A veces, muy de vez en cuando, la política nos regala esos casi milagros difíciles de testar hasta para el más descreído. El pasado lunes 24 en el programa Todo un Tema del streaming de El Observador asistimos a una especie de realidad paralela escapada de algún capítulo de La dimensión desconocida: la senadora Graciela Bianchi –el nombre de una de las lenguas más ásperas e implacables de la política uruguaya- mutó en plena transmisión “He madurado. 'Esta es una de tus mejores versiones', me dijo una amiga”, avisó Bianchi al comienzo de la entrevista.
Aunque defendió la “ira de los justos” consagrada en la Biblia, la legisladora reconoció que cometió sus ya conocidos excesos en la pasada legislatura cuando la izquierda atacaba sin piedad al gobierno de Luis Lacalle Pou. “Fui muy dura y pagué ese precio. Cría fama y échate a dormir”, lamentó.
Si la mismísima reina del adjetivo nuclear, la que competía cabeza a cabeza en pirotecnia verbal con su correligionario Sebastián Da Silva para ver quién demolía más puentes por hora, supo bajarse del caballo de la furia, el resto del sistema político ya no tiene excusas. De hecho, al ser preguntada sobre a quién le diría hoy “bajá un cambio”, Bianchi no dudó en mencionar a Da Silva, cuya última andanza dialéctica fue llamar “cabeza de termo” a quienes apoyan al presidente Yamandú Orsi.
El giro reflexivo de Bianchi incluyó la autocrítica y la rectificación. Admitió que en su momento subestimó al senador socialista Gustavo González, a quien llegó a tratar de “hijo de puta” por defender el plebiscito contra la Ley de Urgencia. Ahora, en cambio, reconoce que González tiene "una madera humana fundamental para tener vínculos".
Embed - BIANCHI sin filtro: "Estoy pagando el precio de mis últimos 5 años"
Frente a las cámaras, con una paz que desconcertó a más de uno, la legisladora repartió culpas por igual: reconoció que tanto el gobierno como la oposición son responsables de haber convertido la política en un aparente lodazal. “Yo estoy muy preocupada por los niveles de desaprobación (del gobierno), eso no es bueno. Hay niveles de desaprobación en la oposición también. La población nos tiene una absoluta y total desconfianza. Hay movimientos peligrosos de antipolítica”, se sinceró.
“La gente quiere que la política le resuelva los problemas de todos los días y es así. Debe ser así. (…) A mí lo que me preocupa es que puedan aparecer varios outsiders que socaven y que vayan debilitando los partidos –cualquiera de los tres- que son la fortaleza de la democracia”, agregó la parlamentaria.
El diagnóstico de Bianchi es claro: si el Frente Amplio y la Coalición Republicana siguen enfrascados en la pelea menor, la realidad va a generar un vacío que lo van a llenar otros.
Mientras unos y otros sacan pecho con eso de la “excepcionalidad democrática e institucional” de Uruguay, convencidos de que los partidos históricos son un escudo eterno contra la peste de los mesías de turno, la paciencia de la gente tiene la mecha cada vez más corta.
No se trata de que los dinamiteros pidan ahora silencio hospitalario ni que el Frente Amplio y la Coalición Republicana se fundan en un hipócrita abrazo. A nadie le sirve un consenso lavado sin esa confrontación de ideas que es el motor de las democracias.
El problema surge cuando el único fin es destruir la legitimidad del adversario para que, si gana, no pueda gobernar ni un club de bochas. Y que el giro reflexivo venga justamente de quien hizo de la trinchera su hábitat natural, si la abanderada del choque frontal entendió que el juego al límite tiene un costo institucional que el país ya no puede pagar, tal vez convenga tomar nota de la metamorfosis de Bianchi.
Se trata de sentarse a la mesa para defender las ideas propias pero con la lapicera lista para firmar los cuatro o cinco puntos donde se coincide al final del día. La lucha contra la pobreza, la inseguridad pública, o los impuestos inclementes no pueden seguir siendo rehén de la mezquindad del corto plazo.
Porque si los políticos prefieren permanecer en la comodidad del ruido y el tuit fácil, la factura la van a pagar ellos mismos y, con ellos, todos los demás.
Y en un escenario de desencanto total probablemente quienes van a pulular no sean los constructores sino los que lleguen con el martillo a romper lo poco que los políticos tradicionales hayan dejado en pie.
Si la metamorfosis de Bianchi es un acto de genuina madurez republicana o una astuta lectura de los tiempos electorales es algo que solo el tiempo terminará de laudar. La verdad es hija del tiempo, suele decir la legisladora. Pero lo verdaderamente relevante no es el fuero interno de la parlamentaria, sino el espejo que le puso enfrente a sus correligionarios y adversarios y del que surge un reflejo opaco que muestra una política desgastada por el grito y huérfana de cualquier gesto de grandeza.