El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
26 de noviembre 2021 - 5:01hs

En Chile, han pasado a la segunda vuelta dos candidatos por los que, pocos meses antes de la elección, nadie daba nada: el exdiputado José Antonio Kast (55), representante de una derecha conservadora un tanto ajena a los tiempos que corren, y el diputado de izquierda Gabriel Boric, joven de 35 años surgido del movimiento estudiantil de 2011 que luego capitalizó los reclamos del estallido social de 2019. 

Ambos estaban totalmente perdidos meses antes (en el caso de Kast, días antes) de la primera vuelta del pasado domingo, y ahora por uno de esos giros azarosos que a veces tiene la política, el 19 de diciembre competirán mano a mano por el sillón de La Moneda.

Es cierto que el triunfo de Kast y Boric, de algún modo, marca un punto de inflexión en la política chilena, ya que ninguno de los dos pertenece a las fuerzas políticas que desde el retorno a la democracia se han disputado el poder en Chile: la casi siempre gobernante Concertación, integrada por partidos de centro-izquierda, notoriamente, el Partido Socialista y la Democracia Cristiana; y la casi siempre opositora Alianza (a partir de 2015, Chile Vamos) de partidos de derecha, encabezados principalmente por la UDI y Renovación Nacional, que llegó a La Moneda por primera vez en 2010 tras la victoria de Sebastián Piñera.

Así, a partir del próximo enero debutará en el gobierno una de dos agrupaciones sin experiencia de gestión: el Frente Social Cristiano de Kast, o la coalición Apruebo Dignidad, integrada por el Frente Amplio y el Partido Comunista, que postulan a Boric.

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Tal vez más llamativo aun resulta que quien el domingo llegó en tercer lugar fue el candidato libertario Franco Parisi, que ni siquiera pisó suelo chileno durante la campaña, ni fue a votar; se quedó en Estados Unidos donde reside y se dio el lujo de superar al candidato oficialista Sebastián Sichel y a la democristiana Yasna Provoste.

Sin embargo, quienes piensan que esta fue solo una elección más de rechazo a la política tradicional y de escape hacia los extremos, como se ha dado en otros países de la región, ignoran la profundidad y los matices del cambio cultural que se ha dado en la sociedad chilena.

Todo esto tiene como punto de partida el estallido social de octubre de 2019. Lo que entonces exigían los manifestantes, y terminó exigiendo buena parte de la sociedad chilena, fue un cambio: el cambio del modelo económico, llamado “neoliberal”, inaugurado a fines de los setenta por Augusto Pinochet. Desde luego que en medio hubo, en lo político, una transición a la democracia que constituyó un cambio fundamental en la vida de los chilenos y que, como va dicho, buena parte de esos 30 años ha gobernado el centro-izquierda.

Pero el modelo económico como tal permaneció incambiado. Y es un modelo que, indiscutiblemente, ha traído enormes avances a Chile y una gran prosperidad económica, pero que ha dejado por el camino a vastos sectores de la sociedad.

Esa voluntad de cambio se coronó entonces a mediados de mayo en las elecciones a la Convención Constitucional (la primera gran debacle de los partidos tradicionales), que se instaló días después y en seis meses deberá promulgar una nueva carta magna. Es en ese cambio cultural que se inscribe el actual ascenso de Boric. De hecho el nombre de su coalición, Apruebo Dignidad, fue el lema bajo el que su Frente Amplio y el PC se presentaron a la constituyente. Algo que no se parece en nada a lo que se ha dado en Argentina, ni siquiera a lo que se está dando en Colombia y otros países de la región. 

Si acaso, a lo único que en algo se parece es al cambio cultural que tuvo lugar en Uruguay a principios de los 2000, y que más tarde le permitió al Frente Amplio gobernar largos 15 años con amplias mayorías. 

Aunque acá fue un cambio cultural mucho más gradual, que incluso venía de antes, sin estallido social de por medio ni delirios constituyentes. Pero hay un matiz más, del que poco se ha habla, en las elecciones chilenas. Desde luego que ahora se enfrentan dos modelos irreconciliables: el programa de Boric que busca un mayor rol del Estado, con más intervención y una gran distribución del poder; y el programa de Kast que pretende mantener el Estado pequeño, con cambios mínimos para aumentar su competitividad y eficiencia.

Amén de las diferencias abismales que los separan en lo social, donde Kast se opone a cosas tan de nuestros tiempos como la despenalización del aborto y el matrimonio gay.  

Pero Kast promete también orden, seguridad y mano dura contra la violencia y la delincuencia. Y muchos chilenos aún no olvidan que durante la violencia que desató el estallido social, los movimientos y partidos que hoy acompañan a Boric no la condenaron, y de algún modo, hasta la fomentaron. El pequeño comerciante al que entonces le quemaron el kiosquito o le saquearon el marcadito ve ahora en Kast alguien que les habla a ellos. 

Esto explica, además, el abultado triunfo de Kast en regiones como la Araucanía, hoy convertida en tierra de nadie, entre el conflicto mapuche, el narco y la violencia, donde el Estado cada vez llega menos, y cada vez se parece más al Far West; y en la Región de Tarapacá, al norte, donde hay una crisis migratoria desbordada por la llegada de miles de venezolanos.

Dicho todo esto, si tuviera que hacer un vaticinio para el ballotage creo que Boric tiene todas las de ganar.

Pero aún queda por delante toda la campaña de segunda vuelta y ver bien cómo se van a distribuir los apoyos de las fuerzas perdedoras. Además de que, como decía Yogi Berra, “es muy difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”.

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