3 de agosto de 2012 20:28 hs

Unas manos silenciosas e invisibles pasaron por las fachadas de los edificios más emblemáticos de la ciudad, desde el Teatro Solís hasta el Palacio Legislativo. Sin ellas no existirían ni las gárgolas que observan desde los techos, ni los querubines que custodian las fuentes ni tampoco los próceres a caballo que gobiernan las plazas. Desde fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, acompañaron enérgicamente las grandes ideas de escultores y arquitectos de renombre.

Sin embargo, las tendencias arquitectónicas las hicieron frenarse al punto de estar hoy al borde de la extinción.

Esas manos son las de los yeseros. Un par de ellas se resisten a perder el movimiento en un viejo caserón en la calle Martín C. Martinez. Son las de Luis Alonzo, un escultor de 62 años, que sueña con poder preservar el oficio de la yesería ornamental para las futuras generaciones.

A Alonzo le rompe la vista y el ánimo, “algunas burradas” que se cometen en modernas restauraciones, cuando en lugar de recuperar un patrimonio arquitectónico se opta por darle una pincelada.

“Estamos dejando un legado hacia un futuro mal expresado”, se lamenta.

Su taller de yesería es uno de los pocos que todavía subsisten en Montevideo. Pero con una jubilación de $ 6.200 ni siquiera puede cubrir los costos de su mantenimiento. “No tengo más remedio que cerrar lo que considero un vestigio de un época gloriosa de la arquitectura del país”, dice.

El taller del que hoy es propietario es hijo de una época de apogeo arquitectónico en la que se construían casas, iglesias, teatros, edificios, fábricas y hasta galpones cuyas fachadas eran decoradas con ornatos y esculturas al mejor estilo Romántico, Gótico, Renacentista, Barroco y Rococó. Una época en la que podían competir decenas de talleres que funcionaban como contratistas de la construcción, con artesanos y artistas que se habían formando con los primeros inmigrantes españoles, italianos, franceses y portugueses.

Una larga lucha

Desde 2001, Alonzo propuso sistemáticamente a las autoridades gubernamentales e incluso a empresarios diferentes proyectos para conservar el patrimonio que hoy está oculto detrás de la vieja casona de más de 700 metros cuadrados. La formación de una escuela taller, un museo y hasta un centro de estudios de posgrado para estudiantes de Arquitectura, Bellas Artes y de la de Escuela de la Construcción de UTU, formaron parte de sus propuestas. Pero ninguna prosperó.

Según cuenta, en todas las alernativas estaba dispuesto a donar todas las piezas de su taller, siempre y cuando fueran utilizadas para transmitirle el oficio a las futuras generaciones, a cambio de un incentivo que le permitiera mejorar su jubilación y de que se hicieran cargo de los gastos primarios del taller como la luz y el agua.

“Por aquí pasaron desde Mariano Arana cuando era intendente, al director del Museo Juan Manuel Blanes, Daniel Peluffo, Liliám Kechichián, y hasta el ministro de cultura en el gobierno de Batlle, Leonardo Guzmán, pero la respuesta final fue negativa en todos los casos”.

“La burocracia es tan grande que no sé que decir”, le dijo entonces el ex ministro Guzmá. Finalmente, si bien no salió el proyecto del museo, le terminó realizando algunos trabajos de restauración en la casa del ministro, según contó.

El principio

Alonzo comenzó a trabajar en el taller Giammarchi a los 12 años a instancias de su madre, que pretendía encaminarlo. De hacer los mandados y pequeñas tareas de limpieza, poco a poco pasó a encargarse de algunos trabajos, una vez que logró ganarse la confianza de los dueños.

Al ver que tenía condiciones, sus patrones lo mandaron a estudiar el oficio. En aquel entonces no imaginaba que algún día sería el dueño del taller. Pero cuando tenía 33 años sus patrones decidieron jubilarse y le ofrecieron comprarlo.

Corría el año 1983, y un taller de yesería podía darse el lujo de tener más de 10 empleados. Alonzo no lo dudó. “Si me dan alguna posibilidad de financiamiento, yo agarro viaje”, dijo.

El ocaso de la yesería

Más de un millar de piezas de yeso permanecen apenas resguardadas en unas frías paredes descascaradas.
Alonzo lo muestra como una suerte de tesoro oculto que le ha tocado proteger. “Hay muchas piezas de yeso que están firmadas, pero hay una montón de las que no existe registro”. Son vestigios de otra época en los que los trabajos en yeso eran cosa de todos los días. “A nadie se le ocurría atesorar un molde de yeso: es como si a un mecánico se le ocurriera guardar el repuesto de un motor”, explica.

La cantidad de piezas que parecen estar escuchando la conversación de Alonzo con El Observador desde las estanterías es interminable y caótica. Artigas, Lavalleja, frisos de estilo griego, figuras paganas, emblemas patrios, capiteles, gárgolas, un cristo redentor, los leones que están en los balcones del Cuartel de Bomberos sobre la calle Magallanes, las estrellas de mar que se ven en las fachadas de la casa de los balnearios y hasta un Papá Noel.

Mano a mano con los maestros

Por recomendación de sus patrones en el taller, Alonzo tuvo la oportunidad de conocer a artistas consagrados como José Luis Zorilla de San Martín o Stelio Belloni y hasta se sacó el gusto de que el primero lo llamara maestro.

“En 1971, me instalé en el taller de Zorilla para pasar a yeso el monumento de Artigas que se colocó en la ciudad de La Plata. Un día cuando estaba todo enchastrado con yeso y arcilla, Zorilla me llamó para presentarme al embajador argentino que estaba supervisando la realización del monumento. “Baje un segundo maestro”, me dijo, y luego me presentó como el encargado de taller más joven que había tenido. Yo casi que no salgo por la puerta después de eso”, rememora con nostalgia.

Alonzo también trabajó junto a Belloni en la fabricación del molde del monumento a José Artigas que hoy está emplazado en el cerro Ventura de la ciudad de Minas. “Cuando creamos el molde, hicimos más de 2000 piezas. Fue un gran rompecabezas de 11 metros de altura. Lo gracioso es que por falta de presupuesto no lo terminé armando yo, sino los propios funcionarios municipales de Lavalleja. Tuvimos que numerar las piezas y armar un diagrama para que pudieran armarlo, una locura”, rememoró.

Entre la infinidad de piezas del taller, hay algunos modelos originales en yeso que hasta tienen la firma de los escultores. “Muchas veces estos traían piezas para reproducir o para hacerles el molde pero terminaban sin ser retiradas por falta de pago”.

Obviamente, Alonzo también conserva los modelos de sus propias creaciones como la del busto de Artigas que el mismo creó, y del que se hicieron reproducciones para los 19 departamentos del país y del busto en homenaje a Salvador Allende, que hoy puede verse en Brito del Pino y Avenida Brasil.

La mano invisible

La lista de edificios en la que estuvo al frente de las restauraciones como encargado de taller de escultura y yesería Giammarchi es interminable: la Residencia Presidencial del Prado, el Museo Pedagógico, el Sanatorio Círculo Católico, la Universidad de la República, el Palacio Taranco, el Palacio Legislativo, el Hotel Victoria Plaza, el Museo Romántico, el Hospital Maciel, la Sala Verdi, el Parque Hotel y un largo etcétera. En su mayoría fueron trabajos encargadas por empresas como Teyma, Collet Neri o Campiglia.

Una de las restauraciones que más recuerda fue la del sol que está en la fachada del Solís, que se realizó en material imitación “Tierra Romana” en 1979.

“Habíamos propuesto realizar la reparación in situ pero los jerarcas de la intendencia de aquel momento se negaron por un tema de presupuesto. Fue un crimen porque se decidió hacerle un molde taselado (pieza contenedora del yeso) para poder trabajar las piezas en el taller. La restauración fue más barata pero se perdió el original. Lo curioso es que cuando fuimos a quitar el sol original ya no estaba, alguien se lo había encanutado”, cuenta.

Por su condición de técnico, su firma nunca figuró en ninguna de estas célebres restauraciones. “El trabajo del yesero es totalmente invisible. Solucionamos un montón de problemas pero nunca figuramos; el mérito siempre se lo lleva el estudio de arquitectos o la constructora que nos contrata”.

Quizás por ello, su taller este destinado a desaparecer sin que a nadie le importe.

Hoy Alonzo se muestra resignado. Después de sufrir un infarto en 2005, decidió bajar la pelota con los reclamos a autoridades y perdió las esperanzas de que pudieran concretarse los proyectos de la escuela o el museo. No quiere ni imaginarse el futuro del taller. “La casa ya está en venta y las piezas seguramente terminen en un remate, las que no se vendan en la casa de amigos, y las que nadie quiera en una volqueta”, dice con impotencia.

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