Escribo esta columna desde China. He tenido la suerte de viajar aquí durante los últimos 10 años y recorrer decenas de ciudades de norte a sur de la costa. Y en cada viaje, inexorable y reiterativamente, suelo reflexionar en estos puntos: el activo país que tenemos; el metabolismo charrúa; nuestro tamaño de partícula atómica; y la importancia del acceso a los mercados. Lanzo unas pinceladas.
Contamos en Uruguay con formidables activos. Distancias cortas, puertos, geografía ondulada, pocos eventos climáticos extremos, sin divisiones religiosas, étnicas, raciales, sin guerras, con gente educada, agua, tierra, cielo. Una vez tuve que explicarle a un visitante de la India que en Lavalleja no había ni elefantes ni tigres, ni selva ni desiertos, ni milicias armadas, ni muchas más serpientes ponzoñosas que alguna crucera, ni tifones, ni camellos, ni búfalos, y que ni hacía ni más frío ni más calor del que había en esa tarde ahí; que la ruta 8 no tenía más tránsito, y que Minas era aún más linda en abril. Fíjese cómo es la cosa, si usted fuera un productor de Colombia tendría que atravesar tres cordilleras para ir de un lado a otro, y pagar sin chistar cada mes las facturas de la guerra a cuenta que no lo despachen. O si usted estuviera en Etiopía haciendo agricultura con seguridad aprendería bastante de fusiles y metralletas, aprendería de la malaria, de la enorme problemática del sida en la población, y de un largo etcétera de temas. Clarito: Uruguay es “una papa”, para vivir y gobernarlo. Si hay un país entre los agraciados de pies a cabeza, es el nuestro. Y también que los problemas y desafíos que enfrentamos son de otra naturaleza (no digo que no los tengamos). Aunque, así como uno no se explica por qué Uruguay da jugadores de fútbol de categoría mundial, tampoco cómo es posible que tengamos pobreza, que no haya un acceso equitativo a la salud y educación, que desborde la basura, que haya que enrejarlo todo, que se te rompan la muelas transitando la ruta hacia Dolores (vaya coincidencia semántica). Y así sucesivamente, siendo un país que nos sobra comida, que nos sobra el espacio, el agua y el aire fresco, y en donde de todo lo básico que precisamos, no falta nada. En fin, cavilaciones.
Otro punto llamativo es la constante transformación que se ve aquí en China, y es imposible no contrastarlo con nuestro pausado metabolismo charrúa, de piojo anémico. En esta otra parte del mundo todo está en construcción, parecerían haber más grúas que chinos. Las obras avanzan a una velocidad y magnitud arrasadora, incomprensible para nuestro pensamiento y escala. Lo concluso alcanza un estado de irrealidad y perfección paralizante (los parques, las calles, la infraestructura). Y ahí uno queda con la boca abierta, acalambrada, sin más comentario de un “que-lo-parió”. Y eso es todo. Parecería haber una fuerza interna en ebullición, un fervor, un deseo de alcanzar el máximo estado de creación. Ese impulso de ir a más, de transformar, de alquimia social, quizás sea algo que carezcamos.
Estoy en un hotel en el que en un círculo de 30 kilómetros a la redonda hay más población que en todo Uruguay. Y la provincia, de la misma superficie que nuestro territorio, la habitan 100 millones de personas. Con esto hago referencia a la dimensión de átomo que tenemos, no por lo geográfico, sino por densidad poblacional. Uruguay produce hoy alimentos varias veces excedentaria al consumo interno y la contracara es que para exportarlos hay que comprender y conquistar consumidores lejanos. No es algo menor en la complejidad del comercio agroalimentario global. Para llegar a los centros de consumo se deben salvaguardar innumerables escollos.
Y lo anterior me lleva al último punto: cuán significativo es el acceso e ingreso a mercados. Notemos que los grandes saltos en la producción y en los precios para el agro de Uruguay fueron en respuesta a cambios en el acceso. Lo hemos visto en la carne, en la soja, en los cereales, en los lácteos, en la madera. Buena parte de lo que es el agro actual de Uruguay ha sido por un mejor acceso sanitario y comercial. Y el bienestar futuro, también dependerá en mantenerlo y mejorarlo. He aquí un tema que debería figurar al tope de la agenda institucional, con muchísima más jerarquía y urgencia.
Los mercados internacionales se han reajustado y han quedado atrás los precios de fiesta. Pronto se acomodarán, de alguna forma (cuándo y cómo es la gran interrogante), las relaciones de precios internas. Un nuevo ciclo. Pero aun así, no perdamos la perspectiva.