10 de julio de 2020 21:40 hs

Varios sucesos de estos días –el retiro de Cancillería del líder colorado Ernesto Talvi, la aprobación de una vasta ley de urgente consideración (LUC), y un amplio acuerdo salarial en el sector privado– parecieron reforzar la autoridad del nuevo gobierno y del presidente de la República

El oficialismo también se beneficia de la debilidad de la oposición, que no termina de apartar a sus antiguos líderes –cometer parricidio– para revisar sus propuestas y renovarse. El Frente Amplio parece moverse al golpe del balde, como la tortuga en el aljibe: un oportunismo táctico con pequeños movimientos y asuntos que no encantan a nadie, salvo a los incondicionales, que no le permiten romper el cerco.

Habrá que ver qué ocurre en la izquierda tras las elecciones municipales del 27 de setiembre, cuando se sienta más liberada.

El éxito en el combate al coronavirus, con bajos niveles de mortalidad, similares a los de Japón y Corea del Sur, reforzó al nuevo gobierno. Ese triunfo, precario y a confirmar cada día, se debe en buena medida a condiciones subyacentes, ajenas a la voluntad de los políticos. Son ventajas demográficas, materiales y culturales de larga data.

Pero nadie olvida que entre marzo y abril el presidente Luis Lacalle Pou se opuso a un encierro radical, y a un parón casi completo de actividades, como proponía la izquierda, con su mayor secuela de locura y miseria, como ahora parece claro.

Leonardo Carreño

La sorpresa y el desagrado que causó la renuncia del líder colorado Ernesto Talvi al Ministerio de Relaciones Exteriores mostró que la coalición de gobierno tiene muchos sostenedores. Al menos por ahora, no hay mucha vida ni prestigio para el Partido Colorado fuera de esa alianza. También parece una verdad evidente para Cabildo Abierto, un socio sospechoso de díscolo.

Todavía no paga marcar perfil a costa del gobierno; el tiempo aún no ha horadado la piedra.

La ley urgente (LUC) aprobada este miércoles fortifica algunas propuestas que le dieron el triunfo a Lacalle el año pasado: refuerzo de la autoridad policial y facilidades para combatir el delito; prohibición de ocupaciones y piquetes en calles y fábricas; un poco más de autoridad al Poder Ejecutivo en la enseñanza pública y menos a los sindicatos.

También esta semana los empresarios, sindicatos y gobierno llegaron a un acuerdo salarial de mediano plazo. Se asume una pérdida de salario real en los próximos 12 meses, y un compromiso de recuperar el poder de compra cuando la economía repunte. Incluye la esperanza de evitar despidos en masa.

No es mal arreglo teniendo en cuenta la coyuntura: caída de exportaciones y del precio de las materias primas; derrumbe de la actividad en la industria, sectores del comercio, los espectáculos y el turismo; quiebra de empresas, despidos y envíos en tropel al seguro de paro. Muchas empresas ni siquiera han pagado el medio aguinaldo y deben parte de los sueldos.

Casi todos los trabajadores, dependientes e independientes, han perdido algo o mucho, salvo en el sector público.

No podría ser de otra manera. Un examen de largo plazo muestra que en Uruguay la producción y la masa salarial varían de manera casi idéntica. En otras palabras, los salarios y el nivel de empleo aumentan en períodos de auge, y retroceden en tiempos de crisis. En todos los casos, si el salario real crece por encima del producto bruto (PBI), entonces se ajusta con un mayor desempleo.

Los Consejos de Salarios, creados en 1943, son útiles para introducir cierto orden tanto en períodos de bonanza como de depresión. La negociación colectiva también disminuye la dispersión de los arreglos, y reduce los conflictos “salvajes”. Pero no puede ir contra la fuerza arrolladora de los ciclos económicos.

Así, por ejemplo, las remuneraciones reales crecieron en ciertos períodos en los que no se convocaron los Consejos de Salarios, como entre 1968 y 1971, o entre 1992 y 2001; o cayeron largamente durante la dictadura, como variable de ajuste; durante las crisis de 1982 y 2002; y caerán ahora, a pesar de los Consejos de Salarios, porque la economía cae.

El salario real y el empleo aumentaron largamente en Uruguay a partir de 2004, junto al auge económico. El salario se detuvo y comenzó a caer entre 2018 y 2019, más en el sector privado que en el público, debido al estancamiento de la economía. Y el desempleo aumenta lenta y sostenidamente desde 2013, cuando alcanzó el menor nivel del último medio siglo, salvo 1981.

Algunos sectores de trabajadores que en los últimos lustros tuvieron aumentos de salarios por encima de su productividad, como los de la construcción o la agropecuaria, lo pagaron con un mayor desempleo relativo. Esos procesos son otra confirmación de que las labores rutinarias, de acciones repetitivas y poco calificadas, están en serio riesgo, porque pueden ser sustituidas por máquinas, nuevas formas de trabajo e inteligencia artificial.

En el largo plazo, el nivel de los salarios y del empleo dependerán mucho más del comercio exterior y de la calificación de la mano de obra –que, a la vez, depende de la calidad de la enseñanza–, que de la voluntad de los gobiernos, sindicatos y empresarios.

Una educación deficiente y desigual es la gran productora de futuros ricos y pobres. 

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