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Estilo de vida > NO SÓLO BUENAS VIBRAS

El mandato de la felicidad: ¿qué pasa cuándo el exceso de positividad reprime las emociones?

La tendencia a enfocarse exclusivamente en el lado positivo de la vida puede tener consecuencias en la mente y el cuerpo

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28 de agosto de 2021 a las 05:00

Existe una tendencia a adormecer todo atisbo de sufrimiento y sedar toda emoción que no se asocie al éxito y la felicidad. Parece que quien no es feliz no se esfuerza lo suficiente para lograrlo y no vibra a la altura adecuada. ¿Qué pasa cuándo la felicidad se convierte en una obligación? 

La imposición del pensamiento positivo es conocido como “positividad tóxica”. Y, según los expertos, cuando una persona no puede sentirse optimista y se siente obligada a forzar la felicidad constante, puede llevar al aislamiento y la frustración. Por el contrario, aprender a identificar y transitar el dolor, la tristeza, la angustia y otros sentimientos que habitualmente se consideran “negativos” es clave para desarrollar un estado emocional saludable.

El psicólogo Alejandro De Barbieri prefiere hablar de “exceso de positividad”: "En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han dice que la depresión que sufre un ser humano es por exceso de positividad o también se le llama positividad tóxica”, explica.

Incluso cuando pasamos por una ruptura, una pérdida o un problema de salud, queda poco espacio (y si lo hay es siempre muy breve) para hablar de lo que sentimos realmente sin que se convierta en una queja. Tenemos que estar bien y, si no lo estamos, debemos pensar que podría ser peor. Este positivismo permanente se cuela por cada aspecto de la vida cotidiana: tenemos que ser felices en el trabajo y en casa, con nuestra familia, los amigos y la pareja. Y si no somos felices, no encajamos.

Los especialistas destacan que no existen emociones “negativas”, sino que todas forman parte de un proceso unificado de reacción más o menos consciente, más o menos automática, y muy necesario para la supervivencia: todas las emociones son positivas, en el sentido de que generan crecimiento. “No son negativas porque de la tristeza se aprende mucho, del miedo se aprende mucho, en sí mismas no tienen por qué ser negativas”, comenta De Barbieri.

“En última instancia tenemos emociones de bienestar y emociones de emergencia, emociones de seguridad e inseguridad. Todas nuestras emociones son necesarias ya que somos una unidad psicosomática”, sostiene, por su parte, Luis Gonçalvez Boggio, magíster en Psicología Clínica y coordinador del programa Psicoterapias de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República.

La psicóloga Manira Correa, en tanto, señala que la felicidad sigue siendo un "mecanismo de control social". "Si no sos feliz, sos infeliz, y esa infelicidad es vista como algo negativo", dice. La profesional indica que esa perspectiva genera que las personas se vayan alejando y dejen de hablar de lo que les pasa, y eso repercute tanto física como emocionalmente.

Gonçalvez Boggio también refiere al concepto acuñado por el filósofo surcoreano y alerta sobre sus posibles consecuencias. Señala que el exceso de positividad, como lo describe Byung Chul Han, nos lleva a una guerra contra nosotros mismos. “Es un estado hyper en donde debemos ser hiper-activos, hiper-acelerados, estar siempre hiper-conectados e hiper-informados. Este estado hyper nos produce una ansiedad creciente, y tiene su contracara en el estado hypo: los estados depresivos en donde se da un permanente sentimiento de falta, de reproche, de autoagresión, como consecuencia de esta guerra interiorizada”. 

Según el psicólogo, este exceso de positividad produce mucha ansiedad. “Este individuo sobre-excitado y sobre-exigido cree que todo lo puede. Y la contracara de esta subjetividad estresada y competente es la subjetividad anestesiada de la depresión”.

 

“Vibrá alto”. “Todo va a estar bien”. "Atrae solo buenas energías”. El concepto del que hablan los expertos habitualmente se apoya en frases como estas, simples y reduccionistas, como si fueran un antídoto infalible contra el malestar. Pero, para ser sinceros, todos hemos sido víctimas y victimarios de excesos positivos. “Vivimos a veces tan angustiados, tan solos, tan individualistas, que si alguien te dice que está mal no te da el corazón para escucharlo”, dice De Barbieri.

El psicólogo señala que, ante la expresión de malestar de otro, tendemos a responder que “todo va a estar bien”. Pero si nos acostumbramos a pensar que esto es así, no sabremos cómo estar mal. Se trata de validar esas emociones "negativas", porque de lo contrario no sabremos hospedar el dolor.

“Es muy importante no caer en esa positividad tóxica”, sostiene, y recuerda una frase del psicólogo Carlos Díaz: "Se precisa amar más de lo que nos duele el dolor del otro". Habilitar un espacio de diálogo antes de anestesiar la tristeza de un ser querido es clave. De Barbieri invita a construir puentes, a escuchar por qué el otro está triste, mal o cansado, y no cancelar las emociones. "Es darle lugar a hablar y expresar las emociones "negativas", sentirlas, hospedarlas. La tristeza no es depresión. Enseguida nos drogamos con la cultura del entretenimiento para anestesiarnos".

"El machismo crónico es horrible", señala De Barbieri en el sentido de que, aunque a las mujeres también les cueste hablar sobre sus emociones, el caso de los hombres es aún más complejo porque durante toda su vida se les enseñó a no compartirlas.

Correa, en tanto, señala que sobre la mujer pesa el mandato de lo deseado y lo esperado para ser feliz. Casarse, tener hijos o hijas, una carrera y llevar adelante el hogar, siguen siendo cualidades que se asocian a la felicidad femenina para la sociedad contemporánea, a pesar de los cambios impulsados por el movimiento feminista. "Te venden que para ser feliz tenés que ser de determinada forma, y no todas las personas queremos las mismas cosas, ni podemos acceder a lo mismo", reflexiona.

¿Cuáles pueden ser las consecuencias?

Los síntomas de este exceso de positividad no se exhiben, muchas veces, más que por la ausencia de placer y un creciente deseo de anestesiar el dolor

Muchos pacientes llegan a nuestra consulta con el llanto inhibido y no pueden entregarse a su tristeza. Su fachada está recubierta de amabilidad, de cooperación, de una falsa alegría que muchas veces proyectan en sus múltiples “identidades digitales” (en Instagram, en Tinder, en Facebook, en Linkedin). Detrás de esta máscara encontramos una negatividad oculta, a la que podemos acceder a veces simplemente haciéndolos respirar profundamente”, dice Gonçalvez, y explica que los problemas en estos casos se originan en la disociación entre lo que sentían y lo que expresaban, o lo que pensaban. “En esa desconfianza a las emociones causa que, tarde o temprano, el paciente se sienta deprimido y considere que su vida está vacía de sentido”.

Si no se pueden expresar estas emociones, se produce un estrés emocional. Gonçalvez señala que una diferencia entre el estrés físico y el estrés emocional es que el primero generalmente es más breve, pero el segundo tiende a persistir y se vuelve inconsciente, aunque cualquier emoción que no puede ser liberada o expresada implica un estrés para los músculos, entre otros órganos.

De Barbieri explica que una de las consecuencias de esta preocupación por la felicidad constante es el analfabetismo emocional. Lo que en psicología se llama alexitimia: la dificultad para poner en palabras el afecto. Además señala que puede generarse una “fragilidad emocional tremenda” si la persona no es capaz de sostener el dolor y aprender a quedarse en la tristeza. “Esa emoción se vuelca al cuerpo. Ponemos en el cuerpo el dolor del alma cuando nos cuesta decir 'estoy triste' o 'estoy angustiado', y es fundamental identificarlo”. El profesional señala que hay que hacer ese trabajo emocional porque esa fragilidad puede transformarse en una depresión, en soledad y aislamiento.

"El partido que nos estresa, que nos provoca ansiedad y que termina deprimiéndonos se debe a que nuestro mayor contrincante es uno mismo. Uno mismo exigido desde el lema del 'tú puedes' que tiene como escena temida el quedar atrás, no llegar, no poder. El exceso de posibilidad (todo está permitido, pero nada es verdaderamente alcanzable o posible) y de positividad (la ilusión de la felicidad) produce la contracara del estrés acumulativo, la ansiedad y la depresión: el exceso de sentimientos de insuficiencia y de inferioridad", dice Gonçalvez.

Él también remarca el rol de las redes sociales en este mandato de la felicidad. "La ilusión de que los likes y retuits nos llevan a un supuesto éxito social y a un oasis imaginario de felicidad tiene como contrapartida la obligación de estar a la altura de lo aceptable, de sobresalir, de buscar determinado estatus social". Es que las redes sociales, con perfiles y usuarios que construyen vidas que parecen "perfectas", contribuyen a que los usuarios, especialmente los más jóvenes, crean que es posible mantener una vida equilibrada y exitosa las 24 horas de los 365 días del año. Spoiler alert: es imposible. Y aunque algún influencer de autoayuda quiera convencerlo de que cualquier contratiempo se soluciona "pensando en positivo", ¿usted no lo dudaría?

Gonçalvez, autor del reciente libro Trauma y Pandemia. Efectos psicosociales e intervenciones clínicas, asegura que la cuarta ola de la pandemia, como se la ha denominado internacionalmente, va a estar centrada en los problemas de salud mental que arrastremos o que surjan en el futuro post-covid. "Tenemos cansancio y fatiga pandémica, pero también hemos desarrollado nuevos miedos y angustias. Las emociones movilizan nuestros recursos energéticos y provocan intensos cambios fisiológicos y psicológicos en nuestra personalidad". Él explica que el análisis, la elaboración y la expresión de las emociones reprimidas durante 2020 y 2021 va a favorecer una salida de la ansiedad y de la depresión, que crecieron notoriamente en este periodo.

En ese sentido, ¿es posible ser exclusivamente positivo en este contexto? No, y tampoco es deseable. "Es muy lindo decir 'saldremos más fuertes'. Estamos tentados. Pero hay mucha gente de duelo, muchos perdieron seres queridos, muchos perdieron el trabajo", señala De Barbieri, y agrega lo importante que es no silenciar los sentimientos de aquellos que transitan el dolor y las consecuencias pandémicas.

"Aspiro a que salgamos más compasivos, menos egoístas, valorando más los vínculos. Hay cosas positivas, pero el riesgo del exceso de positividad es no darle lugar a que el otro exprese que está mal. Tenemos que aprender a escuchar y a tener empatía", sostiene el psicólogo. 

En resumen, no se trata de no ser positivos ni optimistas: ser positivo no es nada malo per se. El problema se genera cuando forzamos la positividad en nosotros mismos y en quienes nos rodean, porque creemos que de lo contrario sería un fracaso. Se trata más bien de hacerle un lugar a los sentimientos que nos incomodan, que duelen y que nos interpelan. Y que, a largo plazo, nos hacen resilientes.

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