De pelo largo (“abundante”) y bigotes, y al volante de una camioneta Fordson con baranda de madera, con la que salía a vender galletitas por el barrio, es como Gildo Gómez y Horacio Amarillo recuerdan a Tabaré Vázquez. “Es el número uno. Un profesor. Yo lo admiro”, dijo el primero, quien, a sus 79 “pirulos” y con un gorro del Che Guevara, pasó el día en una mesa de la lista 99738 en Carlos María Ramírez y Rivera Indarte, en la puerta del histórico bar Sudamericano. Hablar de ese pasado, señaló, le eriza la piel.
La Teja está pintada con los colores rojo, azul y blanco (más que el rojo y amarillo de Progreso), pero, antes que nada, es el barrio de Tabaré. Los muros del cementerio, los pasacalles, las banderas en los autos y en los balcones; todo tiene el nombre de Tabaré. Ayer no había ni un puestito de otros candidatos. Ni una lista de otros colores tirada en la calle.
“Acá es un ídolo”, definió Mónica Varela, desde su mesa de la lista 7373. No en vano, la hija de la secretaria del circuito nº 2323 le dijo que se fuese “arregladita” porque iba a salir hasta en la “prensa internacional”. Para tranquilidad de los funcionarios, Vázquez fue el quinto votante del día, y la atención se disipó rápidamente, salvo por los que, después, pedían ver su hoja electoral. Nelly Cachés, militante de la lista 738, recordó con decepción que desde el año 1985 le toca votar en el club Arbolito pero nunca coincidió en horario. Esta vez se lo perdió por pocos minutos.
Varios militantes coincidieron en que ayer había un entusiasmo especial en La Teja porque había que salir a votar a Vázquez. Esa picazón no se había sentido en 2009, aunque la interna estuviera más reñida. “Tabaré es Tabaré. Aunque se sabe que hay cosas que no son todavía como deberían… Tabaré es Tabaré”, afirmó Varela.
El propio candidato expresó, a la mañana, tras un abrazo con el Pinchazo, vecino que lo llevaba a pescar a la “rompeolas”, como le decían a la playita de ANCAP, que “uno nunca se va del barrio donde nació (…), se podrá mudar, pero no se va del barrio”, y eso es lo que más destacan los vecinos.
Cada uno repasa de memoria lo que les ha dado: el club Arbolito (sede deportiva y carnavalera), la policlínica, dos merenderos para más de 800 chicos y atención médica gratuita en su clínica. Sin contar su paso por la Intendencia de Montevideo y por el gobierno nacional, José Bagnado, delegado por la lista 99738, recordó otro motivo por el que cualquier gaucho del pantanoso le está agradecido: “Agarró a Progreso en la C y lo dejó en la A”. También fue campeón uruguayo en 1989. Y remató: “Ha sido exitoso en todo. Llegó a lo más que puede llegar un uruguayo en Uruguay. Y viniendo de una familia obrera. La derecha no se lo perdona”.
Los vecinos transmiten la sensación de que Vázquez no es solo uno más entre ellos −también jugaba picaditos en la plaza Lafone, tocaba los platillos en una murga, era un estudiante promedio pero se convirtió en médico y conoce el dolor de perder padre y madre de cáncer−, sino que es el hombre que todos quisieran ser.
“Por eso lo aguantamos desde temprano, a pesar del frío. Es quien representa a La Teja”, comentó Cristina Delgado, militante de la lista 1001 instalada en la plaza Lafone. Quizás en un futuro hasta propongan que le cambien el nombre.