Unas manos silenciosas e invisibles pasaron por las fachadas de los edificios más emblemáticos de la ciudad, desde el Teatro Solís hasta el Palacio Legislativo. Sin ellas no existirían ni las gárgolas que observan desde los techos, ni los querubines que custodian las fuentes ni tampoco los próceres a caballo que gobiernan las plazas. Desde fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, acompañaron enérgicamente las grandes ideas de escultores y arquitectos de renombre.
El ocaso del yesero
El escultor Luis Alonzo siente que agotó todas las posibilidades de mantener uno de los últimos vestigios del apogeo del arte en yeso. Su taller está a punto de cerrar sus puertas y sus piezas, claves en varios monumentos de la ciudad, al olvido