La familia siempre ha sido un elemento central en la filmografía de Daniel Burman. Pero, por presencia u omisión, la figura del padre es el elemento clave de su obra, también implícita bajo la forma del “deber ser” de la religión judía. Es a partir de la pulsión y repulsión hacia esa figura, que va del antagonismo a la imitación, de la tradición a la ruptura, que se configura la identidad del protagonista y la trama prototípica del cine del director porteño.
Aunque en sus últimas dos películas Burman se haya apartado un poco de este universo particular —en Dos hermanos explora el vínculo filial y en El nido vacío, la vida de una pareja cuando los hijos abandonan el hogar— el nudo de su cine se encuentra en la trilogía protagonizada por su primer alter ego, Daniel Hendler, quien interpreta a Ariel (mismo nombre, distintos apellidos) en Esperando al Mesías (2000), El abrazo partido (2003) y Derecho de familia (2005).
En la primera película de esta serie, un Ariel postadolescente e inseguro intenta romper con el mandato patriarcal abandonando el pequeño negocio familiar e insertándose en un ambiente laboral no judío, mientras intenta encontrar su lugar en el mundo. En El abrazo partido, Ariel continúa con una búsqueda identitaria, que, sin embargo, comenzará a completarse de a poco con el regreso del padre ausente. En Derecho de familia, el protagonista, más maduro y seguro de sí mismo, logra conciliar la ruptura con el mandato familiar manteniendo el equilibrio, al mismo tiempo que se redefine él mismo como padre.
Suerte esquiva
El último largometraje de Burman, La suerte en tus manos, representa el regreso de su alter ego, pero esta vez personificado por otro uruguayo, (Jorge Drexler, en su debut actoral, bajo el nombre Uriel), con una edad y experiencia vital más cercanas a la actualidad del director, quien se caracteriza por plasmar sus historias con notas autobiográficas.
Aunque fallecidos, los padres de los protagonistas son, como en la trilogía, los disparadores de la historia. Gloria, personificada por Valeria Bertucelli, deja Francia y regresa a Buenos Aires tras la muerte de su progenitor; Uriel continúa el legado familiar manteniéndose al frente de la financiera de su padre, algo que lo avergüenza y que trata de esconder. La suerte en tus manos se centra, sin embargo, en la historia de amor entre estos dos ex novios de juventud, que deciden darse una segunda oportunidad cuando rozan los cuarenta y pocos años.
Drexler interpreta a un divorciado con dos hijos, mitómano y con neurosis verborrágica al estilo Woody Allen. Bertucelli, por su parte, interpreta a una mujer en duelo por la muerte de su padre y con una relación de pareja al borde de la ruptura. En contraste con el “chanta querible” que representa Uriel, Gloria es acaso demasiado seria para una comedia romántica (es chocante, además, que en su vestuario solo aparezca el color negro).
Así como Burman demostró ser muy efectivo en retratar las relaciones paterno-filiales, parece no serlo tanto cuando recrea otro tipo de vínculos y esto se refleja especialmente en su última película. Más allá de la simpleza argumental (500 días juntos es un ejemplo de cómo utilizar esta sencillez, resumida en la formula “chico conoce a chica; chico se enamora, chica no”, con un guión inteligente y unos protagonistas bien elegidos), La suerte en tus manos tiene un problema muy grave para cualquier film que recree el enamoramiento: la pareja no tiene química.
Es difícil distinguir dónde se encuentra el fallo, ya que Burman se destaca por ser un excelente director de actores, Bertucelli es una actriz convincente y Drexler sorprendió positivamente en su debut actoral, aunque Burman haya abusado de la edición rápida para dinamizar su actuación. Sea cual sea la razón, el supuesto amor y deseo que siente la pareja protagónica no resultan creíbles.
Sobrecarga argumental
A la falta de química, Burman le suma un cóctel de subtramas que terminan en callejones sin salida. Así, aflora el mundo del poker, el de los “telos” y la sexualidad, la vasectomía de Uriel y el deseo de no tener hijos de Gloria, las vicisitudes de ser padre divorciado, la relación de Gloria con una madre egocéntrica y snob (el personaje de Norma Aleandro tiene una personalidad casi tan detestable como la de Graciela Borges en Dos hermanos), la mentira y la verdad, y hasta el regreso de la trova rosarina, de la mano de Juan Carlos Baglietto, Silvina Garré, Rubén Goldín y Adrián Abonizio.
Incluso aquella recreación del costumbrismo porteño donde Burman siempre fue tan efectivo -el barrio de Once en El abrazo partido, las bambalinas de las zona de Tribunales en Derecho de Familia- se diluye en una película que discurre en un ir y venir entre Buenos Aires y Rosario, que termina por desdibujar a ambas ciudades.
Más allá de los fallos de la película, Burman sigue siendo un referente de eso que aun se sigue llamando “nuevo cine argentino” y uno de los pocos (junto a Lucrecia Martel) que ha creado un universo propio y centrado en el trabajo actoral. Y, aunque ese universo que supo ser tan efectivo no necesariamente tenga que convertirse en el carcelero de su creatividad, en La suerte en tus manos la fisonomía de su obra se pierde por las tangentes de una película que no funciona en lo que básicamente tiene que ser: una buena historia de amor.
Es precisamente en las escenas más transversales con su filmografía (donde emergen la familia, la paternidad, la identidad) donde el director parece estar más a sus anchas en su último film. De ahí que la interacción con los niños. las pequeñas neurosis cotidianas, la atmósfera vetusta de los empresas familiares y, por supuesto, la siempre humorística recreación del costumbrismo del judío porteño, terminen conformando las escenas que oxigenan y dan vida a La suerte en tus manos.