16 de julio de 2021 11:00 hs

En setiembre de 1985, aún en Guerra Fría, Fidel Castro reunió en el Palacio de las Convenciones de La Habana a periodistas e intelectuales de América Latina para proponerles el no pago de la deuda externa. Buscaba cortejo porque poco después Cuba caería en default.

Un día Fidel se apareció en el estrado, escuchó un poco y luego empezó a hablar. Por un rato su mera presencia y sus palabras fueron magnéticas. Tenía algo del encanto y la ironía de Wilson Ferreira Aldunate, aunque en versión tropical y sin frenos: un personaje no habituado a repreguntas ni a limitación alguna. “Te respondo en un momentico”, dijo tras una pregunta. No paró de hablar durante tres días, con una retórica arborescente y frondosa.

El público era entre amigable y feligrés: militantes comunistas, de izquierda ultra o periodistas liberales. Muchos estaban encantados; mientras otros, con el paso de las horas, sobrellevaron el creciente hartazgo con cortés resignación.

No importaba tanto lo que Fidel decía, sino cómo lo decía: un narrador sin orden ni concierto, un gran ególatra torrencial.

Ese tipo de personaje estuvo en la base del éxito de la revolución cubana, como de tantos otros regímenes carismáticos, incluido el fascismo; pero más en América Latina, con su larga saga de caudillos y salvadores de la patria.

Esa puede ser una síntesis de la revolución socialista en Cuba: verbal más que real, absoluta y sin contradictores, a veces simpática y otras ominosa o yerma, pobre y desigual, con castas de intocables y masas obedientes y pedigüeñas. (El mismo abismo entre las palabras y la realidad emergió de nuevo, contra la modernidad, en la Venezuela de Chávez y Maduro).

Fidel Castro aseguró la revolución comunista y su predominio personal después de la Crisis de los Misiles de 1962, uno de los momentos más peligrosos de la Guerra Fría. En esa ocasión, la única en la que realmente Estados Unidos bloqueó la isla, Nikita Jruschov retiró sus armas nucleares a cambio de la garantía de John F. Kennedy de que no invadiría Cuba (directamente, no por interpósitos milicianos, como en bahía de Cochinos).

Así el largo lagarto verde que cantó Nicolás Guillén, un territorio más pequeño que Uruguay, poblado por 11 millones de personas, donde lo que más abunda son la propaganda y la musicalidad, ha subsistido largamente en la boca del león.

Y es de lo poquísimo que queda, cual museo, junto a Corea del Norte, del otrora poderoso bloque comunista (China y Vietnam derivaron hacia una combinación típicamente asiática de autoritarismo político y capitalismo económico).

Es un limbo detenido en el tiempo, sin destino ni razón. Lo único que pasa en Cuba es el tiempo. El antiguo prestigio de su revolución, sostenida militar y económicamente por la Unión Soviética, que fue enorme entre muchos jóvenes que llegaron a ofrendar su vida en toda América Latina por la causa del socialismo, ahora solo subsiste entre ingenuos, necios y oportunistas.

El socialismo cubano murió hace mucho tiempo, por las causas de siempre: conservadurismo autoritario, burocratización y atrofia económica. El clima y la geografía, y la enorme amabilidad de su gente, suavizan los contornos de una dictadura personalista, un señorío feudal.

La isla tiene una economía primitiva, al margen de la revolución tecnológica, con amplio predominio estatal y escaso comercio exterior. La producción agropecuaria cayó por debajo de antes de la revolución, y buena parte de las tierras están abandonadas. Ha vuelto a depender del turismo, pues el azúcar pasó de moda; y de la exportación de médicos valerosos que trabajan en las regiones más pobres de ciertos países, desde Venezuela a África, en parte para sí y su familia y más aún para el Estado cubano.

Ahora la pandemia redujo el turismo y agravó la habitual escasez de alimentos, medicinas, energía eléctrica y transporte.

El embargo estadounidense, que impide a sus ciudadanos comerciar con Cuba y dificulta todo tipo de transacciones, incluidas las vitales remesas de dinero entre familiares, ciertamente es un abuso y una fortísima carga para la economía isleña.

Pero Cuba comercia libremente con el resto del mundo, incluso con Uruguay, donde compra productos lácteos y arroz. Su problema, en todo caso, es la poca diversidad de su oferta exportable, la escasez de divisas y el largo historial de impago de deudas.

Varios intentos de “rectificación” y de apertura económica gradual han vuelto atrás, por el miedo de la cúpula del Partido Comunista a perder el control, como ocurrió a los soviéticos bajo Mijail Gorbachov.

La emigración masiva, una válvula que libera tensión interna, arrojó al mundo a muchos jóvenes cubanos, principalmente a Estados Unidos y a España.

La negación de la realidad ha sido una característica de cierta izquierda, como de cierta derecha. Pero ese divorcio entre las palabras y los hechos en Cuba tiene dimensiones trágicas.

La modernidad, en forma de Internet y redes sociales, que el régimen retrasó todo lo posible, lo está matando; como resquebrajó buena parte de las autocracias árabes, o facilitó todo tipo de protestas en la doliente América Latina en los últimos años, desde Venezuela a Chile, desde Colombia a Nicaragua.

Este domingo miles de cubanos, hartos de escasez y apagones, salieron a protestar en unos 40 pueblos y ciudades, a pesar de que son muy difíciles las protestas contra el régimen, por la misma razón que las fueron en Uruguay después del 9 de julio de 1973.

Hará falta mucho más que eso para desbancar a la nomenklatura. El Partido Comunista, en simbiosis con el ejército, controla cada resorte del poder y de la sociedad, y digita casi todos los empleos.

También la ceguera, cuando no estupidez, de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, complacientes con la poderosa comunidad cubanoamericana de Florida y Nueva York, ha sido para el comunismo cubano un factor de excusa y amalgama nacionalista.

Daniel Alarcón Ramírez, alias Benigno, un hijo de campesinos, hizo la revolución junto a Camilo Cienfuegos. Luego fue uno de los pocos sobrevivientes de las guerrillas de Ernesto “Che” Guevara en Congo y Bolivia. En 1994, desilusionado de la revolución, fugó a Francia. En sus “Memorias de un soldado cubano”, auguró: “La excusa del bloqueo es lo único que le queda a Fidel para mantenerse en el poder: el día que deje de existir el bloqueo, dejará de existir Fidel”.

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