La bola de nieve en que se ha convertido el escándalo de espionaje de los servicios secretos de Estados Unidos, ha generado una tensión entre las capitales europeas y Washington que no se registraba desde la Segunda Guerra Mundial.
El goteo permanente de los archivos de Edward Snowden, que en los últimos días han dado cuenta del espionaje a líderes mundiales e interceptaciones masivas a ciudadanos europeos, ha consternado a toda Europa. Y sus líderes han debido acompañar la indignación con pedidos de explicaciones a Washington y otros despliegues diplomáticos con el fin de aplacar los ánimos.
Sin embargo, la única que ha mostrado sin cortapisas su indignación ha sido la canciller alemana, Angela Merkel, tras dar a conocer que los servicios estadounidenses habían pinchado su teléfono celular. En cambio, las reacciones de los gobiernos de España y Francia han sido más bien tibias; y en el caso del español Mariano Rajoy, un tanto ambivalentes.
Y luego, las respuestas del gobierno de Barack Obama –tanto las surgidas de la propia Casa Blanca, como el comunicado emitido a media semana por la NSA involucrando también a los servicios europeos en el espionaje– han sido pródigas en el lenguaje críptico y evasivo. Pero si algo han dejado claro, es que poco o nada va a cambiar y, sobre todo, que van a seguir espiando en gran forma.
Obama apenas ha dejado filtrar, a través de algunos aliados en el Senado, que está dispuesto a limitar el espionaje a los demás líderes mundiales. Pero la Casa Blanca no lo ha querido confirmar, y lo que ha trasuntado de todo esto parece ser en definitiva una gran desfachatez. Ello ha puesto de manifiesto, a su vez, la impotencia y la dependencia de Europa para exigirle a Washington un mínimo de respeto y consideración, como lo es que no espíe a sus propios aliados históricos.
La Unión Europea depende, para su defensa, de Estados Unidos, en un mundo crecientemente multipolar y con potencias emergentes armadas surgiendo en todos los puntos cardinales. En ese contexto, no es mucho el margen que tiene Europa para enemistarse con Washington, o simplemente plantarle cara en este asunto. Y no solo por la desigualdad en la relación bilateral, sino también por la propia carencia de unidad de acción que padece la Unión Europea: si Merkel muestra su indignación y Rajoy dice que a él no le consta que España haya sido espiada, entonces la líder germana ya no está hablando en nombre de toda Europa, sino a título personal.
En ese sentido, fue más dura Dilma Rousseff, que el mes pasado canceló una visita de Estado a Washington para manifestar su rechazo al espionaje, que todo lo que han dicho y hecho en estos días los líderes europeos. Y por otro lado está un tema no menor, y es que los servicios de inteligencia de esos países europeos han colaborado con el espionaje de la NSA.
Así pues, Europa parece tener las manos atadas, y deberá aceptar lo que disponga Washington a discreción. El único que en este momento puede poner freno a esa vigilancia descomunal es el presidente de Estados Unidos. El problema es que, en los últimos 10 años, se ha creado un monstruo de siete cabezas en los servicios secretos, que se ha alimentado, por un lado, de los vertiginosos avances tecnológicos y, por el otro, del Patriot Act –sancionado para combatir al terrorismo– y sus restricciones a las libertades individuales.
Esa doble vertiente de engorde y sus inmensurables alcances han convertido a la inteligencia estadounidense en una suerte de Gran Hermano pero a nivel mundial. Algo jamás pensado ni siquiera por los más imaginativos autores de ciencia ficción.
Se estima que si se pusiera en papel la cantidad de metadata de todo el mundo acumulada en los equipos informáticos de la NSA, alcanzaría para cubrir a todo el territorio de Estados Unidos con los papeles dispuestos en 50 pisos de altura. O sea, algo potencialmente incontrolable. Y lo que ha quedado meridianamente claro en los últimos días es que no se trata solo de información sobre gente sospechosa de terrorismo, sino que disponen de los datos de todos y cada uno de nosotros.
De cualquier persona en el mundo que tenga una cuenta en Google o en Facebook, un teléfono inteligente o que simplemente acceda a internet en forma más o menos regular, se pueden vigilar sus movimientos desde Washington. Si a eso se le suma que también se espía a cualquier presidente, líder o monarca, resulta un escenario ya escalofriante.
El dispositivo se ha salido de toda proporción. El genio se les ha escapado de la lámpara. Y ahora para volverlo a meter, hace falta tiempo, un liderazgo fuerte, presencia de ánimo y mucha voluntad política. Tres cosas que Obama ni siquiera ha insinuado en este asunto; y tiempo tampoco le sobra.