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El Método Kominsky: los dramas de la vejez en forma de comedia

La nueva serie de de Netflix está protagonizada por Michael Douglas y Alan Arkin  y es un vistazo a las peripecias de dos exitosos veteranos de Hollywood 

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14 de enero de 2019 a las 05:00

Hace un tiempo, pongámosle unos dos años, el Señor Netflix se puso a firmar contratos a diestra y siniestra. La plata no era problema, no; aunque las suscripciones no eran suficientes para costear los nombres con los que quería engrosar su fichero, el buen hombre apostó a la deuda y así se aseguró la expansión de su cada vez más caudaloso catálogo. Firma por acá, firma por allá, apeló a su inteligencia empresarial y, maquiavélico, fue a buscar a las grandes mentes creativas de Estados Unidos. Así fue que se metió en el bolsillo a la productora Shonda Rhimes, a los hermanos Ethan y Joel Coen, a Martin Scorsese, a Ryan Murphy y a Cary Fukunaga, entre otros talentos audiovisuales. En aquella primera danza de nombres, el Señor Netflix también reservó el nombre de un personaje fundamental en muchas de las comedias que, en este mundo anglocontaminado en el que vivimos, usualmente denominamos sitcoms. El hombre era Chuck Lorre, y había dedicado su cabeza y su vida a crear series exitosas y longevas como The Big Bang Theory y Two and a Half Men. En resumen, una carta ganadora. 

Pasó el período de producción y llegó el momento de trillar aquellas esperanzas plantadas en el 2017. El señor Netflix estaba ansioso; por fin tendría la oportunidad de darles a sus clientes los frutos de aquellas trabajosas negociaciones. Emocionado, puso en su pantalla a la primera serie producida en conjunto con Lorre, Disjointed, protagonizada por la estrella de Saturday Night Live Melissa McCarthy. Pero lamentablemente para sus intereses, la serie fue una real pérdida del tiempo. Buscando ser coyuntural, tenía un sentido del humor calamitoso que en varias ocasiones rozaba la vergüenza ajena. Con esos antecedentes flojos, el Señor Netflix confió un nuevo proyecto a su novel pero experiente acólito, que lo había defraudado de manera inesperada. Qué más da, habrá dicho él, darle una serie o dos. Probemos.

Y fue así que, a fines de 2018, llegó El Método Kominsky. Esta vez, Lorre jugó de manera inteligente y se rodeó de dos rostros muy conocidos y exitosos de la industria de Hollywood: Michael Douglas y Alan Arkin. Con ellos, el productor pretendió galvanizar su nueva producción con la calidad de dos de los veteranos más versátiles y carismáticos que hoy tienen el cine y la TV estadounidense. Y fue una suerte que lo haya hecho; si El Método Kominsky vale la pena es porque estos dos señores dan todo en una serie que bien podría haber sido otro error de Netflix, otro despropósito en manos de su usualmente exitoso creador. Douglas y Arkin, sin embargo, la rescatan y ahora, con dos muy recientes Globos de Oro encima, el Señor Netflix respira y disfruta de su éxito y las visualizaciones que, desde hace algunas semanas, no paran de llegar.

Viejos valores

En El Método Kominsky Michael Douglas es Sandy Kominsky, un veterano actor que dedica la última etapa de su vida a conquistar mujeres más jóvenes y a enseñar el arte de la interpretación a novatos deseosos de adentrarse en la carnicería de Hollywood. Alan Arkin, en tanto, es Norman Newlander, un viejo representante inactivo y cascarrabias que pasa sus días metido en la mansión en la que vive, cuidando de su esposa que tiene una enfermedad terminal. Ambos, Kominsy y Newlander, son viejos amigos: compartieron trinchera en la época en que buscaron oportunidades en Los Ángeles y hoy miran la vida desde arriba como dos grandes compañeros de andanzas, con éxitos dispares pero importantes.

Sus vidas transcurren de manera desigual, casi en las antípodas, pero a pesar de que los dos piensen que el horizonte ya no les guarda demasiadas sorpresas, de repente se enfrentan a un precipicio opuesto de sensaciones que los sacuden: Norman queda viudo y Sandy se enamora –al parecer, definitivamente–.

Eso será el punto de partida para unas cuantas aventuras que estos dos viejos valores del cine comenzarán a vivir, entre las que se encuentran algunos viajes ruteros, visitas a casinos indios, problemas con la DGI de allá y algún que otro lío con hijas adictas a las pastillas que aparecen de golpe.

Lo que se dijo antes, se repite ahora: El Método Kominsky podría haber salido muy mal. Hay algunos episodios que están un poco desconectados de la trama general, las mujeres no salen muy bien paradas de las historias que protagonizan, ciertas situaciones son un poco inverosímiles y algunos diálogos y chistes pueden chirriar en los oídos de quienes estén más alejados de la comedia de Lorre. 

Sin embargo, la serie resiste esas abolladuras por las dos interpretaciones de Douglas y Arkin, que brillan en la piel de estos dos hombres que enfrentan todo tipo de problemas sanitarios y emocionales, propios de su edad.

En ese sentido, Lorre –que tiene 66 y podría llegar a conocer de cerca cualquiera de estas situaciones– se muestra maduro y sensible; logra, por ejemplo, llevar el duelo a un lugar conmovedor y repasar los problemas físicos que vienen con la edad con soltura y liviandad, pero a conciencia. Hay, también, lugar para la crítica y la reivindicación: golpea al sistema médico que deja desamparados a sus exponentes más longevos, desecha los prejuicios contra el amor a edad avanzada y reafirma la necesidad de la búsqueda de un propósito cuando el cuerpo o el contexto indica que hay que sentarse a descansar. Casi pareciera ser un destape, intencionado o no, de los fantasmas personales que el exitoso showrunner guarda en su interior.

El Método Kominsky no es la gran serie del 2018, ni la mejor comedia de Netflix, pero es un producto que atinadamente esconde su drama bajo las risas y que pone el foco en los problemas y las emociones de un espectro de la sociedad usualmente olvidado y descartado. Además, sus capítulos duran alrededor de media hora –ideal para este verano– y tiene a dos grandes maestros de la actuación descollando en sus personajes. Verlos brillar de esa manera hace que todo valga la pena.

Por eso, el Señor Netflix hizo bien en darle otra oportunidad a Chuck Lorre. No le salvó la plataforma ni la plata, pero con las andanzas de Kominsky cumplió el contrato sobradamente y encima le dio premios. Y, más importante para Lorre que para Netflix, está haciendo pasar a sus espectadores un buen rato de comedia. 
 

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