26 de octubre de 2011 23:14 hs

El rati horror show, la última película del director argentino Enrique Piñeyro, no pretende hacer justicia por mano propia, si no más bien por cámara propia.

Al igual que en sus películas anteriores, Piñeyro –un ex piloto de avión devenido en actor y director de cine– muestra en El rati horror show que vuelve a mostrarse como un autor del “nuevo cine de denuncia”, término que utilizó para definir su trabajo, en diálogo con El Observador.

Si en Whisky Romeo Zulú el dardo de sus críticas agudas y fundamentadas era la seguridad dentro del sistema aéreo-comercial en Argentina y en Fuerza aérea sociedad anónima eran los controladores, aquí el centro de la denuncia es el funcionamiento de la represión policial al crimen, en principio desde los procedimientos de una comisaría concreta en el barrio de Nueva Pompeya, para luego saltar directamente sobre cómo funciona el sistema judicial argentino.

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La película acaba de ser presentada en el marco del 10º Festival de Cine de Montevideo y puede verse por estos días en salas locales.

Los hechos fríos
La base de este particular documental se refiere a un hecho real, bautizado en su momento por la prensa como la “masacre de Pompeya”.

En el mediodía del 25 de enero de 2005 hubo una persecusión y un tiroteo sobre la comercial avenida Sáenz de ese tanguero barrio porteño. Dos autos con policías vestidos de civil de la Policía Federal perseguían a un Peugeot 205 cuyos ocupantes habían robado un ómnibus y a un hombre en la calle. En un semáforo, los policías disparan sobre el auto en cuestión, hiriendo al conductor en la boca. Según un testigo, el hombre había disparado sobre sus perseguidores. El Peugeot huye en una carrera enloquecida y atropella a tres personas (entre ellas un madre con su hijo de seis años con síndrome de Down). Los policías siguen disparándole dentro del auto chocado. Antes de que los familiares y vecinos linchen al conductor malherido, una ambulancia lo retira agonizante del lugar.

Los medios de comunicación “crucifican” al supuesto criminal, llamado Fernando Carrera, y la justicia lo condena a 30 años de cárcel, aunque él se haya declado inocente.
Cambia, todo cambia

El caso de Carrera llegó y pasó, quedando sepultado por otras tantas noticias policiales de la urbe porteña.

Algunos periodistas, como Nelson Castro, del canal TN, reflotaron el caso replanteándose preguntas e investigando sobre algunas dudas que planteaba, “aunque mediáticamente estaba sellado”, explica Piñeyro.

Un día el hijo de Piñeyro le muestra un video en YouTube sobre el caso. Luego un periodista y un documentalista le entregan un proyecto de guión sobre la masacre de Pompeya, con archivos de video que mostraban incongruencias con la versión oficial del caso. Entonces se decidió a filmar la película. “Sentí el compromiso de hacer lo posible por sacar a Carrera de la cárcel”, afirma el director.

En base a un trabajo metódico de investigación periodística, Piñeyro comienza a darse cuenta de que la versión de Carrera no solo es posible, sino que además es creíble.

Acababa de dejar a sus hijos en casa de sus suegros, estaba en un semáforo en su Peugeot blanco y de pronto unos hombres comienzan a dispararle desde dos autos. Un balazo lo hiere en la cara. Carrera, inconsciente, maneja su auto sin control por la avenida Sáez y no recuerda haber atropellado a las víctimas. La policía planta un arma en el auto de Carrera y consigue su chivo expiatorio. El principal testigo es un ex policía amigo del personal de la comisaría. El abogado defensor resulta ser un defensor de policías corruptos que aconseja mal a su defendido herido y conmovido.

La cadena de errores continúa. No se hacen análisis de huellas. Además el testigo le miente a la justicia.

En su segundo interrogatorio, el testigo contradice su testimonio anterior pero los jueces igual mantienen su veredicto. La historia de Carrera se transforma entonces en un cuento kafkiano, o en una película de Hitchcock. El caso vuelve a las noticias y la opinión pública comienza a cambiar su postura.

El cine de Piñeyro parece querer ir hasta las últimas consecuencias. Junto al premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, el director utiliza un recurso jurídico llamado “amicus curiae” hacia la Corte Suprema para que modifique el fallo inicial. La Corte le pasa el asunto a la Procuraduría, que según Piñeyro realizó un “informe patético”, contrario a la liberación de Carrera y lo devolvió a la Corte, donde el caso se encuentra hoy. Carrera continúa en prisión.

No se ha dicho la última palabra sobre el caso. Desde que se estrenó en Argentina más de 30 mil DVD de El rati horror show se han repartido en forma gratuita como parte de la campaña para liberar a Carrera. Piñeyro también consiguió que representantes de todos los partidos políticos argentinos hagan un pedido para que se revea el caso.

“Voy por la calle y la gente me dice: ‘hacé una película sobre los agrotóxicos, sobre los glaciares’. Está bárbaro, pero que me traigan una idea en forma de guión”, confiesa el director, al que parece no molestarle el papel de justiciero social que le da su cine.

“Me encantaría hacer otras películas, pero siempre encuentro algo que funciona mal”, dice.

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