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Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

El príncipe mestizo y Frida

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31 de marzo de 2019 a las 05:00

De Leslie Ford, del Trinity College, para Magdalena Reyes Puig
Querida Magadalena:

 

El príncipe mestizo

Como muchos de mi generación, yo también fui un mecanógrafo competente, pero el verdadero secreto de mi éxito era la fabulosa IBM Selectric que había en casa, cuyos caracteres no estaban en las teclas sino en una bola de plomo giratoria que podía cambiarse fácilmente. Y eso permitía que en un mismo documento pudieran usarse diversas tipografías. Con mi hermana Priscila, que en esto era mi socia, descremábamos (como suele decirse) el mercado, y nos ganábamos el pan bastante bien.

Hacia 1975, nuestros clientes soñados eran unos jóvenes de la Royal Academy of Dramatic Art que nos encargaron copiar La Gaviota de Chéjov, para sus ensayos en el Royal Court Theatre, en Chelsea. A menudo perdían las copias, o algunas hojas, o introducían variantes en el texto. Y eso significaba más trabajo y más dinero para Priscila y para mí. 

Priscila era la encargada de llevar (y cobrar) las copias nuevas. Sólo una vez me tocó ir a mí. Cuando esa vez me abrieron, no apareció ninguna actriz de deslumbrante belleza (como yo secretamente esperaba), sino un actor de sexo masculino y nariz prominente, al que parecía costarle particularmente articular las palabras. Cuando le di las copias, él me vació en los bolsillos de la chaqueta una pequeña bolsa con más pennies que pounds y, al oir el tintineo que hacían las monedas, intentó declamar esta línea de Chéjov que yo conocía de haberla mecanografiado un rato antes: “¿Porqué escucho esa nota de tristeza?”. Luego desapareció.

Estos hechos se relacionan íntimamente con otros acaecidos 40 años después, en diciembre de 2016 cuando, en el contexto de un boeuf bourguignon dominical, fui desafiado por mi mujer y mis hijos a leer los 7 libros de Harry Potter.
¡Harry Potter a mí, Bibliotecario Inglés de la Vieja Escuela! 

Aunque ajeno, como lector, a esa nueva mitología, como padre siempre había estado muy agradecido a J.K. Rowling por haber sanado a muchos de mi prole de su (hasta entonces incurable) analfabetismo. Y creo que eso pasó en millones y millones de familias en todo el mundo. La Sra. Rowling puso a una generación entera a leer. Y no hay palabras suficientes para hacer justicia a ese hecho tan valioso. 

En mi casa, en Oxford, por obra de Harry Potter, mis hijos varones que, como los bovinos de Salustio, vivían inclinados sobre el césped de los campos de fútbol, súbitamente se vieron transformados en sofisticados críticos literarios que intercambiaban elevados conceptos sobre la estructura narrativa de la saga, o los valores que encarnaban Albus Dumbledore, Hermione Granger y Lily Evans Potter. Cuando a veces leo en la prensa los millones que esta señora tiene (o deja de tener, pues entiendo que es muy generosa con sus donaciones) siempre pienso lo mismo: se los merece.

Sin embargo, cuando, asumiendo el desafío familiar, yo mismo me convertí en lector, no lo hice inicialmente -¡oh, viejo Bibliotecario lleno de resentimiento!- de corazón, sino buscando (y encontrando) las previsibles debilidades narrativas que cualquier obra escrita suele esconder.

Pero, con el correr de la lectura, el genio de Rowling también me venció a mí: las armas cayeron de mis manos y, por decirlo brevemente, ¡el libro me encantó! Como un niño de 11 años recién llegado al colegio, caí en todas las trampas que se me tendieron y juré mi amor eterno a cada uno de los inolvidables personajes. Pero, por encima de todo, admiré la maestría con la que la autora construye el de Severus Snape,  el Príncipe Mestizo, cuya abnegación y amor son casi mayores que los del propio Harry.

Un detalle patético: al terminar el último libro, para paliar la subsiguiente abstinencia, programé en solitario una maratón de todas las películas de Potter. Cuál no fue mi sorpresa al caer en la cuenta de que el actor que daba vida a Snape, no era otro que aquel joven de nariz prominente que un día me atendió en la salida de artistas del Royal Court Theatre, en Chelsea. Y cuán amargamente lloré, cuando uní los puntos y recordé que Alan Rickman había muerto dos años antes. 

Sin Severus y sin Rickman, 2018 se presentaba francamente cuesta arriba. Como si en el fondo de mi alma estuviera a punto de borrarse aquella línea que había mecanografiado una vez: 
-“¿Porqué escucho esa nota de tristeza?”.

Un detalle patético: al terminar el último libro, para paliar la subsiguiente abstinencia, programé en solitario una maratón de todas las películas de Potter.

 

Frida

De Magdalena Reyes Puig para Leslie Ford, del Trinity College
Estimada Leslie:

Comparto con usted el sentimiento de inmensa gratitud a J.K. Rowling, quien ha enseñado también a mis hijos la experiencia gozosa de enamorarse de un libro.  Sin embargo, debo confesarle que en mi caso, no he leído a Harry Potter. Pero no por ningún prejuicio intelectualista, sino porque por “deformación profesional” me veo generalmente animada por una obstinada tendencia a dirigirme a la sección de “Ensayo” antes que a la de “Ficción” cada vez que visito una librería.  Y debido a que el tiempo –¡y la economía!- ponen límites a nuestras posibilidades de leer y comprar libros,  las novelas generalmente ocupan el banco de suplentes en mi wish list de lecturas pendientes. 

Su carta me recordó una expresión de Nietzsche que, justamente, desafía mi inclinación al rigor intelectual promovido por la Filosofía:

“Tenemos arte para no morir a causa de la verdad”.  Como filósofo, Nietzsche ponderó el valor del arte para revelar la naturaleza metafórica del mundo que, por nuestro afán de certezas, tendemos a reducir mediante leyes, conceptos y categorías fijas. Por esto, Nietzsche hizo un llamamiento a recuperar la inocencia encarnada en el niño que juega, creando y recreando nuevas formas de interpretar la existencia.  Los niños no mueren “a causa de la verdad”.  Ellos deambulan por lares alejados de las clasificaciones y nociones inequívocas y, entonces, una escoba bien puede ser un instrumento útil para barrer, así como un caballo para montar o un objeto mágico para salir a volar.  

Exclusiva de los adultos es, en cambio, la tendencia a adoptar y adherir a credos que descartan interpretaciones o perspectivas alternativas. Y si bien es cierto que las certezas proporcionan seguridad, ellas pueden ser también causa de desaliento y ansiedad.  Morimos de verdad cuando nuestras convicciones se convierten en cárceles interiores que impiden una comprensión más íntegra y justa de los hechos, personas o circunstancias que nos rodean. Morimos de verdad cuando no podemos dejar de tocar esa nota de tristeza que alimenta la desesperanza. No es que los niños no la toquen jamás –ellos también conocen la tristeza, claro está– pero su inocencia les concede la libertad para recrear la realidad y superar la pena que los embarga: pongamos una escoba en las manos de una mujer desmoralizada y se pondrá a barrer con el gusano del resentimiento royéndole las entrañas, démosle esa misma escoba a una niña sin pena ni culpa, y hará del barrer un juego en el que ella es la heroína que limpia al mundo de la escoria que lo arruina.

Así, luego de leer su carta, inferí que quien la escribió es el niño que pervive en usted y que, gracias al arte de Rowling, pudo conquistar al adulto que presume que leer Harry Potter no es propio de un letrado Bibliotecario Inglés.  

Debemos escuchar más al niño que persiste en cada uno de nosotros. Y coincido con Nietzsche en que el arte es el medio por excelencia para propiciar ese reencuentro. Porque como dijo Goethe al escuchar la música de Paganini: hay en el arte –en el artista- un “poder misterioso, que todos sienten y que ningún filósofo explica”. 

Sí, es fascinante la Filosofía. Pero basta con ser atrapado por un personaje o una historia imaginados por el genio de un gran artista, para saber que ningún poder como el del arte para desanudar memorias pretéritas que nos conectan que con el niño que fuimos. 
De niña solía conversar con los gatos vagabundos que me visitaban en el fondo de mi casa.  Pero el tiempo trajo perros a mi jardín, y sumergió aquel hábito en el piélago de los recuerdos más y más inverosímiles. Hasta que, contra la costumbre y por fortuna, me vi un día hurgando en el anaquel de “Ficción”, donde fui inefablemente cautivada por Kafka en la orilla. En sus páginas, Murakami me presentó a Nakata, un anciano que había perdido la memoria ganándose, a cambio, el don de dialogar con los gatos. No le sabría decir exactamente cómo fue ni que pasó, pero poco tiempo después apareció Frida, una bellísima gata siamesa, en mi vida. Con ella dialogo todos los días como lo hacía con los gatos callejeros cuando era niña. Ya le contaré más de ella, pero créame cuando le digo que en Frida se confirma la célebre sentencia de Hippolyte Taine: “He estudiado muchos filósofos y muchos gatos. La sabiduría de los gatos es infinitamente superior”. 

 

 

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