las mujeres a diario: “miedo a no gustar; a tomar la decisión equivocada; a llamar la atención por motivos equivocados; a extralimitarse; a ser juzgada; a fracasar; y la santísima trinidad de los miedos: el miedo a ser mala madre/esposa/hija”.
Uno de los ejes de Sandberg es que las mujeres se cortan sus propias alas al bajar sus propias expectativas: “Nos autolimitamos de muchas maneras: no confiando en nosotras mismas, no levantando la mano para pedir la palabra y batiéndonos en retirada cuando deberíamos avanzar”.
En el libro aconseja determinadas acciones que las mujeres pueden realizar como el famoso “sentarse a la mesa” para aumentar la autoconfianza, conseguir que sus parejas sean “auténticos compañeros” y realicen más tareas en casa; o no autoimponerse estándares inalcanzables.
Por ejemplo, a la hora de buscar un compañero aconseja salir con todo tipo de hombres, pero quedarse con aquel que la considere su igual. “Alguien que piense que las mujeres son inteligentes, obstinadas y ambiciosas. Alguien que valore la ecuanimidad y espere, o, lo que es mejor, desee hacer la parte de tareas del hogar que le corresponde. Esos hombres existen y, confíen en mí, con el tiempo no hay nada más sexy”, amplía.
En relación al trabajo y la crianza de los hijos, Sandberg alude al mito de “tenerlo todo” y el de poder hacerlo todo. “En lugar de perfección, deberíamos tratar de alcanzar aquello que nos resulte sostenible y satisfactorio. La pregunta adecuada no es ¿puedo hacerlo todo? sino ¿puedo hacer aquello que es más importante para mí y mi familia?”, aconseja.
Un apartado interesante es el que dedica a la guerra que se desata entre las mujeres que son madres. “Una cruzada del tipo “nosotras contra ellos” no nos llevará a la igualdad auténtica. Y tampoco una cruzada del tipo “nosotras contra nosotras mismas” (...) Esta guerra se libra en muchos frentes, pero la guerra de las mamás, que enfrenta a las madres que trabajan fuera de casa con las que trabajan dentro de casa, es la que más atención suscita. (...) Todos deseamos lo mismo: sentirnos cómodos con nuestras opciones y sentirnos valorados por las personas que nos rodean, así que empecemos a valorarnos los unos a los otros. Las madres que trabajan fuera de casa deberían considerar a las mujeres que trabajan dentro del hogar como auténticas trabajadoras y las madres que trabajan dentro del hogar deberían mostrar el mismo respeto hacia las que han elegido otra opción.”
Otro aspecto que continúa siendo muy actual es el poco mentoreo de mujeres por parte de hombres. Según Sandberg, los hombres deberían percibir como “una insignia de honor” el patrocinar una mujer en una organización. Pero alerta que no sucede por el miedo al que dirán. “Esta actitud evasiva debe terminar. Las relaciones personales conducen a nombramientos y promociones, de modo que debe considerarse adecuado que los hombres y mujeres pasen tiempo juntos del mismo modo que lo hacen hombres entre sí. (...) No podemos suponer que las interacciones entre hombres y mujeres siempre implican un componente sexual. Y deben asegurarse de que se comportan de forma profesional de modo que las mujeres - y también los hombres- se sientan seguros en cualquier contexto”