"Ahí instalamos la oficina y fuimos unos doce funcionarios", reconstruye Juan Árraga, jubilado apenas desde el 1° de enero del 2024 tras más de 51 años de actividad en la cámara.
Foto: Leonardo Carreño.
Juan Árraga en su casa de Punta Carretas.
Hijo del histórico dirigente herrerista Carlos Árraga –fundador de la Lista 8 que el viejo Herrera había sugerido a esos "amigos" que iban "unidos como trenzas de ocho"–, Juan fue nominado para la plantilla parlamentaria por el diputado del sector, Líber Cura.
Con 18 años y medio sorteó la prueba de ingreso con la máquina para Dactilografía y quedó como funcionario de la oficina de Fonotipía de la Cámara de Diputados, donde desgrababan las sesiones de las comisiones.
Era febrero de 1972. Lo esperaba un año y medio de un "parlamento agitadísimo" y de "grandes" –dos veces lo enfatiza– legisladores en todos los partidos.
"Recuerdo a Wilson (Ferreira Aldunate) entrando a la Presidencia de la Cámara mirando de los balcones para afuera, contestatario con la gente que venía. En esa época, finales del gobierno de Pacheco y principios del gobierno de (Juan María) Bordaberry, había grandes manifestaciones de derecha. Ahora a la juventud le parece que eso no existía", dice.
Con los 70 años cumplidos y testigo privilegiado de nueve legislaturas distintas, Juan Árraga se jubiló, no sin lo que entiende fue una "mala jugada" en la interna de Diputados que le impidió la prórroga de un año para retirarse junto a su gobierno.
Tiempos inciertos
Árraga rememora hoy la incertidumbre del cierre de las cámaras para los funcionarios. "Esto durará poco, en un año estaremos saliendo", le decían los más optimistas. "El año llevó 12 años".
El joven funcionario ya tenía fecha para casarse con su novia y mantuvo la decisión de concretarlo e irse de luna de miel, aún cuando su suegro había sugerido que aguardaran "a ver" en qué resultaba el golpe de Estado.
Foto: Leonardo Carreño.
Juan Árraga en su casa de Punta Carretas.
"Estuvimos como tres meses sin cobrar, no se sabía qué iba a pasar con nosotros. En octubre del '73 se habilita el palacio y empezaron a llamar funcionarios en una lista acotada. Ni ellos tenían muy claro qué se iba a hacer".
El primer interventor del palacio fue el coronel Alberto Lerena. "Era de carrera, muy educado. Fue lo mejor que pudo pasar para tratar con funcionarios tan vinculados a lo político. Siempre se dijo que si hubieran metido un milico cuartelero, hubiera sido un drama".
Como jerarca llamaba "cada tanto" a reuniones que se hacían en el plenario de la Asamblea General. "Nos sentábamos como si fuéramos diputados. Desde donde hoy están los taquígrafos, el coronel nos hablaba y era siempre para comunicar algo que nos sacaban".
El primer Consejo de Estado presidido por el blanco Martín Echegoyen recién quedaría integrado sobre diciembre de 1973 y usaría como sede ese Palacio Legislativo despojado de sus parlamentarios electos.
Árraga recuerda que los funcionarios más vinculados a la izquierda, los viejos colorados cercanos a Zelmar Michelini –que dejó el partido para fundar el Frente Amplio en 1971– y los wilsonistas quedaban "tachados" de la plantilla. A los primeros se los derivaba a Servicio Civil para darles otros destinos. "Ya después empezaron a echar".
Foto: Leonardo Carreño.
Registro fotográfica de Carlos Árraga junto a Luis Alberto de Herrera.
Él da gracias a Dios que no le tocó ese destino.
El exfuncionario tiene grabado "muy adentro" el homenaje que el régimen montó en el Palacio Legislativo para conmemorar los 150 años de la Independencia, en un 1975 que por calendario debió haber antecedido nuevas elecciones democráticas, pero que para el gobierno cívico militar de Bordaberry fue el "Año de la Orientalidad".
"Había un audiovisual dentro de la Cámara de Diputados y una pantalla tapaba todo el frente. Había una platea para que la gente se sentara a ver los hechos de 1825. En el año que tenía que haber elecciones, los tipos le ponen un piso de madera arriba de las bancas. Quedaron totalmente tapadas. Quienes esperábamos nuevas elecciones, nos dimos cuenta que iba a durar mucho más".
En los días previos, Árraga recuerda contemplar desde las barras a los carpinteros. A su izquierda apareció uno de los funcionarios más viejos, quien soltó: "Cámara de Diputados, ¿en qué has quedado?".
Wilson, Astori, Cataldi, vestimenta y diputados armados
Con la vuelta de la democracia, para Árraga se sucedieron las generaciones de políticos.
"La muerte de Wilson (1988) nos marcó a todos. Por más que vengo de familia herrerista, lo tenemos como un gran conductor del partido", confiesa.
De ese período destaca al diputado colorado Washington Cataldi –expresidente de Peñarol– como un "maestro" para zurcir diferencias tras bambalinas. "Se recostaba contra el armario de los diputados con el pucho en la boca hablando con los adversarios, anotando en papel y lápiz, para evitar grandes discusiones en sala".
En 2010 le tocó explicarle al flamante vicepresidente electo, Danilo Astori, sobre sus tareas en la secretaría del grupo uruguayo para el Parlamento Latinoamericano (Parlatino) a la que estaba abocado desde 1994.
Foto: Leonardo Carreño.
Árraga tiene en su sala de estar varios recuerdos y archivos de la actividad política de su padre, Carlos.
"En un momento le digo: 'Usted sabe de qué pelo soy yo'. Y él me dijo algo que me quedó grabado y por lo que quedé muy gratificado: 'Sí, pero también sé lo ecuánime que es usted para tratar a todos los legisladores'. Fue una de las primeras cosas que me enseñaron y que apliqué durante 51 años, más allá de que fuera del palacio salía a hacer política".
–Hablaba de los "grandes legisladores" del pasado. Hoy todas las encuestas hablan de un descreimiento de la política. ¿Cómo lo ve con el tiempo?
–Noté un cambio de vestimenta de muchos diputados. Antes se entraba de traje y corbata, era riguroso. En el primer gobierno democrático hubo un diputado que entró de campera y pantalón vaqueros y me acuerdo cómo se corrió la bola entre los viejos funcionarios. Sé que hay gente que hasta lo ve con simpatía, pero por la investidura que tiene un legislador nacional, con una tarea importantísima, es una manera de darle importancia. Algunos parece como si le tuvieran bronca a su tarea.
Eso sí, los canales de diálogo nunca han dejado de estar abiertos.
–¿Se ha bajado el nivel en la discusión?
–Exabruptos hubo toda la vida. Desde amagar sacar un arma en sala a una trompada a un legislador. (...) Si bien los parlamentarios eran realmente de nota, muchos de ellos andaban armados. Pero no pasaba del "guardá eso".
Foto: Leonardo Carreño.
Juan Árraga en su casa de Punta Carretas.
La "mala energía" del palacio
El veterano reflexiona: "El Palacio Legislativo es uno de los lugares que se gana mejor del Uruguay. Pero hoy hablás con el 80% de los funcionarios y te dicen: 'No veo la hora de irme de acá'. ¿Qué pasa ahí? Me fui sin detectarlo".
"Alguno me dijo como que hay una 'mala onda'. Yo soy muy católico y no creo mucho en eso, pero sí hay como una mala energía para que la gente se quiera ir del que se supone es el mejor lugar de Uruguay. Hay que hacer un estudio con psicólogos y sociólogos".