14 de noviembre 2022 - 5:04hs

Daniel Iglesias Grèze

Según la doctrina marxista de la lucha de clases, capitalistas y asalariados son dos clases sociales que están en conflicto inevitable entre sí. La derecha estaría a favor de los capitalistas y la izquierda a favor de los asalariados. Desde esa perspectiva es difícil explicar por qué, en Norteamérica, Europa y otros lugares, tantos miembros de las élites votan a los partidos políticos de izquierda mientras que tantos empleados y desempleados están abandonando a la izquierda y pasando a apoyar a partidos políticos conservadores, nacionalistas y populistas. 

Sin embargo, en realidad ese fenómeno es relativamente fácil de entender. Se trata de un despertar masivo de los trabajadores y la clase media. Éstos están tomando conciencia de que la izquierda no defiende bien sus verdaderos intereses, sino que más bien atenta contra ellos.

¿Qué quiere esencialmente la mayoría de la gente común y corriente, en el orden material? Seguridad pública; un trabajo honesto, útil y bien remunerado, que le permita "llegar a fin de mes", mantenerse y mantener a sus familias sin grandes sobresaltos; ahorrar algo y no endeudarse mucho; comprar una casa y un auto; y poder jubilarse a una edad no demasiado avanzada sin caer por eso en la miseria. 

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¿Y en un orden más elevado que el material? Casarse, tener hijos y educarlos, transmitiéndoles sus valores morales y espirituales; que sus hijos puedan a su vez formar una familia y vivir en paz y prosperidad; participar con fruto en la vida de la nación y (en el caso de los creyentes) de su comunidad religiosa; contribuir al bien común de la sociedad por medio de iniciativas y asociaciones privadas; etc.

Por último, ¿qué pretenden esencialmente de un gobierno? Ante todo, que no sea un obstáculo sino un auxilio para todo lo dicho anteriormente; que mantenga la ley y el orden al interior de la sociedad y la paz en el ámbito internacional; que construya y mantenga una infraestructura básica; que ofrezca unos servicios públicos modernos y eficientes; que no agobie a los ciudadanos con impuestos excesivos o regulaciones asfixiantes; que respete estrictamente todos sus derechos y libertades; que apoye a los más débiles en la medida en que ello sea necesario; y que, siempre que sea posible, los ayude a liberarse de esa necesidad de apoyo.

La crisis de la izquierda, sobre todo en los países más desarrollados, consiste en que muchas personas de clase media o baja se están convenciendo de que los partidos y gobiernos de izquierda, por su incesante embate revolucionario contra Dios, la Patria, la familia y la propiedad, en lugar de ayudarlos a hacer realidad sus sueños, más bien tienden a convertirlos en pesadillas.

Comencemos por la propiedad privada. La extrema izquierda procura su abolición; pero también la izquierda moderada, de modo indirecto, contribuye a su disminución gradual. El gasto público creciente trae consigo un aumento casi constante de los impuestos y la deuda pública. Las regulaciones estatales cada vez más numerosas y complejas son difíciles de cumplir por parte de las empresas pequeñas y medianas. Así se favorece una enorme concentración del poder económico, político y cultural en el gobierno y las grandes empresas, dejando cada vez más inermes a los ciudadanos comunes. Proyectando a largo plazo las tendencias actuales, se puede entrever el surgimiento de una distopía: tecnocracia, producción robotizada, desempleo generalizado, ingreso básico universal, impuestos confiscatorios, masas entretenidas en el metaverso, legalización de las drogas, amplia gama de "derechos sexuales y reproductivos". Pan y circo al estilo posmoderno. Con un eficiente "servicio" de suicidio asistido en la puerta de salida…

En cuanto a la familia natural, la ultraizquierda la considera un mecanismo de opresión "heteropatriarcal" y busca su abolición; pero también el resto de la izquierda desconfía de ella y la asedia de mil maneras1, contribuyendo a su crisis. Con la familia en crisis, los problemas personales y sociales se agravan hasta un punto en el que difícilmente tienen soluciones satisfactorias.    

En cuanto a Dios y la Patria, los marxistas ortodoxos esperan que en la fase comunista todas las religiones y las naciones desaparezcan junto con las clases sociales; y en general los izquierdistas menos radicales impulsan el secularismo y la globalización, que pretenden el mismo resultado por un camino más largo y más lento.

La revolución política, social y metafísica anticristiana, de la que la izquierda es la vanguardia, se viene incubando desde hace siglos. A medida que avanza y se aproxima a un clímax, sus efectos nocivos cada vez más evidentes hacen que muchos abran los ojos. Quizás, para la mayoría, el punto de partida de ese despertar sea un dolor creciente en uno de los órganos más sensibles del hombre: su bolsillo. Cuando Juan Pueblo perciba que las políticas económicas, sociales y ambientales de la izquierda (y de la derecha "políticamente correcta") lo vuelven cada vez más pobre, endeudado y dependiente, dejará de mirar con simpatía a esas ideologías. 

Debido al fanatismo con que los gobernantes del establishment de derecha y de izquierda (y especialmente los verdes) han combatido contra los combustibles fósiles y la energía nuclear, millones de europeos tendrán que elegir entre pasar frío o pasar hambre durante el próximo invierno boreal2. Es razonable pensar que esto sumará muchos nuevos integrantes al bando de los "despiertos". 

  1. Por ejemplo, en el Estado de Washington (EEUU) los menores, a partir de los 13 años, pueden recibir un tratamiento de "afirmación de género" (o sea, rechazo de su sexo biológico) sin permiso de sus padres: https://www.city-journal.org/transgender-identifying-adolescents-threats-to-parental-rights
  2. https://es.euronews.com/next/2022/01/26/el-dilema-que-afecta-a-35-millones-de-europeoscomer-o-tener-calefaccion    
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