El Observador | Ricardo Galarza

Por  Ricardo Galarza

Internacionales
11 de febrero 2022 - 5:00hs

Para Emmanuel Macron era clave la visita que hizo esta semana a Moscú para reunirse con el presidente ruso Vladimir Putin. Ahora, además, ocupando la presidencia pro tempore de la Unión Europea, el presidente de Francia podría por fin cristalizar en esa visita los conceptos de “autonomía estratégica” para Europa, de “marcar posturas” y “actuar por su cuenta” que tanto ha hablado y planeado con sus asesores durante largas reuniones en el Eliseo.

Era la oportunidad de concretar por fin su tan ansiado liderazgo continental después del retiro de Angela Merkel, su debut en la cancha grande de la era pos Merkel.

La situación era propicia: con el fantasma de la guerra acechando, en una crisis que se ha hecho larga en Ucrania producto de dos duras posiciones antagónicas en Moscú y Washington, que no están dispuestos a ceder un ápice en su pugna por influencia sobre la antigua esfera de la ex Unión Soviética. Una crisis además en la que el sucesor alemán de Merkel, el nuevo canciller Olaf Scholz, había brillado por su ausencia, ganándose en Europa los motes de “canciller invisible” y “desaparecido en acción”.

Era, en suma, la gran chance del mandatario galo. Y en líneas generales, podría decirse hoy que no desentonó, o mejor aun, que todavía está por verse. Quizás si esta nota la hubiera escrito en las siguientes 24 horas a su viaje del lunes, no habría dicho lo mismo, ya que la primera impresión fue que no le había ido bien.

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No terminaba de quedar claro en nombre de quién hablaba el presidente de Francia, si de la UE, si solo de su país, si lo hacía en nombre de la OTAN, que no parecía ser el caso. Luego Putin en la conferencia de prensa conjunta recordó, en una salida un tanto extemporánea, que su país tiene armas nucleares, una declaración que no parece muy amistosa ante el líder de otra potencia nuclear que ha viajado a su país con intenciones de descomprimir la situación. Y por si fuera poco, lo recibió en una mesa blanca de cuatro metros de largo –uno sentado en cada punta–, lo que daba una imagen totalmente kafkiana con la que, por supuesto, los memes se hicieron un festín en las redes.

Pero más allá de lo anecdótico, podemos decir hoy que el balance es positivo. En primer lugar, Macron parece haber marcado una postura europea propia, más conciliadora y dispuesta a escuchar las preocupaciones estratégicas de Moscú; señaladamente, su negativa a que Ucrania ingrese a la OTAN. Una idea que cada vez cobra más aceptación entre la opinión pública europea, a medida que pierde fuelle la exagerada noción que se había instalado, por parte de algunos analistas y académicos europeos, de que si Ucrania no se unía a la alianza atlántica, eso sería su “finlandización”, aludiendo a la tutela ejercida por la URSS sobre el país nórdico durante los primeros años de la posguerra.   

El presidente de Francia viajó luego a Kiev, convirtiéndose en el único líder mundial que ha visitado ambas capitales durante esta crisis, donde tampoco se puede decir que le fue mal. Y cerró en Berlín en una reunión con Scholz, quien a su vez venía de reunirse con Joe Biden en Washington, y con el presidente de Polonia, Andrzej Duda, reavivando así el histórico Triángulo de Weimar.

Allí los tres líderes europeos se comprometieron a trabajar “unidos” por la paz en Europa; y desde Bruselas se deslizó la idea de que la visita de Macron a Moscú había producido un “elemento de distensión”. La palabra en inglés ‘detente’, que es de origen francés, tiene connotaciones aun más pacificadoras por haber sido el término usado en los momentos de menos tensión a lo largo de la Guerra Fría.

Macron logró instalar también en el debate sobre Ucrania la necesidad de volver a los Acuerdos de Minsk. Estos acuerdos, alcanzados en 2015 en la capital bielorrusa por el llamado Cuarteto de Normandía (Alemania, Rusia, Francia y Ucrania), pusieron fin entonces a la Guerra del Donbás, en el este de Ucrania; pero como hemos explicado antes en este espacio, nunca se han cumplido a cabalidad y sus problemas centrales siguen sin resolverse. Que el presidente de Francia los haya puesto otra vez sobre el tapete para buscar una salida diplomática a la crisis, parece un logro más de su reciente gira.

En cuanto a Scholz, regresó de Washington en una sintonía mucho mayor con los intereses de Estados Unidos. Se ve que lo apretaron. Sigue sin aludir directamente al Nord Stream 2 (el gasoducto entre Rusia y Alemania que EEUU no quiere que se inaugure y sobre el que ha habido duros cruces entre bastidores de la diplomacia Washington-Berlín); pero al expresar que “todas las opciones están sobre la mesa” si Rusia invade Ucrania, como dijo en su entrevista con la CNN, el canciller alemán parece haber dejado claro que eso incluye también al polémico gasoducto.

Música para los oídos de Washington, que desde hace tiempo le interesa el mercado del gas europeo, y todas sus acciones en esta crisis parecen dirigidas a eso. Ahora procura conseguir el gas licuado para el invierno alemán, para lo cual negocia con Catar –país al que Biden ha nombrado “principal aliado extra OTAN”–, al tiempo que ya acordó con el gobierno de Japón que este también envíe parte de sus reservas de gas a Europa.

Así, la paz en Ucrania parece pasar porque el país no se haga miembro de la OTAN por un lado, y que Alemania no inaugure el Nord Stream 2 por el otro. Con eso se calmarían Rusia y EEUU.

Macron parece saberlo, y opera entre los dobleces diplomáticos que deja la rigidez de ambas potencias. Si eso es exitoso o no, lo sabremos en cuestión de semanas.

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