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23 de junio de 2011 9:31 hs

Con una bandera como bufanda y sentado en el césped sintético del vestuario visitante del estadio Pacaembú, apoyado en la base de una columna, con la vista perdida y la indisimulable imagen de estar demolido por lo que vivió unos minutos antes, el delegado de Peñarol, Jorge Barrera, simboliza parte de las sensaciones que dejó la final de la Copa Libertadores, que el equipo aurinegro perdió 2-1 ante Santos.

A un costado, el secretario del club, Gervasio Gedanke -que todavía tiene los ojos inyectados en sangre-, intenta consolar a un muchacho de unos 13 años que no puede creer lo que sucedió hace minutos. Y de verdad cuesta creerlo. No por lo que jugó Peñarol, porque si se pone en la balanza lo que hizo exclusivamente desde el aspecto futbolístico uno y otro para llegar con buenos argumentos a la victoria, Santos hubiera merecido ganar por mayor margen. Pero la actitud en estas instancias pesa más que otras razones de la pelota, y en ese aspecto el equipo mirasol le dio una paliza al conjunto local.

También es la imagen de Peñarol el técnico Diego Aguirre explicando el orgullo que siente por el equipo que dirigió, o manifestando que disfrutó en una forma muy especial los últimos cinco meses de trabajo.

El reloj marca la 1.10 del jueves y queda una sensación extraña, la de bronca y paz, la de que dejaron el alma, llegaron a una final de América y no la ganaron.

Peñarol cierra su recorrido por la Copa Santander Libertadores con la tranquilidad de haber brindado lo mejor. Por esa razón, Antonio Pacheco encaró a sus compañeros cuando terminó el partido y les dijo que habían logrado algo muy importante y que tenían que levantar la cabeza, porque pueden mirar a todos a los ojos.

Dieron el máximo. Ahí quedó resumido el sentimiento, en el corazón del vestuario, en el recinto donde se construyó el éxito aurinegro.

Poco después, cuando ya el agua de los lluvieros del vestuario no repican en el suelo, los jugadores abandonan el estadio. Es casi la 1.30, se termina la historia de la Copa. Los jugadores tienen que volver al hotel, cenar y cerrar otro capítulo deportivo.

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